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Venezuela, un país en coma bajo la mirada indiferente del mundo

Por: Contribuyente - Ago 27, 2014, 3:15 pm

EnglishEste artículo no pretende ser una nota informativa adicional sobre la situación en Venezuela. Carga en sí, además de datos específicos y coyunturales de la política económica del país, una cuota de sensaciones personales.

Muchos lectores estarán al tanto de que en Venezuela se intentan aplicar más sistemas de control, tales como el nuevo sistema biométrico de captahuellas para prohibir las supuestas “compras que ocasionan saqueos en los supermercados”, según dice el Gobierno. Con el sistema pretenden que se “mantenga el orden en la salida de los alimentos”. Pero no entienden que la solución no es más control.

El barrio José Félix Ribas en la zona de Petare, en Caracas, es uno de los más densos de América Latina.
El barrio José Félix Ribas en la zona de Petare, en Caracas, es uno de los más densos de América Latina. (Wikimedia)

Venezuela es el ejemplo más claro de que la simple posesión de recursos naturales no hace mejor a un país, o a su economía, si los recursos no se saben utilizar de modo correcto, y se emplean demagógicamente.

El petróleo en manos de los Gobiernos en Venezuela ha servido para financiar a gusto los negocios corruptos y programas populistas, que hace uso de los barriles de petróleo como si fuesen golosinas para repartir de modo desmedido a un grupo de niños.

En este país, lamentablemente, los ciudadanos tienen que hacer largas colas para conseguir comida. El pueblo venezolano ha sido sometido a atroces castigos; atraviesa la destrucción moral de la sociedad, y se encuentra bajo una manipulación mediática, consecuencia de la inexistencia de libertad de prensa y expresión.

Venezuela está actualmente dominada por la violencia diaria de los miembros que conforman la cúpula dictatorial de Nicolás Maduro, así como de otro tipo de delincuentes —similares a los del Gobierno— que abundan en las calles de las ciudades y convocan a la inseguridad constante, resultado de la producción desmedida de pobres.

En este sentido, la pobreza es una de las pocas cosas que el Gobierno chavista ha logrado producir satisfactoriamente y de modo abundante en estos 15 años de poder. Basta con observar a Petare (en Caracas), zona colonial que terminó convirtiéndose en uno de los barrios —o villas— más grandes y mayormente densificados e inseguros de América Latina. También es una de las vistas más impactantes y tristes de la ciudad: valle tras valle de chozas humildes, una arriba de la otra.

Este proyecto de Gobierno perverso y socialista intenta alcanzar el control absoluto de la vida humana de todo venezolano: busca una sociedad de súbditos.

La cúpula que ahora gobierna Venezuela tiene el ferviente deseo de perpetuarse en el poder. Así como lo ha hecho la dictadura de los Castro en Cuba, donde ante el silencio internacional y la opresión de un pueblo, se han mantenido en el poder por más de cinco décadas —situación únicamente posible si se masacran las libertades y la integridad de la sociedad, llevando al pueblo hacia una utopía inexistente, cimentada en el engaño y el rencor.

Sin embargo, aunque a los venezolanos les hayan quitado sus libertades (al igual que a los cubanos) dentro de ellos perdura la sed de progreso y libertad —elementos inexistentes en la esencia y raíz del socialismo. Aquella sed de libertad nunca podrá ser expropiada, controlada, racionada, o eliminada por la arrogancia de la demagogia populista de turno; la libertad se lleva adentro.

Hoy, al transitar las calles de Caracas, se quiebra algo en mí al presenciar la muerte en vida de un país, y observar la indiferencia de los medios de comunicación internacionales, y de tantos individuos y Gobiernos cómplices de esta atrocidad.

Comercios cerrados por excusas gubernamentales tales como la “especulación”; anaqueles vacíos por los controles de precios; ciudadanos haciendo largas colas y desesperados por comida; vidas que dejan de lado el goce individual y la búsqueda de la felicidad para tener que sobrevivir el día a día; la ciudad militarizada; protestas silenciadas; un pueblo reprimido y resignado que ha tenido que aceptar la situación de sumisión luego de largos meses de lucha en las calles por una salida, por un futuro mejor.

Hoy, los grafitis y pancartas antidictadura en las calles de Caracas conforman no más que el anhelo de un país que otrora fue, y desde hace años intenta volver a ser, grande y libre.

Esta es la realidad de un país que está cercano a una situación de estado vegetativo. Un país muerto en vida, aniquilado, y con una pequeña cuota de esperanza como un suero, que cada día escasea más. La desilusión parece haberse personificado, y se hace presente en Venezuela, provocando en las calles una sensación de estado de guerra permanente.

Desearía hacer un pronóstico sosteniendo que Venezuela está cada vez más lejos de ser una segunda Cuba. Es claro que no todo está perdido, sin embargo, resulta factible decir que ni este año, ni el que viene, y probablemente tampoco dentro de la próxima década podremos ver cambios de libertad en el país, a menos que se produzca un milagro radical que ponga en jaque a la dictadura. Hoy la solución inmediata no existe, el cambio sólo será a largo plazo.

El Gobierno revolucionario no dejará el poder de un modo sencillo ni de un día para el otro. Es simple, la cúpula chavista carece de los estímulos para hacerlo, ¿por qué dejaría el poder si cuenta con comodidad y todas las necesidades absolutamente cubiertas de aquí a largos años? La salida llevará más que las aplaudidas y necesitadas protestas de este año.

Ante el silencio cómplice de tantos, la demagogia ha hecho y deshecho a gusto, jugado con el pueblo venezolano, y sometido al peor de los infiernos. No espere a vivir en comunismo para reaccionar ante estas atrocidades, no espere que le suceda a usted.

A modo de conclusión y reflexión, dejo aquí parte de uno de los versos del admirable poeta inglés Rudyard Kipling, del año 1914 y titulado “Una canción en la tormenta”:

Asegúrate bien de que a tu lado peleen los océanos eternos, aunque esta noche el viento en contra y las mareas nos hagan su juguete […] En todo tiempo de angustia y también en el de nuestra salvación, el juego vence siempre al jugador y el barco a su tripulación […] Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento en reserva guardan ráfagas aún más poderosas, que los que cumplimos las guardias asignadas, ni por un instante descuidemos la vigilancia […] De cualquier pérdida podremos sacar provecho, salvo de la pérdida del regreso.

Estos versos quizás describan el modo en el cual sobreviven los venezolanos su tormenta diaria. No olvidemos a Venezuela, que no se pierda el regreso a un país mejor.