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El trágico divorcio entre doctrina y práctica liberal

Por: Contribuyente - Jul 2, 2015, 9:40 am
La Constitución Española de 1812 prefiguró lo que se conoce como "liberalismo" en nuestra región (Cedice Libertad)
La Constitución Española de 1812 prefiguró lo que se conoce como “liberalismo” en nuestra región. (Cedice Libertad)

Por: Alberto Mansueti

EnglishLa Internacional Liberal es una entidad de partidos que se llaman “liberales” pero son socialistas; fue fundada en Oxford, Inglaterra, en 1947. La Sociedad Mont Pelerin es un club de intelectuales liberales y “libertarios”, fundado en la villa suiza de ese nombre, también en el mismo año 1947, para “difundir las ideas liberales”, las cuales se han difundido muy poco.

De un lado, partidos liberales que no lo son; del otro, escritores que abrazaron “la causa de la libertad” para “ganar la guerra de las ideas”. Pero las ideas que ganaron hace mucho tiempo esa guerra han sido las estatistas y socialistas: en las universidades, la educación en general, en la política, los medios, y la religión (o como ahora dicen, “la espiritualidad”).

Los partidos “liberales” y los “tanques de pensamiento” han estado siempre separados, hasta hoy; la doctrina divorciada de la práctica. Entonces, en el campo liberal:

1) la actividad política se quedó falta de luces, y atada a cálculos electoreros de corto plazo y poco aliento, cayó en los populismos;

2) La difusión ideológica, enseñanza y formación, dejaron de ser funciones básicas de los partidos políticos, y pasaron a unas “torres de marfil”, incapaces de mostrar a la gente planes y programas concretos de reformas y de medidas específicas para salir del estatismo y el socialismo, y por tanto incapaces de atraer y convencer.

Después:

1) Los partidos “liberales”, sin doctrina ni programa, se cansaron de perder elecciones. Y rodaron por la cuesta abajo de los “consensos” y el “middle-of-the-roadism”, hasta caer en el campo socialista, donde tampoco les va bien, porque de izquierda son todos los partidos, y la competencia es muy fuerte. En los tímidos partidos “de centro”, los “Neo” liberales (neomercantilistas) tratan de conciliar su “Consenso de Washington” con “el mal menor”, que ya ni saben cuál es.

2) Los “tanques” sin partido, se cansaron de predicar en el desierto el liberalismo “prágmático”, el de “economía social de mercado” de Ludwig Erhard (1897-1977), según el utilitarismo de David Hume (1711-76) y John Stuart Mill (1806-73). Hicieron luego un discurso “motivacional” supuestamente “randiano”, para “emprendedores”; pero ¿quién puede emprender bajo la tiranía de las leyes malas? Cayeron en una retórica tipo “autoayuda y superación personal”. Y ahora se hunden en el nihilismo sectario y agresivo del anarcocapitalismo de Murray Rothbard (1926-95). ¡De la sartén a la parrilla, pasando por el horno!

Los liberales de veras (clásicos) teníamos antes una lucha en tres frentes: contra el mercantilismo, el socialismo y el comunismo. Ahora nos agreden desde un cuarto, los rothbardistas (ancaps), en su mayor parte jovencitos que se rebelan contra sus padres escupiendo sobre la democracia y los partidos, estilo nazi y soviético. Sueñan la vieja utopía marxista de la “desaparición” del Estado, una superestructura de la sociedad clasista, destinada a desaparecer con ella. En tanto desaparece, el gurú de los ancaps, Hans-Hermann Hoppe, no quiere la “dictadura del proletariado”, sino ¡la Monarquía!

Hoppe critica a los partidos liberales, por contribuir al dominio del socialismo; y a los profesores de la Mont Pelerin, por hacer muy poco para evitarlo. Ciertos ambos puntos, pero su propuesta es: no hacer nada. Otra vez la ingenua y errónea creencia en una evaporación espontánea y milagrosa del socialismo.

Así, no hay contrapeso a la antipolítica y partidofobia de las clases medias, idiotizadas por “la educación” y manipuladas por las izquierdas. En vez de hacer un partido liberal completo, con su doctrina, su programa, sus líderes, cuadros y bases, los “indignados” atacan la democracia representativa, que en los tiempos del sentido común fue la contención del liberalismo clásico contra las irracionales y violentas embestidas de las turbas.

Tras revolucionarias fantasías de democracia “directa”, se desgastan en continuas “marchas de protesta” enfiladas “contra los corruptos”, contra “el fraude”, vociferando llamados “a las calles” y “a las barricadas”, expresiones típicas de las izquierdas, e inútiles frente al socialismo.

Para comparar, puedes hacer un simple experimento: investiga las izquierdas.

1) Busca un partido socialista que no tenga su Escuela de Cuadros o centro docente, aunque sea en pequeño, pero sin dejar de hacer política electoral. ¡No existe! Y;

2) busca luego un centro de investigación o educativo socialista que se haya desligado de la actividad política, por ej. al extremo de prohibir a sus miembros participar, como hacen los principales “tanques” liberales. ¡Tampoco existe! Ellos no divorcian su doctrina (falsa) de su práctica (letal).

Un factor causante del divorcio entre la doctrina y práctica liberal fue otro divorcio anterior: entre la idea de Gobierno limitado y su base bíblica y cristiana. La doctrina del “Gobierno de leyes, no de reyes”, por razón del pecado humano, fue siempre la propia del cristianismo bíblico, desde los primeros siglos, en contra del “derecho divino de los reyes”, basada en una falsa exégesis de las Escrituras.

Pero en el fatídico siglo XIX, las Iglesias cristianas abrazaron el socialismo, con una exégesis aún más falsa. Aquella noble tesis política de la Biblia buscó refugio entonces en el seco humanismo secularista de la Ilustración, llamado “liberalismo” desde la Constitución de Cádiz (1812). Pero perdió muchísima fuerza y vigor, porque el Gobierno limitado no encaja en la filosofía del “hombre es bueno y sin pecado”.

Sin embargo el falso “Cristo socialista” le sirvió y sirve a las izquierdas para ganar elecciones con el voto cristiano, católico o protestante; hasta hoy. Y hasta hoy, un liberalismo “invertebrado”, carente de consistencia, firmeza y atractivo, fue incapaz de oponer resistencia eficaz. ¡Qué pena!

Alberto Mansueti es abogado, licenciado en Ciencias Políticas y maestro bíblico cristiano. Ha sido profesor en universidades de Perú, Guatemala y Venezuela. Experto en mercadeo político, campañas electorales y publicidad, es autor de Punto de cruce, ¿Qué es liberalismo?, La salida, El embrollo, y más recientemente Las leyes malas. Es presidente del Centro de Liberalismo Clásico para América Latina y secretario ejecutivo del Foro de Cochabamba. Síguelo en Twitter: @MansuetiAlberto.

Este artículo fue originalmente publicado en el diario boliviano El Día.