Bolton afuera, ¿ahora qué?

Bolton fue la moneda que Trump tuvo que entregar al barquero para poder pasar el inframundo del establishment. Hoy, la cautela es prioridad

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John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos. (Foto: Flickr)

John Bolton ha salido, finalmente, de la administración Trump. Este anuncio viene dado, según el presidente de Estados Unidos, por diferencias marcadas entre los intereses del gobierno y el veterano neocon. Bolton tiene una muy extensa experiencia en política exterior, pero no necesariamente una buena. Sus antecedentes son una mezcla de apologética al belicismo e incisivo empirismo para el desastre, un macrocosmos letal para quienes han venido buscando consolidar la pretendida postura anti-intervencionista de la administración.

Maestro de ceremonia de la guerra de Irak —que solo acrecentó el conflicto de Medio Oriente y dejó en ridículo a Estados Unidos—, cheerleader de la infame guerra de Libia que avivó este mismo conflicto a manos de Hillary Clinton, Bolton ha costado a Estados Unidos cientos de miles de millones de dólares, pero peor, le ha costado respeto y decenas de miles de sus soldados. Cuando escalaron las tensiones entre Irán y Estados Unidos tras el ataque aéreo, el ahora exasesor fungió como el diablillo en el hombro que aconsejaba —o más bien atormentaba— a Trump para contraatacar más fuerte y desatar, con toda seguridad, consecuencias peores (mucho peores) a las de Irak.

En el tema de Venezuela, la dupla Bolton-Abrams produjo una brecha que causó más males que cualquier otra cosa. Tras cinco meses, «all the cards are on the table» (1) en realidad significó «all the tweets are on the table» (2). La efectividad de Bolton se vio profundamente frustrada por su actuar errático y una cercanía para nada saludable de Elliott Abrams y Mauricio Claver-Carone con el chavismo, alentada por la oposición socialista venezolana que apoyan con vehemencia. En este sentido, poco reclamemos al halcón, pues digamos que «olvidó» que el ajedrez se jugaba con piezas, y no con roedores —además, tampoco tiene caso reclamarle; poco puede hacer ya—.

Sin embargo, página vieja no echa el cuento completo, así que entremos al nuevo capítulo: Donald Trump no necesita un halcón, necesita un hombre que le ayude a alcanzar el equilibrio entre las promesas a cumplir de su campaña y la ejecución de soluciones realistas para problemas que no querrán desaparecer por las buenas.

En el caso venezolano (el cual quiere despachar cuanto antes, pues ha invertido grandes esfuerzos para acabar con el régimen Maduro) una política clara, agresiva y trascendente debe tener lugar. Por lo tanto, y antes que nada, así como Bolton se fue, Elliott Abrams y Mauricio Claver-Carone tienen que irse, pues son el nodo que mantiene atado a Trump con los socialistas de la MUD y del PSUV —recordando la componenda del 30 de abril avalada por el oriundo del Council of Foreign Relations—.

La claridad de esta política la da una reestructuración de objetivos, metas, su jerarquía y escenarios potenciales. De los objetivos a atacar, los inmediatos ya se han neutralizado: oficiales chavistas, sus cuentas bancarias y sus empresas. ¿Pero qué de los financistas agazapados también en la oposición? ¿Qué hay de Raúl Gorrín, Victor Vargas y Gustavo Cisneros por ejemplo? ¿Y el resto de los testaferros (que son bastantes)? ¿Qué hay de los casos de corrupción también perpetrados en países aliados como Brasil y Colombia? Brasil, en especial, puede ayudar a Estados Unidos a dar un golpe crítico a las bases del régimen: narcotráfico, corrupción, lavado de dinero y terrorismo. Pero replantear objetivos y reestructurar prioridades es fundamental. Si cuentas claras conservan amistades, puntos claros aseguran el éxito.

La agresividad de la política se traduce al tipo de medidas a tomar. Esta será regulada por la claridad ya previamente propuesta. De entrada sabemos que las sanciones no pueden ser la única medida. Es necesario, también, que Estados Unidos sea venenoso contra el diálogo y su eventual pacto: no se puede permitir un pacto, porque significaría la institucionalización del narcotráfico, la corrupción y sus operarios. Esto Abrams lo ignora; Bolton también lo hizo. Ahora, el escenario de una acción militar (no necesariamente invasión clásica) debe ser considerado seriamente por los norteamericanos como la solución más profiláctica de todas. La propuesta del exdiplomático Roger Noriega en este sentido debería ser tomada muy en cuenta.

La trascendencia de la política, por último, será solo lograda si se asegura una serie de acciones en cadena que no den paz al sistema criminal que ha secuestrado el Estado venezolano —con sus quinta columna incluidos—. Los Estados Unidos deben entender que el poder de acero es lo único que puede frenar las amenazas del narco-comunismo regional, que está en plena expansión. Las sanciones no trascenderán como estrategia única porque ya el PSUV las está burlando de la mano de Turquía, Rusia e Irán, además de que están siendo ridiculizadas por la misma MUD socialista en cualquier foro político internacional que se presentan. Un pacto solo dará un cheque en blanco para el universo criminal cuyo epicentro es Venezuela. A menos que los esfuerzos se concentren en una acción vigorosa llevada adelante por un factor tan radical como la situación lo exige, Estados Unidos no tendrá éxito.

Bolton fue la moneda que Trump tuvo que entregar al barquero para poder pasar el inframundo del establishment. Hoy, el presidente debe ser muy cauteloso a la hora de nombrar su nuevo Consejero de Seguridad Nacional, sea Lou Dobbs, sea Doug Macgregor, venga quien venga, porque aplicar el mismo doble rasero que Bolton aplicó especialmente a Irán, Corea del Norte y Venezuela, podría costar nuevos errores y le impediría —o dificultaría—, en realidad, alcanzar el éxito en el escenario geopolítico tan volátil al que está dando cara.

Pero al final, esta política para Venezuela solo —y quiero ser lo más enfático posible— podrá tener éxito si se trabaja con personas totalmente distintas a las que venían siendo consideradas como esperanzadoras. En criollo: con la MUD, ni para la esquina. El gobierno de Trump no puede trabajar, bajo ningún concepto, con los mismos que quieren sabotear sus políticas —esto va tanto para estadounidenses como para venezolanos—. Más allá de las posturas antagónicas de John R. Bolton respecto a la agenda America First, parte de la razón de su propio fracaso fue trabajar con elementos gravemente tóxicos y malintencionados en el caso de Venezuela.

Es momento de que Trump trabaje con verdaderos aliados que realmente hagan oposición al régimen. El presidente de Estados Unidos debe trabajar con hombres, no con halcones, ni con ratas.

 

N.del E.:
1. «Todas las cartas están sobre la mesa».
2. «Todos los tuits están sobre la mesa».

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