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El asesinato de Spear: Mónica somos todos

Por: Roddy Enrique Rodríguez - Ene 8, 2014, 9:29 am

EnglishMónica somos todos.

Y no lo digo porque todos amemos a Mónica, sino porque todos podemos morir asesinados, al igual que ella.

El tema del homicidio de Spear es particularmente triste porque implica por fin ponerle rostro a los 170.000 asesinatos que se han llevado a cabo en los últimos 15 años.

Implica ponerle rostro a un problema que es oscuro y que siempre hemos “visualizado” a través de cifras y números, pero no a través de rostros. Implica saber que el asesinato nos puede alcanzar a todos, incluso a las misses, reinas de Venezuela.

Las cifras y estadísticas cobran vida cuando lees que Spears y su esposo fueron baleados al subir los vidrios y negarse a ceder ante sus ladrones. Cobran vida cuando lees que una niña de 5 años fue baleada en la pierna, y que pasará el resto de sus días siendo huérfana debido a un hecho que hoy es noticia, pero que sólo ella cargará mañana y toda su vida. Es curioso (y espantoso) darse cuenta que los números cobran vida cuando alguien muere.

Honestamente, cuando pienso en esto pierdo algo de esperanza en alcanzar un país mejor, aún cuando ello nunca doblegue mi voluntad de luchar por esa patria anhelada. Y es que resulta un poco desalentador pensar que haya sistemas que puedan tener 30%, 40% o 50% de apoyo (lo que sea que necesiten para ganar elecciones con sus trampas y ventajismos) , a pesar que el 100% de sus ciudadanos es víctima del hampa y la inseguridad.

Pero luego pienso en aquella realidad en la que, para muchos, la inflación, la escasez y el desempleo son problemas peores que la inseguridad. Y en cierta forma tiene sentido, pues todos los días somos víctimas de la inflación (siempre hay que comprar comida, la cual aumenta de precio), todos los días sufrimos por tener un empleo que no sirve, y son pocos los días en que encontramos los alimentos. Por otro lado, la inseguridad, aunque nos parece terrible, la sentimos como un problema con el que podemos lidiar al no salir de noche, al ser prudentes, o simplemente al pensar que son pocas las probabilidades de que nos alcance a nosotros.

Lo que no tiene sentido es que nos olvidemos del valor de la vida humana, de la empatía y de la solidaridad. Lo que no tiene sentido es que digamos:“eso no me va a pasar a mi”, pues pensar de esa manera implica que sólo nos importa nuestra propia existencia, y que nos vale madre la vida del otro, pues mientras sean otros quienes mueran y eso “no nos pase a nosotros”, asumimos que las cosas van bien.

Cualquiera con un mínimo conciencia por la vida del otro, con un mínimo de sentido de fraternidad sabría que, por más millones que haya hecho gracias a sus panas en CADIVI, por más beneficios que reciba gracias a misiones, por más incluido que se sienta gracias a una poderosa narrativa, por más bien que le esté yendo sea la razón que sea, cualquiera que sepa, que esté consciente, que esté al tanto que hay 175 mil asesinados, y que sepa lo que ello implica (niños huérfanos, futuros acabados, familias rotas), no puede hacer otra cosa que restarle su apoyo a un sistema (por no decir gobierno-partido-estado, como suele ser en totalitarismo) que propicia esto.

Pero hoy los venezolanos no somos conscientes. Simplemente somos una serie de individuos aislados, cada quien pujando para su lado, pendiente de sí mismo, buscando sobrevivir, pasando por encima de hermosas pero poco aplicadas normas. Aquí no hay nación, aquí no hay colectivo, aquí no hay patria, aquí no hay nada. Aquí solo hay individuos, aquí solo hay anomia. Y es que anomia se usa en sociología para describir sociedades donde no hay normas claras, donde no hay valores, donde hay “poca o ninguna guía moral para los individuos“. Sí, nuestra sociedad se encuentra bajo una terrible anomia.

Lo peor de todo es que, bajo la sociedad, instituciones e incentivos que tenemos hoy en día (el Estado maneja la plata discrecionalmente, las normas no se aplican, hay poca confianza, reluce la viveza) resulta perfectamente racional actuar así, como un perfecto idiota (eso sería tema de profundización en otra ocasión).

Ese individualismo des-socializador es lo que tenemos que cambiar, y eso se logra solamente con valores, principios, convicción y respeto a la ley. Es decir, hay que ser irracionales. Y la contraposición a la razón es la pasión, y la pasión (la buena) se traduce en política como amor a la patria, o al menos esa es la principal virtud de una República -diría Montesquieu-. Necesitamos ser, y sobretodo exigir, verdaderos republicanos.

Dijo alguna vez Maquiavelo (parafraseando): “primero olvida un súbdito la muerte de un hermano, a que el rey le meta en el bolsillo la mano“. El bolsillo se refiere en general a las cosas de uno: mis propiedades, mi dinero, mi futuro. El hermano se refiere a lo externo: los otros, el país, las leyes, la nación.

Mientras nos importe más nuestro bolsillo que la vida de otro, como sociedad nunca saldremos adelante. Seguiremos por allí: viviendo, aprovechándonos de las oportunidades que salgan de vez en cuando, pendientes sólo de nuestro porvenir, hasta que algún día la muerte no ataque nuestro hermano, sino que nos alcance a nosotros.

Después de todo, Mónica somos todos.

Este artículo fue originalmente publicado en el blog del autor, Zoon politikon.