Un mundo de guerras, crímenes de estado y otras medidas liberticidas

El deseo de erradicar las guerras es quizá la más noble de las múltiples razones que tenemos hoy en día para voltear a ver al liberalismo como una opción sensata

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El botón de nuestra realidad actual (pixabay)

Hay pocas cosas más deleznables y dolorosas que una guerra; ver imágenes de bombardeos, ciudades devastadas, madres llorando a hijos desaparecidos y niños buscando a sus padres entre pilas de cadáveres son imágenes que duelen y calan en lo más profundo de cualquier persona con un poco de sensatez y respeto por la vida humana.

Las guerras, a diferencia de las catástrofes naturales, se pueden y se deben evitar.

Si bien este tipo de enfrentamientos han sido una constante a lo largo de toda la historia de la humanidad, estas nunca habían sido tan tremendamente peligrosas a una escala global como lo son hoy en día. El uso de armamento biológico, de tecnología nuclear y diversos componentes químicos hacen que los efectos sean masivos y mucho más letales y duraderos para aquellas ciudades y sociedades víctimas de este mal.

Decía el famoso escritor Jean-Paul Sartre que “cuando los ricos hacen guerras, son los pobres los que mueren”, pero si intentamos llevar la reflexión a un nivel más allá de los estatus socioeconómicos y llegar a la verdadera base del problema podríamos parafrasear la célebre cita diciendo que “cuando los gobernantes y políticos hacen guerras, son los civiles los que mueren”.

El Estado ha sido el arma más perversa y mortífera a lo largo de la historia en términos bélicos. Desde los antiguos imperios hasta nuestros días absolutamente todas las guerras han tenido que ser aprobadas y financiadas por entes gubernamentales y políticos sin escrúpulos, sin excepción. Es un hecho histórico que nunca ha habido una guerra (con todos los elementos que las conforman) de carácter privado, son los Estados quienes deciden cuando levantarse en armas.

No conformes con la culpabilidad que cargan de enviar a tropas y civiles a campos de batalla, los Estados ha fungido como un ente de adoctrinamiento a lo largo de la historia. Convencen a miles de jóvenes alrededor del mundo de que su causa es justa a tal punto de que vale la pena y es justificable dar la vida e incluso quitar la de terceros por ella.

El mismo método de manipulación y adoctrinamiento tiene como víctimas a un joven norteamericano que crece cantando el himno nacional antes de ver el Super Bowl, a un niño nigeriano que fue secuestrado para unirse a la guerrilla de su aldea y a un radical islámico que es entrenado desde su nacimiento para morir en algún ataque terrorista para cumplir con un mandato supuestamente divino.

El Estado, bien entendido y desde una perspectiva liberal, debe ser un ente con funciones estrictamente delimitadas y con reglas de operación perfectamente medibles y auditables. Esto es imperante para evitar abusos y crímenes contra civiles ya que no debemos olvidar que el Estado basa su existencia en principios coercitivos, es decir, las decisiones tomadas por unos cuantos se tienen que acatar o de lo contrario se corre el riesgo de recibir sanciones financieras, penales e incluso físicas.

Entre más funciones le confiemos a nuestros gobiernos más empoderados estarán, resultando entre otras cosas en mayores costos para la sociedad en general, una mayor carga burocrática y la generación de mayores incentivos para que la maquinaria gubernamental apueste por agendas enfocadas a crear mayores dividendos políticos a través del uso de la fuerza estatal.

El deseo de erradicar las guerras es quizá la más noble de las múltiples razones que tenemos hoy en día para voltear a ver al liberalismo como una opción sensata, tanto en la política como en nuestra forma de conducirnos en el día a día.

El gobierno para un liberal debe limitarse estrictamente a garantizar los tres derechos fundamentales para cualquier individuo:

  • DERECHO A LA VIDA: quitarlo implica asesinato.
  • DERECHO A LA LIBERTAD: quitarlo implica esclavitud.
  • DERECHO A LA PROPIEDAD: quitarlo implica hurto.

Las guerras son un atentado absoluto contra los tres y, por lo tanto, medidas totalmente antiliberales.

Ante la latente posibilidad que enfrentamos hoy en día de que nuevos conflictos bélicos de proporciones internacionales estallen, deberíamos entender que es lo que ha llevado a personajes como Putin, Trump o Kim Jong Un a tener la posibilidad de destruir los sueños y vidas de millones con tan solo realizar una llamada o apretar un botón. La respuesta siempre será la misma: estatismo.

Apostemos pues a las libertades individuales como un método de hacer frente a las barbaries estatistas; entendamos que lo contrario a las guerras es la cooperación voluntaria a través del libre mercado y la sociedad civil y dejemos de querer confiar de una buena vez nuestros destinos a terceros a través de aparatosos e ineficientes sistemas burocráticos.

Aunque a algunos de nosotros las guerras nos parezcan realidades lejanas la realidad es que no lo son. No debemos permanecer indiferentes.

Comencemos por no escuchar y por desmentir a todo aquel populista y demagogo que nos proponga hacerse cargo a través del Estado de asuntos que deberían competer estrictamente a nosotros como individuos; nadie va a ocuparse mejor de nuestra educación, de nuestra salud, de nuestro porvenir y de nuestra paz mejor que nosotros mismos. Los resultados de no hacerlo a lo largo de la historia han sido y siguen siendo catastróficos.

Para muestra, el botón de nuestra realidad actual…

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