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Salarios mínimos e inflación: círculo vicioso del boliviano

Por: Contribuyente - Mar 10, 2015, 9:57 am
Trabajadores de las minas de estaño bolivianas a la salida de su trabajo (Flickr)
Trabajadores de las minas de estaño bolivianas a la salida de su trabajo (Flickr)

EnglishComo si fuera una costumbre anual, el presidente Morales ha pactado con la Central Obrera Boliviana (COB) un aumento en la masa salarial del 8,5% y un aumento en el salario mínimo del 15%, dejando el salario mínimo en 1656 Bolivianos (238 dólares).

A pesar de ser  este aumento el menor de los últimos cuatro años, no deja de ser una medida absurda y que genera más daños que beneficios. Es cierto que para el oficialismo, predicador de una doctrina socialista, sería un suicidio político el no incrementar el salario mínimo todos los años; sin embargo, con la finalidad de quedarse en el poder y de mantener convencidos a los inocentes ciudadanos sobrevivientes a este sistema de miseria, este gobierno juega con el salario mínimo y la inflación como si fueran armas de juguete, cuando en realidad son mortales para la economía.

Uno de los principios centrales del “salario real” es que este representa la productividad de cada trabajador, dicho de otra manera, el valor de su trabajo respecto a las necesidades del empleador. El salario real, que también viene a ser un pacto o por qué no, un contrato privado entre dos personas; desaparece por completo cuando se implementa una ley de salario mínimo.

¡Ojalá los decretos aumentaran la productividad! Lamentablemente, no es así. El salario mínimo es un precio ficticio, mentiroso y dañino. Es regulado por un tipo (ministro de Economía) que no tiene la menor idea de lo que necesita un empleador y lo que está dispuesto a ofrecer un empleado.

Por otro lado, el salario mínimo establece un nivel de mediocridad en la sociedad, puesto que elimina inmediatamente los incentivos de superarse. Las personas ya no quieren formarse para ofrecer más productividad y ganar más dinero. Estas personas más bien esperan que “papá Estado” venga cada año a incrementar la paga; lo que resulta muy cómodo para un gobierno de tintes… o mejor dicho, pintado entero de populismo y autoritarismo. Que además goza —no por mucho tiempo más— de recursos de hidrocarburos y, lo que es peor, de impuestos.

Las personas saben lo que valen y los empleadores saben lo que quieren, por tanto y cuanto, cuando los decretos no confirman lo que demanda la gente, simple y espontáneamente estos no son cumplidos. Lo que viene a dar como resultado el gigantesco grado de informalidad en el país.

El salario mínimo, luego de la burocracia, es el mayor causante de informalidad en una economía por el simple hecho de que, no podemos sobrevalorar en una cantidad determinada el trabajo de un empleado en el mercado, solo porque el gobierno convirtió en ilegal ese empleo a una cantidad de dinero inferior. En tristes palabras, el sujeto que no sea valorado por 1.656 bolivianos o más, nunca podrá encontrar trabajo, lo que conlleva al desempleo o a la informalidad, en la que la gran mayoría de personas en este país empiezan y terminan pobres.

A todo esto nos preguntamos ¿Cuál es el motivo principal por el cual los obreros exigen un incremento del salario mínimo? La respuesta es, además claro que la pura grata sensación de ganar más, la inflación. Cada año los trabajadores sienten que lo que ganaban hace apenas 12 meses, ya no les alcanza para llenar la heladera cada semana. A lo que surge otra pregunta ¿Quién maneja la inflación? La respuesta es, El Estado. ¿Ya se ve el círculo vicioso? El Estado aumenta a propósito cada año la inflación, a una tasa un poco menor a la del salario mínimo, con la finalidad de mantener dependiente, servil y contento a un país que lamentablemente no logra dejar la mamadera estatal, por la responsabilidad individual.

Como dije al principio, los salarios mínimos y la inflación son armas mortales para la economía, tienen graves consecuencias a corto plazo y son insostenibles a largo plazo. Bolivia se aproxima a una crisis y no es tiempo de jugar a precios ficticios con fines políticos. Es tiempo de eficiencia, productividad, salarios reales, inversión y mucha libertad en lo económico y social.