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Ernesto Guevara, el comandante de batallas perdidas

Por: Contribuyente - Jul 6, 2015, 8:30 am

EnglishMientras el tiempo, es decir, la experiencia, humana se convierte en ese maestro implacable que nunca deja de cobrar sus cuentas, las personas suelen hacer lo mismo. La diferencia entre el primer caso y el segundo es que, la experiencia acaba por ser una compañera sincera y callada que se llena de paciencia, que permite que cada uno de nosotros entienda que; a pesar de las distintas visiones del mundo que existen, son los hechos los que demuestran la coherencia de nuestro actos; y en el caso de las personas, muchas veces idealizamos, precisamente olvidamos cuan falibles son.

Ernesto Guevara, el comandante de batallas perdidas.
Ernesto Guevara, el comandante de batallas perdidas.

Ernesto Guevara terminó siendo un maestro, que me enseñó que las palabras, las imágenes y los sonidos tienen ese apasionante y enigmático carácter de perturbar nuestra conciencia. Guevara me desafió a escribir su lado oscuro y yo caí en el juego de convertirme en un detractor, odiado por muchos y recordado por pocos.

Un detractor que se sentó en una mañana de domingo, al leer (o al menos tratar de leer) un artículo de un estadounidense, mucho más versado en ciencias que yo, quien había investigado las maledicencias de este tipo Guevara, y que finalmente, a raíz de ese artículo, me decidí a transmitir mi sentir, transmitir ese malestar que se generó a partir de las palabras escritas y convertidas en mensaje.

Lo único que puedo objetar, o reprochar de ese artículo de Guevara, es no haberlo escrito antes, no haber tenido la suficiente entereza de espíritu para alzar mi voz antes. Quizás no estaba preparado para asumir la realidad de mis acciones y creía en pseudo-líderes y salvadores llenos de buenas intenciones, que podrían cambiar mi realidad con ideales caducos y con retórica endulzada con odio y envidia; o quizás simplemente me creí el cuento de la patria digna, soberana y combativa.

Lo interesante de todo esto, es que aún recuerdo con afanosa ansiedad, cómo a mis 17 años, mientras cursaba mis últimos años de secundaria, realizaba la transcripción en una vieja máquina de escribir del manifiesto del partido comunista, línea a línea, frase a frase; solo por el placer de un fetiche de joven revolucionario.

Y al final de cuentas, no sé si he cambiado de fetiche o he cambiado de realidad. Quizás esa sea mi mayor duda a este punto de mi vida; pero de algo sí estoy seguro, los insultos y las defensas de mi artículo me llenan de alegría.