Chile: por la razón o por la fuerza

El Foro de São Paulo tiene las intenciones y los recursos para dejar de un lado los canales democráticos que lo llevó al poder y abocarse a la desestabilización

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Protestas en Chile. (Foto: Flickr)

Así reza el lema patrio de Chile. Aleccionador por demás, debe ser considerado himno de la defensa de cada patria. Frente a la avanzada del perverso y criminal Foro de São Paulo, esta vez ya no electoral, sino a través de la desestabilización social —al mejor estilo ordo ab chao— los países hispánicos hoy deben encarar sin tapujos, sin vergüenzas adjudicadas por la propaganda enemiga, la amenaza de perder sus soberanías.

Las naciones jamás se han fundado —mucho menos, defendido— por la transigencia de sus nacionales, sino por su sudor, su sangre y su amor. Es decir: por el parto que es la experiencia común de los ciudadanos en el decurso de su historia por la preservación. La razón habilita la comprensión de lo que nuestros predecesores han hecho para nosotros poder estar aquí, y la fuerza es lo que usamos para seguir aquí cuando ciertos peligros buscan borrarnos de la vida.

De aquí podemos entender que el patriotismo es mostrar que el resultado de los procesos históricos y culturales pre-políticos que han asegurado la protección de nuestras familias, nuestras tradiciones y nuestra fe es, en realidad, un lugar. Nuestro lugar.

La oikophobia, que mencioné en la columna anterior, es un término acuñado por el filósofo británico conservador Sir Roger Scruton, que describe el odio o repulsión hacia los connacionales, prefiriendo a los extranjeros por encima de los hermanos de patria. Este odio puede no solo manifestarse en la repulsión al patriotismo —o a cualquier manifestación de este—, sino además en la conspiración contra la nación propia o la nación de otros, pisoteando los intereses nacionales de otros.

Lo que ocurrió en Brasil con la Amazonía, las protestas comandadas por Correa en Ecuador, lo que está ocurriendo en Chile, lo que está ocurriendo en España, todas conforman el flagelo globalista en naciones donde la indefensión y el apaciguamiento han sido utilizados como herramienta social para el control por parte de sus propios traidores como Pedro Sánchez o Lula —y por la omisión de otros débiles como Lenín—.

El Foro de São Paulo tiene todas las intenciones, todos los recursos y toda la capacidad para dejar de un lado los canales democráticos que lo llevó al poder —y los sacó de él— y abocarse a una estrategia de propagación de grupos entrenados en acciones de desestabilización, terrorismo e infiltración en fuerzas de seguridad a.k.a Black Bloc (como se ha visto en Cataluña con los Mossos), ayudados grandemente por la pasividad protagonista o la ineficacia de las fuerzas del orden —provocada por los líderes políticos—.

He ahí la desventaja que desuella a la centro-derecha hispana, que ha abanderado el temor a ser implacable contra los terroristas de la izquierda, un depredador que no duerme y a quien no le tiembla el pulso para acabar con el orden y la ley. Ese absurdo temor revela la inmadurez anquilosada y el infantilismo patológico con la cual ceden a la estrategia de la izquierda, de instrumentalizar el pasado para estigmatizar a su enemigo, poniéndole una camisa de fuerza moral que, en realidad, no existe.

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Coyunturas especialísimas como la de Pinochet o la de Franco, enemigos a muerte de la izquierda, son suficiente en términos propagandísticos para ser usadas por esta y proyectar todos sus horrores en la derecha. Más ilógico que aquello, es el miedo de la «derechita cobarde», cada vez más centristas, de usar cien años de esclavitud, torturas, genocidios y encarcelamientos masivos para combatir y habilitar sus propias acciones frente a la afinadísima precisión del enemigo, instrumento que habilita y expande su campo de acción y legitimación.

En estos momentos los únicos que realmente están dedicados a mitigar y neutralizar los intentos del enemigo son José Antonio Kast en Chile y Santiago Abascal por Vox en España. Sin embargo, es momento de llevar los esfuerzos a otro nivel y elevar el juego simbólica y políticamente.

Vox ha iniciado una gira por España, llenando sus rallies maravillosamente; en su noreste están por llegar grupos Black Bloc provenientes de diferentes partes de Europa. El resultado de esa gira que Abascal, Ortega Smith, Espinosa y Monasterio están llevando a cabo debe ser la convocatoria de una marea de españoles a Barcelona, a ayudar a los cuerpos de seguridad y orden público abandonados por sus —inoportunos e impresentables— jefes rojos sentados en la Moncloa, y a defender la realidad: que Cataluña es España. Más que de las fuerzas del orden, principalmente de los españoles depende que Cataluña siga siendo parte del país, y esto puede asegurar el éxito de una política arriesgada, pero vital.

Si las fuerzas del orden no pueden defender a España, son sus hijos los que deben hacerlo, como los viejos Tercios.

En el caso de Chile, Piñera finalmente tomó la postura correcta, pero Kast puede perfectamente seguir la estrategia propuesta por Eduardo Bittar, coordinador General de Rumbo Libertad: ayudarse con venezolanos y crear redes de activismo político, sabiendo que existe un know-how de veinte años por nuestro lado, con el fin de enfrentar a la izquierda y neutralizar las acciones terroristas, sea por detección de focos antisociales o frustración de vandalismos, a nivel político y comunicacional.

Lo filosófico es lo único que puede dar sentidos a la política, lo que da la capacidad a las personas y a los gobiernos de entenderse y evaluarse, pero es la política el resultado de esa evaluación, puesta en acción. La derecha dura puede estarse definiendo con éxito en el soberanismo, en el anti-comunismo, en el patriotismo, en el apoyo telúrico de la geopolítica; por ejemplo. Pero es vital la creación y consolidación de una militancia formada y consciente que se encargue de conducir a los ciudadanos a los rumbos en los cuales encontrarán la salvación de nuestros países y las sanación de los errores históricos.

Es momento de ponerse los pantalones y enfrentar al enemigo. El patriotismo no puede ser un discurso baladí sino el fervor que mueve a los connacionales a defender el país en momentos donde aquellos que quieren desmembrarlo están, de hecho, haciéndolo. De no hacerlo, no solo estaremos condenados a las peores consecuencias por haber sido autores de los peores actos u omisiones, sino que nuestros hijos también acarrearán los mismos males.

Por la razón se ha intentado lidiar con criminales, sin éxito. Por la fuerza, entonces, se salvarán las naciones.

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