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La marcha de los camioneros contra Michelle Bachelet

Por: Contribuyente - Ago 28, 2015, 10:47 am
Los resultados del segundo Gobierno de Michelle Bachelet no han resultado como se esperaban para los chilenos. (Sopitas.com)
Los resultados del segundo Gobierno de Michelle Bachelet no han resultado como se esperaban para los chilenos. (Sopitas.com)

Por Daniel Birrell y Cecilia Fernández

Hace dos años, cuando se perfilaba el programa de Gobierno de la entonces candidata presidencial Michelle Bachelet, advertimos que en Chile se estaba fraguando el mayor atentado contra la libertad, desde el retorno a la democracia, y que solo era comparable a lo que el presidente Salvador Allende intentó realizar (con una exigua votación), hace más de 40 años. Se buscaba entonces, al igual que ahora, cambiar las bases de la convivencia civil y política del país. En ambas ocasiones con una muy cuestionable legitimidad.

Al cabo de tan solo un año y medio de Gobierno, sin una oposición estructurada y visible, Bachelet está crecientemente recluida en La Moneda. Prevalece su férrea voluntad de imponer su utopía ideológica, con el apoyo (a estas alturas) del Partido Comunista, de la viuda de Erich Honecker y de algunos representantes de la izquierda democrática.

En una reciente visita a El Salvador y México, ella revivió su nostálgica admiración por Allende y su programa, y por los servicios sociales de la difunta República Democrática Alemana (RDA). La derrota electoral que sufrió la centro-derecha fue de tal magnitud, y el capital político con que Bachelet inició su mandato fue tan impresionante, que en el mundo político no quedaron voces para defender las libertades que tanto le costaron a Chile y cuyos frutos son innegables.

Un soplo de aire fresco desde la sociedad civil comienza a tomar volumen y consistencia. Precisamente son esos ciudadanos que ella (por segunda vez) intentó representar, soslayando y minimizando el rol de los partidos que (a falta de una alternativa) la apoyaron. Pareciera que su lema (Todos x Chile) comienza a tomar vida propia, porque aún no surge un conglomerado político que interprete esta subterránea resistencia a volver al Chile de antes del 70, uniéndose al concierto latinoamericano liderado por Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil.

Es esa civilidad la que está despertando y la que explica el cada vez más notorio enclaustramiento de la presidenta en La Moneda, en una reminiscencia de la situación vivida por Allende a partir del paro nacional del transporte, en octubre de 1972.

Aprender a caminar en libertad no es fácil. En ninguna parte lo ha sido. La UDI, hasta ahora el partido mayoritario de derecha, está herido de muerte. Por años recibió generoso financiamiento (de espaldas a la ley) de Penta, conglomerado empresarial pionero en la provisión privada de seguros y servicios de salud, de educación superior y de toda la gama de servicios financieros, incluyendo el sistema de pensiones.

No es de extrañar entonces que, a pesar de los diagnósticos técnicos existentes, desde la oposición y por 20 años prácticamente nada se hiciera para corregir evidentes deficiencias que, en definitiva, el ciudadano percibe como abusos. Por años los directorios de estas empresas (teniendo toda la capacidad para articular una voz gremial y política), hicieron como María Antonieta, ignorando los signos de los tiempos y exponiendo sus empresas a la guillotina.

La concentración de determinadas industrias, la asimetría de información, la deficiente regulación de los mercados financieros, la casi inexistente normativa de Gobiernos corporativos, tal vez la sensación de intocabilidad y poder, conforman las causas que explican, por una parte, el surgimiento de una nueva clase muy pequeña de millonarios (como nunca antes se había experimentado en la historia del país), que aprendió a convivir con los partidos de todo el espectro político.

Por otro lado, el creciente descontento de una ciudadanía que, participando del progreso, no termina de salir del ahogo que supone vivir en un país donde la clase media carece de subsidios, y donde tantos servicios públicos (incluidas las carreteras y crecientemente la seguridad) son pagados.

Es que la libertad requiere de un jardinero atento que potencie las cualidades del jardín. Pero ese rol no fue cumplido por los representantes políticos que mejor debían entender esa permanente necesidad de vigilancia, de reformas y regulaciones, porque los partidos de derecha se volvieron tenazmente conservadores del statu quo. No quedó nadie capaz de representar los ideales del liberalismo.

Incluso el expresidente Sebastián Piñera enfrentó el disgusto de dichas élites empresariales, cuando promovió múltiples iniciativas destinadas a eliminar determinados abusos. Por otra parte, la vieja concertación convivió cómodamente con estas cúpulas, porque el corporativismo les resulta más cómodo. Entenderse con pocos es más fácil, y de ahí tal vez esa sentida y declarada nostalgia por Lagos.

Este Gobierno ha postergado los desafíos en salud, cuyo sistema público somete a la población a una muy deficiente atención, paralizando el sistema de concesiones de hospitales públicos. Ha ignorado el terrorismo instalado en la región de Araucanía, incluso designando una autoridad regional, que fue destituida y que además hizo evidentes guiños al extremismo nacionalista mapuche.

No ha hecho nada visible y tangible, correcto o errado, por combatir la delincuencia. Por último, ha hipotecado todo su capital político en tres reformas fracasadas. La reforma tributaria, además de gravar a la clase media, requiere antes de su aplicación de una nueva reforma legislativa; la reforma educacional está naufragando en un crecientemente resistido proyecto de gratuidad universal en educación superior, mientras el sistema público de educación básica sigue deteriorándose.

La propuesta reforma laboral está enfrentando creciente resistencia a la idea de consagrar la huelga sin reemplazo interno de trabajadores. Hugo Lavados, el exministro de Economía de su anterior Gobierno, esta semana confesaba a regañadientes en televisión que, de haberlo sabido, en 2013 no hubiese votado nuevamente por Bachelet.

Lo de hoy es un símbolo que resume el fracaso del Gobierno ciudadano de Bachelet. Una caravana de camiones procedentes de la Araucanía pidió ingresar a Santiago para mostrar 12 camiones quemados en atentados terroristas, y para entregar una carta. El Gobierno, al prohibir el ingreso de todo camión de más de dos ejes a la capital, bloqueó las principales vías de acceso con esos mismos camiones que se embotellaron.

Durante el día se sumaron otros transportistas que han bloqueado otras carreteras del país. El Gobierno se ha generado un problema mucho más difícil de resolver, creando un punto de inflexión de consecuencias incalculables. ¿Era tan difícil de prever? En absoluto. Pero camioneros a las puertas de Santiago, buscando detenerse frente a La Moneda, es una imagen insoportable en el ADN político de la vieja izquierda.

Representa un déjà vu escalofriante que llevó a la presidenta a aislarse tras los muros de palacio. Mañana se presentará vestida de doctora, o como una víctima de quienes buscan poner obstáculos a las reformas que demanda esa ciudadanía que la eligió. Pero sus días de gloria terminaron. Esa misma gente, huérfana de liderazgos, ya no confía en ella.