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La crisis migratoria y la libertad de movimiento en Europa

Por: Contribuyente - Oct 8, 2015, 4:41 pm
La llegada de miles de habitantes del Medio Oriente a Europa ha generado una crisis humanitaria. (Guatevisión)
La llegada de miles de habitantes del Medio Oriente a Europa ha generado una crisis humanitaria. (Guatevisión)

Por Juan Diego Borbor

En su artículo titulado “Las leyes migratorias: las Corleone del siglo XXI,” Arianna Tanca, miembro de Estudiantes por la Libertad Ecuador, habla “en contra de la guerra de la prohibición de personas”, refiriéndose a la crisis migratoria en Europa. Si bien la autora y yo compartimos algunas bases en el compromiso con la defensa de la libertad individual, considero que en este caso su artículo se encuentra fuera de foco, llegando a declaraciones apresuradas, simplistas, de una situación de complejidad inmensa.

“Las políticas migratorias estrictas son un obstáculo al libre comercio”, dice Arianna. El problema es que no hay libre comercio. Este presupone un Gobierno capitalista, alejado de la regulación económica, enfocado netamente en protección de los derechos de sus ciudadanos —estableciendo las reglas del juego. Pero no hay Gobiernos capitalistas; más bien, lo que hay son Estados de Bienestar.

Justamente porque son Estados de Bienestar es que los países europeos tienen problemas al abrir sus fronteras. Aceptar la entrada de miles de personas se percibe como miles de bocas esperando recibir los beneficios del Estado —más redistribución de impuestos. No es como en el antiguo Estados Unidos, donde cada uno salía adelante por sí solo: no habían grandes costos sistémicos y cada individuo era el dueño de su destino junto con la promesa de que su éxito sería bueno para todos. Tal libertad no existe en el mundo actual, en donde el Gobierno se involucra en la vida de todos con el dinero de todos.

Los migrantes están conscientes de los beneficios de tal sistema y esa es la razón por la cual la mayoría se dirigen a Alemania y a Suecia, donde el Gobierno provee inmediatamente beneficios. Así lo confirmó un migrante que, tras no querer quedarse en Hungría, afirma que este país “no nos da como en Alemania… una casa, dinero… “.

La situación es tal que se ha reportado que miles de migrantes musulmanes están convirtiéndose al cristianismo con el objetivo de chantajear al Gobierno alemán, ya que no podrían regresar por amenazas de muerte (la apostasía, en el Islam, tradicionalmente es condenada con pena de muerte). Esto convierte a migrantes en refugiados, determinando la relación entre Estado y persona entrante, a una de garantías y protección. Dinamarca ya ha tomado medidas de recortar beneficios por este motivo.

Si el Estado de Bienestar no es sostenible (como Arianna y yo afirmaríamos), entonces tampoco lo será ingresar a esa ecuación a millones de nuevos receptores de beneficios que, al menos inicialmente, no pagarían impuestos. Inclusive esto podría hacer daño a la causa de la libertad, precisamente porque cuando abrir las fronteras causa inestabilidad económica, el principio que va a ser condenado es la libertad de movimiento.

La retórica de siempre en contra de la liberalización se pondría en marcha: “Si no se hubiesen abierto las fronteras, esto no habría pasado;” “el discurso liberal ha fallado de nuevo”. El problema no se soluciona ni se lidia con liberalización de las fronteras; si las fronteras estuvieran totalmente abiertas el problema permanecería.

Pero la problemática no es sólo en el campo económico sino también en el campo legítimo del Estado. Cito a Arianna:

El otro argumento común en contra de liberar las fronteras, es la seguridad nacional. Esto se ha convertido en un estigma… que muchas veces no se basa más que en prejuicios y propaganda.

Ese no es el caso de la crisis migratoria. Gobiernos europeos están en este momento en alerta máxima. Ataques terroristas por parte de movimientos islámicos están en su punto más alto en más de 30 años, según el director general de los servicios de seguridad británicos, MI5.

Estos grupos religiosos radicales no son solo parte de la causa del movimiento masivo de personas, sino que también se están filtrando a Europa. Poco a poco están en aumento los arrestos a islamistas radicales que posan como refugiados. Desde triviales casos de migrantes haciendo gestos de decapitación, en referencia al Estado Islámico (ISIS), hasta posibilidades más serias como el caso del operativo sirio que afirmó que el ISIS ya ha infiltrado a cuatro mil radicales en Europa a través de la “generosidad” de estos Gobiernos.

Esto no se basa en estigmas, prejuicios o propaganda; la amenaza es real, con víctimas ya sepultadas en territorio europeo. En Bulgaria también se han encontrado elementos propagandísticos del ISIS, cosa que no carece de importancia en lo más mínimo, considerando que más de 6.000 ciudadanos europeos ya han huido para unirse a este grupo radical. No sólo es inadecuado ignorar estas amenazas, sino que es el deber del Estado alejarlas.

Así, la situación no es para nada sencilla y no se resuelve sólo con apelar a que estas personas puedan ejercer el derecho de moverse adonde quieran. Si hay amenazas, es potestad del Estado no permitir la entrada de tales amenazas; las medidas necesarias para mantener la seguridad deben tener prioridad, porque así se garantiza la libertad los ciudadanos. Un Estado legítimo jamás sacrificaría a sus ciudadanos por el bienestar de extranjeros.

Y la situación es peor cuando los europeos tienen instalados Estados de Bienestar, lo que no es sólo una cuestión económica sino moral, porque muchos de los que abogan por abrir fronteras no buscan salvaguardar el derecho a movilizarse, sino más bien defender los “derechos sociales” (comida, trabajo, casa) que los partidarios de la libertad individual tanto desaprobamos.

Por esto, estaría de acuerdo con Arianna Tanca cuando dice que las “regulaciones anti-inmigrantes equivalen al proteccionismo comercial pero aplicado a las personas”, si es que aún viviéramos en un mundo con un número considerable de Estados de Derecho, donde sentimientos afines al Siglo de las Luces fueran la norma (y no la excepción). Ya que ese no es el caso, el cambio primordial debe realizarse acorde a ello: en la naturaleza del Estado —temas derivados, como la libertad de movimiento a través de fronteras, presuponen la consecución de esta transformación fundamental.

Empezar por factores derivados, no por lo esencial, es empezar con el pie izquierdo.

Radicado en Guayaquil, Ecuador. Juan Diego Borbor es profesor de historia y Epistemología, y estudia Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Síguelo en @JuanDiegoBorbor.