España y Cataluña; el pedregal y la tierra fértil

España está aferrada a una Cataluña indiferente y separatista que insiste en subrayar sus particularidades

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España
Cataluña no puede culpar a España por sus propios errores. (Foto: Flickr)

Dice el señor Mas que “hay que pasar el desfiladero sabiendo que no nos lleva al pedregal (España), sino a la tierra fértil”, que en su mente es una Cataluña independiente.

La verdad es que muchos ya votaríamos a favor de que se vayan y nos dejen en paz. Pagando antes, eso sí, la parte alícuota que les corresponda de la lifara autonómica en que se han convertido los últimos treinta años de la historia de nuestra patria, que no se trata de marcharse sin pagar la fiesta.

Tengo parientes en Cataluña, pero ya hace años que me resulta duro ir a visitarles. Desde la rotulación solo en catalán, como si los castellano hablantes no existiéramos, hasta esa mala educación que tienen muchos catalanes de creerse el ombligo del mundo, hablándote en catalán, a pesar de que tú les contestes en español, o les digas que no les entiendes, lo que supone una auténtica imposición de su idioma. Un gran idioma que es la lengua oficial de un solo país del mundo, Andorra, con una población de treinta mil habitantes.

Los habitantes del resto de España no podemos acceder a empleos públicos en la justicia, sanidad o educación catalana, pues se exige como requisito básico el conocimiento del catalán –y en el caso de la administración de justicia del derecho propio autonómico-, pero ellos sí pueden ocupar plazas en todas las zonas de España donde no hay lengua propia, o sus gobernantes tienen la sensatez de no exigir su conocimiento preceptivo, o sobrevalorar su utilización, como sucede en Cataluña.

En el ámbito de la justicia, que por razones de deformación profesional es el que más conozco, se prima tanto el idioma y el derecho catalán, que prácticamente se ha conseguido “expulsar” a los jueces, fiscales, secretarios y funcionarios no catalanes, salvo que hayan optado por pasar por el aro y aprender el idioma. Da igual que no sepan derecho, lo que importa es que sepan catalán. Lo mismo sucede con los médicos forenses. En una plaza de médico forense para el Valle de Arán, por ejemplo, se valoraba más el catalán que un doctorado en medicina. Claro que el aspirante tenía la ventaja de que los muertos no se quejan nunca del forense que les hace la autopsia.

Esa creencia de considerarse el ombligo del mundo, o simple, lisa y llanamente, mala educación, hace que en ocasiones los asistentes a actos organizados en Cataluña hallamos sentido vergüenza ajena.

Recuerdo un congreso nacional de derecho del trabajo y seguridad social, celebrado en Barcelona en algún momento de la década de los 90. El acto de apertura o de clausura, no recuerdo con exactitud, era presidido por el consejero de trabajo de la Generalidad, creo recordar que un tal señor Fabregat, o apellido similar.

Se celebró en el magnífico salón de actos del Colegio de Abogados de Barcelona, y el consejero comenzó su intervención en catalán, lo que no nos importó, pues eran unas palabras de saludo y presentación del acto, que todos entendimos, y además estábamos en Cataluña. Pero, para nuestra sorpresa, continuó su intervención en catalán, hasta que muchos de los asistentes abandonábamos el salón, en callada señal de protesta, saliendo a la rotonda que circunda el salón, y cuando vio que se estaba quedando solo, empezó a hablar en castellano, aunque la verdad es que la mayoría no volvimos a entrar, pues no decía más que las típicas chorradas políticas al uso: hablar mucho y no decir nada.

¿Cómo se puede ser tan maleducado de dirigirse a un congreso nacional, donde los asistentes catalanes escasamente serían un quince por ciento, enteramente en su idioma vernácula, obviando que la mayoría éramos del resto de España, y no entendíamos el catalán?

Así son muchos catalanes, al menos la clase dirigente. Y así les va. Que no echen a nadie la culpa de sus propios errores.

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