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Don Quijote es una férrea defensa de la libertad humana

Por: Contribuyente - Nov 6, 2015, 2:02 pm

EnglishPor Eric Clifford Graf

Posiblemente porque vengo de la época pre-Kindle, siempre intento sonar quijotesco: si yo tuviera que llevarme una sola novela a una isla desierta, sería El ingenioso don Quijote de la Mancha.

Don Quijote es sin duda alguna el magnum opus de Miguel de Cervantes, por no decir del Siglo de Oro español y quizás de toda la historia de la literatura narrativa. Pocos textos tienen su tristeza, su tragedia y, más que nada, su lucha agónica contra el señalado desengaño de nuestros tiempos desprovistos del heroísmo.

Además, Don Quijote puede hacer que su lector entre en carcajadas con una anticipación sublime de los tipos de humor actuales: los sofisticados, como la crítica a uno mismo que predomina entre los comediantes de monólogo, y los grotescos, como la sátira social de los dibujos animados de las últimas décadas.

En este sentido, es difícil pensar en otra obra comparable. ¿Shakespeare? No entiende el humor moderno. ¿Montaigne? Quizás, pero algo egoísta. ¿Dostoievski? Demasiado sombrío. ¿Nabokov? Casi.

La obra magna de la literatura en castellano es una referencia universal. (Periodista Digital)
La obra magna de la literatura en castellano es una referencia universal. (Periodista Digital)

Don Quijote no sólo trasciende todos los grandes libros, sino que también tiene el perverso y bello potencial de provocar lecturas radicalmente distintas. Ya es un verdadero lugar común decir que un lector joven no tendrá la misma impresión de la novela que la de alguien de mediana edad, ni hablar de un anciano como yo. Pero pienso que esto resulta de la estrategia “mixta” o tragicómica de Cervantes, quien combina lo folclórico con lo culto.

En términos filosóficos, Don Quijote representa la culminación tanto del humanismo como del escolasticismo tardío. En términos de la historia de la literatura, exhibe toda la complejidad de la estética de la barroca española con su sinfín de paradojas, subversiones e ironías lingüísticas, filosóficas y hasta políticas.

A la vez, es un  texto que mira tanto hacia la antigüedad como hacia la modernidad. Es un verdadero portal que nos ofrece acceso a la sabiduría clásica de Roma y Grecia a través de sus alusiones a autores como Homero, Euclides, Platón, Aristóteles, Virgilio, Plutarco, Apuleyo y San Agustín. Hay también una fuerte dosis del medioevo, con episodios en los que se hace referencia a Petrarca, Dante, Boccaccio, Juan de Mena, Juan Manuel y Alfonso X.

Sin embargo, Don Quijote también se anticipa a casi todas las obras magistrales subsiguientes. De hecho, la forma de Cervantes, al igual que la de cualquier escritor antiguo, ha sido perfeccionada por futuros rivales. Cualquier escritor moderno de novelas está, casi por definición, atrapado en una feroz competencia agonística con su verdadero inventor.

Todas las imaginables corrientes literarias (la ilustración, el romanticismo, el realismo, el modernismo, el neorrealismo, el postmodernismo), al igual que todos los estilos, posturas y técnicas narrativas, se encuentran esbozadas por Cervantes.

Tenemos testimonios bien claros escritos por Turgenev, Borges, Kundera y Fuentes de su profundo respeto por el “Príncipe de los ingenios”. Por otro lado, las innovaciones literarias de Voltaire, Goethe, Poe, Cortázar, Flaubert, Swift, Defoe, Twain y Brönte son difíciles de imaginar sin un antecedente llamado Cervantes.

Cuando Unamuno describe a un personaje que se entera de su existencia ficticia, cuando García Márquez crea un mundo interconectado, trazado por personajes que aparecen repetidas veces a lo largo de sus novelas y cuentos, incluso cuando Stephen King forja una alegoría histórica en forma del horror experimentado por una familia nuclear en un enorme mesón en Colorado, dichos autores están siguiendo los pasos del maestro.

