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La quimera de la desigualdad y el villano capitalista

Por: Contribuyente - May 22, 2014, 7:53 am

English Por: Joel D. Hirst

Últimamente se escucha cada vez más: La palabra desigualdad. Se ha convertido en la panacea con la cual — tanto ricos como pobres, poderosos y débiles — pretenden expresar su solidaridad con los menos afortunados. “No se trata de dinero” insisten; “es realmente acerca de su distribución. Hay bastante para todos”, continúan, “si sólo hubiese un poco menos desigualdad” — decir la palabra con acento suficientemente sincero no deja lugar para refutar esta afirmación.

Luego vuelven sus ojos perezosos hacia el villano — el capitalismo y los países capitalistas — porque aparentemente tenemos más. Claman contra la compensación de los ejecutivos corporativos; los desesperadamente pobres haciendo causa común con los accidentalmente ricos en la denuncia en contra de los magnates y los empresarios, o de aquellos que han construido una gran fortuna. Cabildean por planes centrales que — a punta de pistola — toman de unos para dar a los demás; haciendo de los intermediarios los únicos beneficiarios reales de este robo.

La verdad es que este análisis es el resultado de una visión limitada y una impresionante falta de retrospección.

Recientemente regresé de un viaje a Viena, donde pasé las noches paseando por las partes antiguas de la ciudad, pasando por delante de los palacios e iglesias y mansiones de los señores imperiales de la antigüedad: Estructuras masivas de arrogante opulencia construidas no por los que crean, sino por los que creían que su condición de nacimiento les daba el derecho de quitarle a los demás. Riqueza aprovechada para unos pocos a expensas de las masas. Ese mundo era un mundo de desigualdad.

La mayoría de nosotros olvidamos que en el pasado la riqueza siempre se obtuvo mediante el sometimiento de los demás o el robo de sus bienes. Todas las élites de los imperios de la antigüedad construyeron sus fortunas tomando las tierras de otros, esclavizando a los campesinos, y saqueando la abundancia de los vecinos ricos. La desigualdad se decía que era ordenada por Dios y preservada por la sangre azul y la condición de uno al nacer.

El capitalismo cambió todo esto.

Ahora estos viejos lugares que alguna vez fueron alegres parcelas de privilegio, son museos y atracciones turísticas para el placer de los que en el pasado habríamos sido vasallos; hombres que se han convertido finalmente en señores, no de los demás, sino de nuestro propio destino, empoderados por el capitalismo.

El capitalismo ha permitido a las personas convertirse en tremendamente ricas, simplemente prestando un servicio a los demás. Averiguar qué les gusta comer, qué les gusta leer, lo que les gusta usar, lo que les gusta escuchar, cómo prefieren pasar sus vacaciones; y cumplir sus deseos con tus mejores y más ingeniosos esfuerzos. Haz su vida más fácil y de forma gustosa y libre te entregarán una enorme riqueza.

Esta simple idea impulsó la Revolución Industrial, que trajo el más rápido avance en términos de calidad de vida en la historia de la humanidad. Anunció la construcción de nuevos imperios — imperios de la mente que fueron tan poderosos y frágiles como cada idea posterior. Imperios que requerían solo la participación voluntaria de los demás, construida sobre el servicio a ellos mismos. Y creó una fortuna que se filtró hacia abajo para crear la clase media más grande que el mundo haya conocido.

Este es el capitalismo que atacan aquellos que se quejan de la desigualdad. Sin entender el origen de la igualdad, y de la riqueza, lanzan un señuelo engañoso, atacando la solución como el problema. Y lo peor, mucho peor, es que aquellos que buscan el poder político para gobernar — no poder económico a través del servicio — utilizan la quimera de la desigualdad para justificar su toma del poder. Y al hacerlo, crean una nueva nobleza. Con su cinismo sin límites llaman a una nueva clase de jefes supremos, que tratan de gobernar mediante el control de los “capitalistas” que producen. Y no contentos con controlar simplemente, exigen el consentimiento de la víctima; aquellos hombres de la mente que se ven obligados a reconocer que este control es, de hecho, para el bien público, porque es el público el que debe ser protegido de ellos — de aquellos que sirven.

Sin duda, esto no significa que las cosas van viento en popa. La naturaleza cada vez más oligárquica de la sociedad occidental, así como la economía mezclada con la política, está creando tales desigualdades que amenazan con volver el mundo a una época de señores y siervos, de nobles y vasallos. En otros países el proceso ya se ha completado, y los pobres han vuelto a ser encadenados permanentemente a su miseria.

Ahora es el momento de que los hombres de coraje defiendan y expliquen cuidadosamente que la solución a este problema, como la mayoría de las soluciones, no proviene de lo que dicen los que buscan el poder político, sino de principios firmemente basados en la historia y la economía. La solución no viene con menos capitalismo, sino con mayor libertad, más creatividad y más oportunidades, que seguramente van a crear una mayor prosperidad.

Pero para que esto funcione, tenemos que confiar en el orden espontáneo que gobierna las interacciones humanas, y creer que los beneficios desagregados de las personas que buscan prosperar al servir el uno al otro, darán lugar a un bien mayor.

Y para aquellos de nosotros que se oponen a ser víctimas de la quimera de la desigualdad, que se sepa que no es porque somos hijos del privilegio. No odiamos a los pobres; no idolatramos a las oligarquías, antiguas o nuevas. De hecho, es por la razón opuesta que disentimos. Aquellos de nosotros que no somos hombres con apellidos reconocidos, ni provenientes de largos linajes, sabemos que la única manera de lograr nuestro propio progreso y la reducción de la pobreza, y la única manera en que podemos defendernos, casi siempre es nuestra adhesión incondicional a los valores e instituciones de una sociedad libre.

Debido a que somos nosotros, más que nadie, quienes tenemos todo que perder si no lo hacemos.

Traducido por Rebeca Morla.

Joel D. Hirst es novelista, autor de The Lieutenant of San Porfirio y su versión en español El Teniente de San Porfirio: Crónica de una Revolución Bolivariana. Este artículo fue originalmente publicado en Blog.JoelHirst.com.