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Brasil se debate entre el cambio y la continuidad

Por: Contribuyente - Oct 10, 2014, 2:43 pm

EnglishPor María Fernanda Castillo

Aécio Neves.
Aécio Neves surgió del tercer lugar en las encuestas a ser el principal contrincante de la presidenta de Brasil en la segunda vuelta electoral. (Marcos Fernandes)

Las elecciones brasileñas han sido una verdadera montaña rusa, en la cual tres candidatos han tenido la posibilidad de ganar. A pesar de la gran conmoción que provocó Marina Silva al inicio de los comicios, bastó una fuerte campaña del Partido de los Trabajadores (PT) para vencerla en la primera vuelta y dejar a la actual presidenta, Dilma Rousseff, en competencia con Aécio Neves, candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), quien pasó la mayoría de la campaña como tercer lugar.

Haber dejado fuera a Marina Silva no quiere decir que Dilma tiene la reelección asegurada. La clásica batalla electoral brasileña entre el PT y el PSDB apunta a ser una de las mas reñidas de los últimos años. Después de 12 años de Gobierno del PT, la actual presidenta tendrá que enfrentar una amplia insatisfacción de los brasileños,resultado de varios escándalos de corrupción, inflación y desaceleración económica. El efecto Lula que le facilitara la elección en 2010 parece estar difuminándose, y es que el Brasil de hoy ya no es aquél de hace cuatro años y mucho menos de hace una década.

La cerrada contienda entre los dos candidatos son productos de la realidad brasileña y sus contradicciones. Brasil es la economía más grande de América Latina y la séptima más grande del mundo. Al mismo tiempo, Brasil uno de los países del mundo con mayor desigualdad.

Las favelas y los helipuertos cohabitan diariamente en el gigante emergente. Estas discrepancias se reflejan en la distribución de votos; Los Estados más pobres en Brasil son la base electoral de Dilma y los más prósperos le otorgaron su voto a Aécio. Para poder ganar la elección, los dos candidatos necesitan persuadir a la clase media de que su modelo es el mejor para el futuro brasileño.

La estrategia de la bolsa

Dilma ha basado su campaña en recalcar la importancia de la continuidad del proyecto petista advirtiendo la posible desaparición de los programas sociales implementados por la administración de Lula.

La bolsa familia, un programa de transferencia condicionada de recursos, es el arma electoral favorita de los petistas. No es sorprendente que los Estados con el mayor número de beneficiados de la bolsa —sobretodo en el norte y nordeste donde hasta un 25% de la población dependen de la ayuda— sean los principales partidarios de la reelección de Dilma. Pareciera que la bolsa familia es utilizada como estrategia electoral más que como una política económica.

El partido de Dilma orgullosamente se adjudica el ingreso de 30 millones de brasileños a la clase media. Es cierto, la clase media brasileña ha crecido más que ninguna otra en América Latina y eso hay que aplaudirlo. Sin embargo, este fenómeno es mucho más complicado, no basta la bolsa familia para explicarlo. Lula supo que tenía que transformar a un gran número de brasileños hundidos en la pobreza en consumidores para activar la economía nacional. Para lograrlo, implementó programas sociales y subsidios los cuales facilitaron la transición de estos grupos.

Estos programas se volvieron la estrategia de mercadotecnia del PT. Paradójicamente, Lula nunca hubiera logrado estos cambios de no haber sido por su antecesor. En 2002, Lula supo adoptar un discurso que atraía a las poblaciones marginadas que buscaban un cambio de a las políticas de Fernando Herique Cardoso. Lo que muchos olvidan es que Lula pudo poner en marcha estás reformas gracias a que heredó una estabilidad económica y una baja inflación de su antecesor. Sin tenerse que preocupar de la política macroeconómica del país, Lula pudo dar su atención a la bolsa familia y otras ayudas sociales. En realidad el crecimiento económico brasileño se debe en gran parte a la política económica del último presidente del PSDB, no sólo a los petistas.

Irónicamente, el contexto electoral actual es paralelo a aquél de 2008, en el sentido que los éxitos del PT son los que precipitan una llamada al cambio más allá de mantener la bolsa familia. Los 30 millones de brasileños que ingresaron a la clase media quieren una estabilidad económica que les permita continuar con su estilo de vida. Bien remarca el sociólogo Ruda Ricci: “el elector brasileño es muy pragmático, preocupado sobre todo en defender su nueva capacidad de consumo y su familia”. El problema es que no muchos están seguros de que Dilma pueda lograrlo.

Jugar con la bolsa familia como arma electoral esconde el hecho  deque sin un crecimiento económico estable combinado con la alta caída de la producción de Petrobras, este tipo de programas no serán sostenibles y el gasto público no podrá garantizarlos aunque el PT logre la reelección. Si bien las políticas redistributivas petistas han tenido buenos resultados, las necesidades actuales del electorado brasileño no son homogéneas. Si los brasileños quieren seguir gozando del crecimiento económico de la última década, es necesario adoptar las políticas económicas que respondan al contexto actual.

Aécio propone un modelo económico menos populista y más a la Corea del Sur, enfocándose en educación, infraestructura y ahorro; políticas fundamentales en un país de ingreso medio. Si bien, el candidato ha dejado claro que no suprimirá los programas sociales —hacerlo sería un suicidio político— el PSDB busca una nueva vía para satisfacer las demandas actuales de la clase media brasileña para reactivar la economía.

El llamado de Marina Silva a votar  aAécio, nulo, o en blanco deja claro que una gran parte de la población brasileña está inclinada a un cambio. Los petistas estaban muy equivocados en pensar que una segunda vuelta contra Aécio sería una cosa fácil, o un mero trámite. La realidad es que sólo la victoria en la primera vuelta garantizaba la reelección del PT. Dilma no debe caer en la demagogia característica de la izquierda latinoamericana satanizando la alternancia, implantando el miedo de que se destruyan sus logros. Parte de una democracia consiste en permitir al electorado elegir en qué momento cambiar de dirección cuando el barco ya se está hundiendo.

Editado por Elisa Vásquez

María Fernanda Castillo es politóloga, estudiante de posgrado en política internacional en la Universidad Estatal de Oregon, EE.UU. Trabajó como investigadora en políticas públicas en México. Síguela en @castmfer