México: el PRI está más vivo que nunca

Un camaleón político

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Desde su fundación en 1929 bajo el comando de Plutarco Elías Calles, el PRI se autodefinió, implícitamente, como un partido de y para las masas. (Archivo)

Hablar del Partido Revolucionario Institucional  (PRI) en México sin apasionamientos es una tarea muy difícil de llevar a cabo y hablar de su legado innegablemente es hablar de la historia moderna de México.

Desde su fundación en 1929 bajo el comando de Plutarco Elías Calles, el PRI se autodefinió, implícitamente, como un partido de y para las masas. No es ni remotamente casualidad que sus colores institucionales (verde, blanco y rojo) coincidan con los de la bandera nacional. Son muy sabidas las múltiples anécdotas en las que funcionarios y promotores del voto les hacían creer a los sectores más humildes y desfavorecidos de la población que un voto en contra del PRI era un voto en contra de México, literalmente.

El PRI forma parte de Internacional Socialista desde el 2003 y tiene, al menos históricamente, una marcada tendencia hacia el espectro ideológico más izquierdista; acuerdos cupulares con sindicatos, nacionalizaciones, políticas redistributivas de riqueza, una fuerte carga de programas sociales financiada con una alta carga impositiva en materia tributaria y un discurso marcadamente populista y paternalista hacia los más pobres están en su ADN de manera innegable. A pesar de todo, los mexicanos más progresistas de hoy en día dicen que el priismo es un movimiento de “derechas”.

Por otro lado, en la historia reciente, ha sido el mismo PRI quien ha abogado por la apertura de nuevos mercados como el energético o el laboral, ha promovido la colaboración internacional a través del libre mercado con la firma de múltiples tratados de comercio y ha impulsado reformas estructurales que terminan por afectar el poder político de muchos grupos que otrora fueran sus aliados. A pesar de todo, los mexicanos más conservadores jamás votarían por el PRI por considerarlo un partido populista con una marcada tendencia a la izquierda.

Ambos sectores tienen razón, si los partidos políticos fueran animales, el PRI siempre ha sido un camaleón.

La dictadura perfecta

Nos guste o no, la realidad es que el PRI históricamente ha sido un partido altamente pragmático; si se trataba de dar discursos que movieran el corazón de las masas ellos sabían cómo hacerlo y en donde hacerlo mejor que nadie. Si se trataba de jalar los hilos del poder para forzar una suma de voluntades políticas ellos entendían que, para su causa, el fin justificaba los medios.

Si se trataba de entender que el mundo estaba cambiando y era necesario replantear la política pública en el país para evitar catástrofes sociales nadie lo pudo haber hecho mejor que ellos en su momento. Y, si se trataba de callar voces disidentes, sin importar los métodos, tampoco podría haber existido alguien más eficiente que ellos…

No por nada Vargas Llosa se refirió a los 70 años de mandatos priistas como la “dictadura perfecta”, eso sí, siempre disfrazada de democracia.

Pero para que el PRI pudiera operar bajo sus reglas hacía falta un ingrediente que hace tiempo que ya no existe: hegemonía política. Ya no son la única alternativa y ya la gente está cansada de sus artimañas.

El PRI fue lo que fue porque las circunstancias y los tiempos se lo permitieron.

Ya nada le alcanza…

Hoy las redes sociales, las telecomunicaciones, el fortalecimiento de la sociedad civil, la diversidad democrática y la creciente madurez de las instituciones políticas le han pasado factura a una organización que, con sus aciertos y desaciertos, vive en el ideario colectivo como un partido arcaico, corrupto y pasado de moda.

El proceso electoral del 2018 se encuentra con un PRI que reniega de su esencia; usa diferentes colores a los tradicionales, trata de evitar el uso de su logo en actos públicos, pretende vendernos un discurso totalmente discordante con su historia y ha impuesto, por primera vez en su longeva existencia, a un candidato sin militancia partidista ni oficio político por naturaleza.

Peña Nieto y su equipo dejaron ir un prometedor segundo aire a base de errores y escándalos como la Casa Blanca, la Estafa Maestra, los gobernadores corruptos y el mal manejo de crisis con la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, entre muchos otros.

Todo parece indicar que el 1 de Julio de 2018 será recordado como la fecha en que el PRI dejará de ser un actor de peso en el país y pasará a ser tan solo parte de la historia política mexicana.

Más fuertes que nunca

La suerte del PRI está echada, está herido de muerte y pareciera que no tiene salvación. O eso quisiéramos creer muchos.

Sin embargo, la realidad es que hoy el PRI está más fuerte y vivo que nunca.

Fiel a sus camaleónicas y convenencieras estrategias se ha sabido anticipar a su tan anunciada muerte y ha reencarnado, cual parásito, en una nueva piel que además ha convencido a muchos de ser la opción antisistema y la única esperanza de un “cambio” para México.

El PRI de siempre una vez más ha vuelto a nacer frente a nuestras narices sin siquiera darnos cuenta y ahora se hace llamar “MORENA”.

No es solo la presencia de personajes como Bartlett, Durazo, Camacho, Monreal o el propio López Obrador, emanados y formados en sus filas lo que lo confirma, sino los hechos y las formas.

Son los pactos con líderes sindicales corruptos como Elba Esther o Napito a cambio de votos masivos, son los dedazos y las tómbolas como métodos de selección de candidatos, son las muestras de autoritarismo y censura para con los opositores, es su falta de claridad ideológica cuando de generar propuestas y alianzas se trata, es la demagogia como estrategia central de sus campañas, son los acuerdos cupulares para la repartición de cuotas de poder, son las actitudes antidemocráticas al interior de su partido y la falta de autocrítica para con su máximo líder los que demuestran que el PRI, como concepto y herramienta de manipulación, una vez se ha salido con la suya.

Cada vez somos más los que nos resistimos a creer que el cambio venga de lo mismo de siempre; no darle un voto al PRI hoy en día significa no dárselo tampoco a MORENA, digan lo que digan las encuestas y los nuevos priistas camuflados de esperanza. ¿O será que Carlos Salinas de Gortari tenía razón cuando descaradamente afirmaba que “el PRI es así porque así somos los mexicanos”?

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