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La crisis financiera de 2008 y la cura del libre mercado

Por: Contribuyente - Mar 5, 2014, 7:48 am

El gobierno, a través de sus poderes coercitivos y regulatorios, puede hacer que cualquiera actúe en contra de sus intereses personales. Esto es exactamente lo que desencadenó la crisis económica que hemos sufrido desde el 2008. Así que a diferencia de lo cómo la mayoría de los medios lo venden, la crisis no fue causada por la falta de regulaciones y el capitalismo salvaje.

financial-crisisJohn Allison — presidente del Cato Institute y ex director ejecutivo del Banco BB&T — ha sido testigo de la influencia negativa del gobierno durante su carrera en uno de los bancos más grandes de la Costa Este. En su libro “La crisis financiera y la cura del libre mercado“, Allison argumenta sobre las causas de la crisis económica y ofrece excelentes soluciones para evitar otra catástrofe de iguales proporciones. El autor utiliza explicaciones muy detalladas que permiten ver la crisis desde la perspectiva de los “culpables” y demuestra que sus acciones eran, después de todo, totalmente racionales en el contexto.

El detonante de la crisis fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, que se infló a principios del 2000 y estalló en el 2008. Como la Gran Depresión en los años 30, la crisis del 2008 puede ser relacionada con la intervención estatal, principalmente a políticas de otorgar créditos con bajas tasas de interés. Este dinero fue principalmente depositado en la industria inmobiliaria, la cual, según Allison, representa el área más subsidiada desde el New Deal en la década de los treinta. Estas políticas incluyen créditos fiscales para viviendas para personas con bajos recursos, que enriquecen en gran parte a los constructores y a una gran cantidad de proyectos habitacionales en zonas con altos índices de criminalidad, pagados por y para el gobierno federal.

Estos fondos están destinados a ayudar a que cada familia pueda vivir en una casa, a pesar del hecho de que este tipo de adquisición no es para todos, especialmente para aquellos que se mudan frecuentemente. Además, los funcionarios del gobierno olvidaron que una vivienda no es una inversión en el sentido económico, es decir, no es algo que crea valor como una planta manufacturera. Una vez que la construcción finalice, se convierte en un bien de consumo, como una bolsa de galletas, lo que significa que es algo que consume la riqueza, en lugar de crearla. Muchas viviendas y pocas plantas retrasa el crecimiento económico a largo plazo.

Por otro lado, muchos de los puestos de trabajo relacionados con la construcción se vuelven obsoletos una vez que la burbuja estalla. Esto se suma a los efectos desastrosos de la burbuja.

En los años 90, los estímulos para la adquisición de una vivienda eran – casi literalmente – impuestos a punta de pistola. De hecho, con la intención de satisfacer a su base de votantes afroamericanos, Clinton decidió repentinamente imponer ciertas normas que prohibieran la discriminación racial en los préstamos bancarios. Para ello, se basó en un dudoso estudio de la Reserva Federal que aseguraba que los bancos discriminaban a los afroamericanos, negándoles préstamos que sí aprobaban a personas blancas con la misma ratio de endeudamiento.

Este razonamiento es incorrecto, ya que hay otros factores como el tiempo que lleva esa persona empleada, y el pago de deudas que también son considerados. Pero como casi todos los reguladores no saben nada de prestamos, estos detalles pequeños no tienen ninguna importancia. Para ellos, las buenas intenciones deben estar por encima del sentido común de los banqueros. Este sentido común se vio afectado gravemente cuando Clinton forzó a Mae y Mac, dos empresas estatales, a garantizar hipotecas, ofreciendo el 50% de éstas a personas de bajos recursos que en otras condiciones no podrían obtener una – las infames subprimes. En otras palabras, en el nombre de una política “de caridad”, la administración de Clinton (porque la de George W. Bush no pudo cambiarla mucho) comenzó la burbuja inmobiliaria al disminuir de manera exponencial los requerimientos para hipotecas.

El fin del Estado de Derecho

Más allá de las regulaciones bancarias, Allison muestra cómo la regulación en general interfiere en el campo de acción de los líderes empresariales, independientemente del campo en el que trabajen.

También demuestra la arbitrariedad en las políticas públicas. Esta arbitrariedad se refleja en el hecho de que algunos bancos recibieron ayuda financiera y otros no. Normalmente, en el mercado libre, una empresa mal administrada se va a la bancarrota y sus activos se redistribuyen entre competidores más competentes. Pero cuando el gobierno entra en escena, podrá decidir, utilizando razones tales como: “El sistema se derrumbará si no hacemos nada” para salvar a una empresa de la quiebra. Claramente, el mensaje del gobierno es el siguiente: “No importa si su empresa está mal administrada, vamos a cuidarle la retaguardia”. La famosa mentalidad de que “se es demasiado grande para fracasar”.

Por ejemplo, Paulson, el ex-Secretario del Tesoro, tenía grandes cantidades de dinero invertidas en Goldman Sachs cuando este fracasó. Él, obviamente, hizo todo para rescatar su inversión, sin importarle que Lehman Brothers quebrara. Pero el hecho de que una empresa haya sido rescatada, sienta un precedente para que otros tomen riesgos excesivos. Especialmente si se sienten alentados por el gobierno, ya que después de todo, al final serán “recompensados”.

Soluciones drásticas pero necesarias

Allison considera que habrá una crisis mayor en los próximos 10-15 años si no se realizan cambios importantes, para evitar otra crisis como la que estamos viviendo deben adoptarse soluciones radicales. La mayoría de las regulaciones bancarias, en particular la Ley Dodd-Frank aprobada después de la crisis, deberían ser derogadas cuanto antes.

También Mae y Mac deben ser liquidadas y/o privatizadas, lo que pondrá en buen camino al mercado de las hipotecas. Sin garantías gubernamentales, los préstamos de alto riesgo (subprimes) serán mínimos.

Allison además propone — como cualquier persona conocedora de la acción humana y los incentivos — bajar los impuestos para promover la producción. Cuando los impuestos son altos, las personas pasan más tiempo tratando de evitarlos que tratando de innovar, bloqueando así el camino para mejorar nuestra calidad de vida.

Traducido por Isabella Loaiza Saa.