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Derribando el mito de la industria nacional en Argentina

Por: Contribuyente - Sep 18, 2015, 8:00 am

Por Matías Luraschi

Uno de los hitos que se adjudica el kirchnerismo supone que durante sus 12 años de Gobierno se reindustrializó un país que había sido arrasado por las políticas neoliberales predominantes durante los años 90. Si bien es cierto que en Argentina se restablecieron una importante cantidad de fábricas, el beneficio real para el país es muy diferente al que intenta sustentar el relato oficial.

Es sabido que uno de los factores claves para la producción de bienes y servicios es la eficiencia productiva, la cual significa, en resumidas cuentas, producir la mayor cantidad de bienes, al menor costo posible, de manera que se obtengan ganancias que puedan ser reinvertidas para aumentar y mejorar los niveles de producción.

El problema que existe con la industria nacional es que esta dista enormemente de ser eficientemente productiva. Solo puede sostenerse a costa de ser protegida arbitrariamente de la competencia exógena. El argumento principal esgrimido por el Gobierno, reza que si el comercio fuese libre, la industria nacional se encontraría en una posición desventajosa ante la “competencia desleal” de otros países, por lo que desaparecería, como técnicamente ocurrió durante los años 90.

Se intenta decir que no solo se protege al sector fabril y a las familias que trabajan allí, sino a la economía en su totalidad, ya que de abrirse las importaciones, estas industrias probablemente no existirían, esas familias no tendrían trabajo, aumentaría el desempleo y toda la economía se contraería.

El modelo de sustitución de importaciones que impera actualmente en Argentina, fue establecido originalmente durante el Gobierno de Juan Domingo Perón. El mismo propugna la imposición de trabas y aranceles a los productos importados para que mejor sean producidos en el país, fomentando de esta manera la industria nacional.

Es evidente que tal programa resulta extremadamente atractivo a primera vista. ¿Qué podría ser mejor que dar trabajo a nuestro propio pueblo y protegerlo de la dependencia externa?, sin embargo, se verá que en el largo plazo, los perjuicios producidos superan ampliamente a los beneficios.

Para analizar correctamente los resultados de una economía proteccionista o de “sustitución de importaciones” en contraste con una libre, es necesario comparar ambos modelos mediante un ejemplo.

Teniendo en cuenta la situación de un hombre que necesita adquirir un vehículo, se presentan dos casos: en Argentina, donde rigen políticas proteccionistas, el individuo podrá comprar un automóvil fabricado internamente, el cual tiene un precio bastante elevado debido a la ineficiencia productiva de la industria, u optar por un coche importado pero que, luego de ser cargado con impuestos, tendrá un valor superior al del que fue fabricado en el país.

Pero, ¿qué pasaría en una situación diferente, en donde no existieran trabas ni aranceles arbitrarios a las importaciones? Ahora el sujeto será verdaderamente capaz de elegir de entre lo mejor que el mercado internacional tiene para ofrecer, y podrá adquirir tanto un auto fabricado en el país como en el extranjero.

Sus posibilidades de consumo se han ampliado enormemente. Este es el caso de Chile. Analizando los diferentes modelos, obtenemos lo siguiente: en el país vecino, comprar por ejemplo, un Nissan Versa, un sedan básico, cuesta USD $11.500, mientras que el mismo auto en la Argentina, cuesta $21.000 al cambio oficial.

¿Por qué en Chile se puede comprar exactamente el mismo auto por casi la mitad del precio? Básicamente porque Chile es un país que no impone trabas a las importaciones y los aranceles aduaneros son extremadamente bajos o prácticamente nulos. Debido a ello, los precios finales de los bienes comercializados allí son sustancialmente inferiores a los de países proteccionistas como Argentina.

Ante esta situación, el Gobierno argentino, y particularmente el ministro de Economía argumentará: “¡Y claro, gracias a tener un mercado libre en Chile no se produce nada, nosotros tenemos industria y producción!” Si bien es parcialmente cierto que en Chile no se producen muchos bienes de consumo como electrodomésticos o autos, ¿de qué nos sirve a los argentinos producirlos a un costo elevado?

¿No se benefician los chilenos de las increíbles ventajas del comercio? ¿No pueden comprar a precios mucho más baratos que nosotros? Y eso, ¿no beneficia en última instancia a quienes menos tienen?

A pesar de lo que establece el mito proteccionista, Chile posee industria, pero en contraste con la de argentina, se encuentra focalizada en sectores en los que puede producir eficientemente. A pesar de esto, el país trasandino, contando con una economía sustancialmente menor que la de Argentina, exporta más productos al mundo, no solo en nivel per cápita, sino en términos absolutos, y por si esto fuera poco, la tasa de desempleo en ese país se encuentra por debajo de la de Argentina.

¿Cómo es posible que un país con comercio libre y “sin industria” exporte más que la Argentina y tenga una tasa de desempleo menor? ¿No es que el libre comercio aumenta el desempleo?

Se equivocan quienes argumentan que el proteccionismo es necesario para mantener a la economía en movimiento y la industria produciendo. Si la persona que analizábamos pudiera comprar su auto por el precio en un mercado libre, como ocurre en Chile, tendría en sus manos una diferencia de casi $10.000. El cortoplacismo de quienes intentan sostener las trabas al comercio no deja ver que el remanente entre los precios sería utilizado de todas formas en otras actividades económicas.

¿Qué quiere decir esto? Que la diferencia entre un precio y el otro no se pierde, sino que, ahora la persona sobre la cual nos enfocábamos podría comprar electrodomésticos, refaccionar su hogar, iniciar un pequeño emprendimiento o simplemente ahorrar. Esta diferencia sería utilizada de todas formas, incentivando la economía en otras aéreas, por lo que los empleos que dejarían de tener lugar en el ineficiente y costoso sector fabril argentino, debido al reemplazo por las importaciones, serian virtualmente trasladados hacia sectores verdaderamente productivos. Existiría de esta manera una reorganización de la economía.

Así las cosas, el libre mercado se basa en devolver el poder a la gente para que ésta pueda elegir qué hacer con el dinero que ellos mismos ganaron. El proteccionismo, por el contrario, por más buenas intenciones que inicialmente tenga, se desvirtúa completamente y se traduce en una pesada carga que todo un país debe sostener, perjudicando a ricos y pobres por igual.

Habiendo analizado ambos modelos y sus contrastes, al final del día, ¿qué alternativa resulta ser más popular?

Matías Luraschi es estudiante de Economía en la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del equipo económico del Centro de Estudios LibRe. Síguelo en @matiasluraschi.