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Argentina, réquiem para otro sueño

Por: Contribuyente - Sep 4, 2014, 3:55 pm
Protesta masiva en Buenos Aires, Argentina,  en noviembre de 2012. (Flickr)
Protesta masiva en Buenos Aires, Argentina, en noviembre de 2012. (Flickr)

Por Cecilia Fernández Taladriz

El tango, un arte profundamente citadino y la música más culta de nuestro continente americano. Argentina: el más civilizado de los países latinoamericanos, el más sofisticado, el más amable, el más ciudadano.

Su gente, en un ejercicio interminable de psicoanálisis, se relata a sí misma los porqués, los hasta cuándo de un país que, sometido a permanentes cambios para que todo siga igual, requiere de un esfuerzo colectivo de autocomprensión a una escala sin paragón.

Sumido en un laberinto borgeano, el ciudadano olfatea aquí y allá la conspiración del mundo contra la bandera; de los fondos buitres contra la decencia patria; del político contra el sino que erosiona su poder, o la posibilidad del poder; del gran empresario con o en contra del sindicalismo, da lo mismo.

Abordar un taxi en Buenos Aires es una experiencia única, no solo por la particular manera que tienen los porteños de fluir en un tráfico cuya regla es ignorar la regla, obviar el paso de cebra, hacer caso omiso de las líneas demarcatorias acelerando al entrar en una de sus innumerables rotondas. La experiencia dialéctica al interior de la cabina muchas veces iguala en intensidad a la que impone ese tráfico que desafía las probabilidades.

Tal vez por eso Argentina parece curtida en una resignación de lo privado ante la eterna decadencia de lo público. Lo que en otro país haría caer a un Gobierno aquí apenas despierta algún comentario; la probidad, la buena administración de la cosa pública (esto es una hipótesis que no hemos podido comprobar) despertaría una profunda sospecha, una desconfianza en cada palabra y gesto del pobre —o la pobre— líder político que lo intentara.

Situaciones de desabastecimiento e inseguridad que han arrastrado a la calle a miles de venezolanos, en la Argentina se asumen con esa resignación que roza lo inverosímil. Pareciera que los argentinos viven en un permanente exilio interior. La vida social, de negocios, académica, se conduce a pesar y por caminos que no terminan de cruzarse con lo público.

No es descabellado suponer ―mirado desde el exterior― que el optimismo empedernido del ciudadano de a pie responde a una convicción profunda. ¿Acaso cree que no hay nada que el sistema político y sus representantes puedan hacer para desbarrancar un país que siempre, desde siempre, sale adelante? Así, lo público resuena lejos del quehacer de su gente, como si se tratase de un país muy querido pero lejano, y del que nadie de por acá puede hacerse responsable.

Ese tejido social que define al pueblo argentino, con toda su fortaleza solidaria, se forjó al amparo de pocas instituciones públicas que fueron amalgamando una forma de sentir la patria, y de una sociedad de oportunidades que supo enriquecerse con la inmigración. La mirada amable y la mano dispuesta a dar una oportunidad al pibe vulnerable es parte del alma de esta nación.

No parece un juicio temerario afirmar que una cultura que siempre premió el esfuerzo de quien triunfa en cualquier ámbito de la vida, es un valor que se ha ido deteriorando. Ello porque sus sustentos, entre ellos la educación pública, especialmente la escuela; la clase media con cultura de trabajo (antes asegurado por la industria golondrina); y un agro poderoso y diversificado, parecen espectros del pasado.

La nueva izquierda ha pintado de colores el futuro en prácticamente todos los países de la región. En Argentina el sueño se ha vuelto pesadilla ―el fatídico tren del presente ya ingresó a Once por los cansados rieles del Sarmiento.

Tal vez la caricatura de Estado de bienestar, esta lluvia de subsidios inverosímiles cuyos días ― por lógica económica ― están contados, es una de las causantes de la decadencia.

Otra probable causa es la apertura irresponsable del país al blanqueo de dólares, lo que trajo aparejada la inmigración de peligrosos narcos. Rosario ya es líder de la violencia regional ―tanto va el cántaro al agua que al final se rompe.

La seguridad es uno de los pilares del Estado de derecho y la primera obligación de la autoridad. Una sociedad que encauza y sostiene a las personas más vulnerables constituye un buen muro de contención ante el debilitamiento de dicha autoridad, pero desde hace años sus valores vienen cuesta abajo en la rodada.

No es de extrañar entonces, que la inseguridad haya permeado la conciencia y la realidad inmediata de las personas, en particular de una gran mayoría que no puede costear la seguridad privatizada del barrio cerrado.

En un sistema federal y fragmentado no es la ciudadanía amenazada sino la posibilidad de asestar un golpe al adversario lo que define la respuesta de quien detenta el poder. Los linchamientos son así una reacción a un Estado ausente; lo que se lincha en un chorro (ladrón en lunfardo) es la falta de libertad que nos arrebató la inseguridad.

La falta de seguridad hará resurgir la cultura del cuchillo, del gaucho que no se arruga ante nadie. Porque se equivocaría quien confunda la infinita paciencia y resignación del pueblo argentino con la cobardía. El argentino cuya dignidad personal o familiar (que es lo mismo) se vea amenazada, sabrá defenderse por sus propios medios.

¿Es esto un signo de descomposición social? Con un liderazgo adecuado, desde aquí podrían renacer valores cívicos que explican, entre otros, el increíble éxito del deporte argentino, individual y de equipo.

“¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!” (Cantar de Mio Cid).

Artículo publicado originalmente en Cecilia Fernández Taladriz & Daniel Birrel R..