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Seductora barbarie contra Leopoldo López

Por: Contribuyente - Sep 15, 2015, 1:58 pm

Por José Javier Villamarín

El Libro

‘Biblos’ para los griegos, y gobernante espiritual del mundo civilizado para todos. Los cristianos se rigen por la Biblia, los chinos por las doctrinas de Confucio, los árabes por el Corán, los persas por el Zendavesta y los indios por los Vedas. Desde las sociedades más primitivas hasta el presente, el libro, en su forma rudimentaria o moderna, ha sido, y es, el irrecusable documento del paso del hombre por el mundo, y el máximo testimonio de su aspiración por fijar su obra para la posteridad.

Con la difusión del papiro primero, del pergamino, después, y de la ‘charta bombyana’, al final, el pensamiento de los escritores y poetas llegó directamente al lector. Gutemberg cerró con genialidad este ciclo.

No siendo concebible que un libro careciera de notas aclaratorias para el lector, nació un nuevo oficio: el de comentarista. Los libros necesitaban ser glosados, por tanto, el trabajo de este experto era vital, y tanto fue así, que por momentos, sus opiniones formaban un volumen aparte en el que solo se insertaban frases o líneas del texto comentado. En sede aristotélica, por ejemplo, Boecio tuvo este honor.

Juntamente con estos profesionales, surgieron otros: los críticos. Su misión era la de explicar si tal o cual personaje mencionado en un obra histórica era real o ficticio. Hacían anotaciones al texto también; Aristarco se destacó en esta tarea y dicen que fue exageradamente puntilloso.

El crítico, es un hombre capaz de reflexionar y del que no se puede obtener la obediencia a una autoridad -política o religiosa- que se dice infalible, ni tampoco su adhesión a un dogma inmutable. Es librepensador. Collins, Bolingbroke, Hume y Voltaire, hablan por él.

El libro quemado

Si la lectura es liberadora y es el espejo de la civilidad, se entendería que el libro se ha situado en un lugar de privilegio en nuestra historia. Sin embargo, el destino —nombre que consignamos a la ‘infinita operación incesante de millares de causas entreveradas’, en línea con Borges— no lo resolvió así.

El libro quemado también forma parte de nuestros ‘libros de historia’ — ¡qué ironía! Este ‘donoso y grande escrutinio’, fue y es una modalidad de censura con la que ciertos líderes políticos o religiosos, combaten a aquellos que se oponen a sus dogmas. Ejemplos hay varios.

La prensa internacional recogió en sus páginas de febrero pasado, la quema de al menos 8 mil libros antiguos y manuscritos que se encontraban en la Biblioteca Pública de Mosul, a manos de los terroristas del Estado Islámico. Los bárbaros destruyeron nada más y nada menos que obras de la época otomana, manuscritos del siglo XVIII, la Iglesia de la Virgen María, y objetos tan antiguos y valiosos como los astrolabios árabes.

Hay otras vivencias documentadas, y más angustiosas que esta: la destrucción de la ‘Biblioteca de Babel’, comparable solamente con la quema de libros que siguió a la toma de Constantinopla en 1204, o la más famosa, la que tuvo lugar en 1933, en la Bebelplatz de Berlín, en tiempos de pogromos; eso, sin olvidar, el incendio de la biblioteca de la Academia de Ciencias de Egipto en 2011, que albergaba alrededor de 200 mil obras que se remontaban al siglo XVIII.

En tiempos modernos, el exterminio de otras que han sido fuentes de información, como periódicos, páginas de internet, y la opinión misma de las personas, se incluye dentro de esta seductora barbarie cuyo trasfondo es mostrar el poder amplio y suficiente de ‘hunos’ sobre otros. Nuevamente, ejemplos hay varios.

Uno curioso es el de aquel polluelo intelectual con aspiración a gallo de pelea, que pretende incendiar las ideas que Leopoldo López representa. Dicen los medios que tras la brutal sentencia de la proveedora de iniquidades, Susana Barreiros, una mujer gritó ‘¿y ahora qué hacemos?’. Aunque la pregunta es legítima frente a tamaña atrocidad, creo que habría que cambiarla, o reprogramarla, si se quiere, de manera que ésta ya no sea ‘¿qué hacer?’, sino ‘¿cómo continuar?’.

Según el cardenal Retz, “la causa más común de los errores de las personas es su enorme alarma ante el peligro presente, e insuficiente ante el remoto”. Reflexión, calma y pericia es la propuesta para llegar al 6 de diciembre, con el triunfo bajo el brazo.

Por y para Leopoldo, Lilián y sus hijos.

José Javier Villamarín es Doctor en Jurisprudencia por la Universidad Central del Ecuador. Es especialista en Negocios Internacionales por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y académico asociado del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP). Villamarín es y abogado socio de Aspen, Asesores Empresariales. Síguelo en @josejavierfree.