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Pero Don Quijote es más que una mera cuestión de influencias literarias. Si somos honestos, todos los problemas que nos afectan hoy en día, desde los conflictos culturales y étnicos a los dilemas políticos y económicos, hasta nuestras obsesiones con la sexualidad, la psicología, la farmacología, la educación y la tecnología, son contemplados allí de manera sardónica, sí, pero no por eso sin sinceridad y, de vez en cuando, gravedad profunda.

¿Hay racista más desalmado que Sancho negrero? ¿Hay ludita más nefasto que don Quijote atacando a los molinos de viento? ¿Hay elogio a la diseminación informática más inquietante que nuestro hidalgo contemplándose en una tienda de imprenta? Definitivamente se equivocaron los comparatistas alemanes Erich Auerbach y Leo Spitzer cuando insistían que Cervantes sólo escribió un tipo de entretenimiento ligero. Acertaron los románticos de la misma nación –Heine, Schelling, Nietzsche– cuando encontraron en “El manco de Lepanto” el perfil de un filósofo moderno.

Don Quijote trae otras ventajas quizás más prosaicas, pero no menos importantes. Por ejemplo, siendo un hispanista estadounidense, me preocupan las relaciones norte-sur de nuestro hemisferio. Cervantes influenció directa e indirectamente a los fundadores de Estados Unidos, entre ellos a Franklin, a Madison y sobre todo a Jefferson. Por lo tanto, Don Quijote representa una excelente oportunidad para destacar que los anglosajones y los hispanos tenemos ciertos valores en común.

En el siglo XXI, la novela de Cervantes promete ser el más sano terreno de encuentro cultural e ideológico entre el norte y el sur del Nuevo Mundo. En ese texto todos reconoceremos ideas que solíamos imaginar como si fuesen exclusivamente “nuestras”, pero que en realidad son universales.

Y más que cualquier otro texto de ficción creativa, Don Quijote facilita conversaciones que nos pueden ayudar a evitar los graves errores económicos, sociales y políticos del pasado. Por otra parte, como siempre insistía Cervantes mismo, no toda la vida se puede dedicar a asuntos graves, como los negocios, la misa o el aprendizaje técnico. De vez en cuando es importante reírse y disfrutar del ocio. Don Quijote, sin embargo, entretiene y enseña a la vez.

A mi modo de ver, lo verdaderamente bello de la obra maestra de Cervantes es su constante e inexorable defensa de la libertad: la religiosa, la personal, la política, e incluso la económica. De hecho, según una tendencia de la crítica literaria actual, Cervantes es uno de los padres del liberalismo clásico.

En el lúcido ensayo que publicó en la edición centenaria de Don Quijote en el 2005, Mario Vargas Llosa aseveró que la gran atracción de la novela cervantina siempre ha sido su reivindicación de la libertad como “la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad”.

Más recientemente, David Hart descubrió que Frédéric Bastiat escribió un ensayo acerca de Sancho Panza como Gobernador de la Ínsula Barataria. Yo mismo he indicado la conexión intelectual que hubo entre Cervantes y el gran filósofo salamantino Juan de Mariana. Así que al menos dos de los fundadores de la corriente del pensamiento económico que hoy se asocia con la Escuela Austriaca tuvieron un vínculo fuerte con Don Quijote.

Y aunque pueda sonar sorprendente, es un hecho que Locke, Hume y Burke, tres de los defensores de la libertad más importantes de la tradición anglosajona, fueron lectores fanáticos de la primera novela moderna.

Por mi parte, me atrevería a afirmar que, dados los valores principales de la primera novela, leer Don Quijote es una manera más de mejorar la condición humana.

Eric Graf es profesor de literatura en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, donde enseña un curso digital acerca de Don Quijote con inscripción libre: donquijote.ufm.edu.