Nicolás Maduro: la caída

Los hechos del sábado dejaron en evidencia que Maduro eligió la "caída dura", haciendo honor a su calidad de dictador.

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Maduro caerá, pero antes los venezolanos deberán pagar con más sangre no haberlo venerado.
(Foto: EFE)

¿Cuáles son los límites de la maldad? ¿Es que acaso los tiene? Maduro ha decidido tener una caída épica – porque va a caer, de eso no hay dudas – pero no lo hará hasta haber derramado incluso más sangre, no lo hará hasta haber hambreado un poco más, no lo hará hasta traspasar los confines de lo indecible.

¿Qué final le espera al usurpador? Él sabe que cuenta sus últimos días en Miraflores, porque es tonto, pero no tanto. Me lo imagino mirando a sus generales, especulando sobre la identidad de su próximo «traidor», paranoico, temeroso. Cilia, que tanto ha instistido en aceptar el primer pasaje a Cuba y dejarlo todo detrás, ya no le hablará, no a estas alturas. El Maduro de la última semana no es muy diferente al Hitler del búnker. Los déspotas siempre terminan pareciéndose, aunque juren ser originales en sus intenciones y empresas.

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¿Tendrá Maduro el mismo final que Gaddafi, que Mussolini? No hay nada peor que un tirano con miedo. La amenaza de perderlo todo, de que sus negocios de aquí y allá salgan a luz, de que algún coronel, con el único objetivo de salvar su pellejo y el de su familia, cuente todo a los americanos, los aterroriza. Traducen este temor, como corresponde en los caudillos autoritarios,  en más represión y violencia.

Es así que Maduro ordenó disparar a los pemones (un pueblo indígena al sur de Venezuela) que se ofrecieron a facilitar el ingreso de la tan necesaria ayuda humanitaria. No se preocupe, lector, si no leyó sobre el «incidente» en muchos medios: no fue Bolsonaro, no fue Piñera.

Es así, también, que ante la falta de militares que cumplieran sus nefastas órdenes, Maduro liberó presos para quemar camiones con medicamentos y alimentos. Como bien señaló Juan Guaidó en conferencia con Iván Duque (presidente de Colombia) y Luis Almagro (secretario general de la OEA) luego de los ominosos hechos que conmovieron al continente, «¿quién reprimió hoy en los puentes? ¿ustedes vieron a la Guardia Nacional? No, era un pequeño grupo de polícias, dicen ser policías, y colectivos irregulares armados (milicias)».

Pareciera que Maduro, con ese traje estilo Stalin que tanto le gusta, formuló la receta de la crueldad infinita. «Yo caeré, pero ustedes caen conmigo. Les saldrá caro no quererme, no venerarme», se dirá, cual soliloquio shakespeariano, y procederá luego a ordenar carré de cerdo o el plato de su preferencia. Los tiranos y los narcotraficantes no se privan de nada, la escasez no existe para ellos. ¡Imagínese entonces una combinación de ambos! Celebrará luego, junto a Delcy, la victoria: los camiones no pasaron, ¡vencimos!

Mientras, el pueblo muere de hambre, de enfermedades curables con medicamentos básicos. Las madres lloran a sus hijos, que dejan en morgues que funcionan de a ratos, debido a los cortes con los que los venezolanos conviven y a los que casi ya se acostumbraron. Sus cuerpitos se putrificarán. Los precios de los entierros son prohibitivos para buena parte de la población, por lo que allí quedarán, donde los dejaron.

Habrá luego personas muy perversas que hablen de dignidad, soberanía y toda esa monserga sesentista que los estólidos de ayer y de hoy repiten cual soneto de Bécquer.

Los venezolanos sufren y no dan crédito a sus ojos. «¡No creía que podía llegar tan lejos!», exclaman muchos. «Es hora de que intervengan«, ruegan otros tantos miles (por supuesto que cuando hablan de intervención se refieren a la estadounidense en combinación con lo que ensaye el Grupo de Lima, no a la cubana, que hace años se hizo de Venezuela).
¿Es eso posible? Es difícil decir. Trump juró abandonar las mañas de policía del mundo, y no es oportuno romper su promesa justo antes de un año electoral.  Después, ¿cómo y cuándo sale de allí?  Por otro lado, es innegable que sacar al mastuerzo nodriza de Miraflores bien le ganaría unos cuantos votos latinos.

La miseria es intrínseca al socialismo, no hay ya una persona que haya leído más de dos libros que lo pueda negar. También lo es la maldad y la infamia, los eventos del pasado sábado lo dejan en manifiesto. Maduro vive sus últimas horas en Miraflores, sí. Y condenó a todos los venezolanos a pagar con su sangre por ello.

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