Stiglitz, el peligroso Nobel que defendió a Chávez

Es importante recordar cada tanto al público que incluso tener un premio Nobel no es garantía de que se entiende cómo funciona la economía o de que se es honesto.

1.240
Joseph Stiglitz y Cristina Fernández. (Foto: Flickr)

En el 2016, en el Hay Festival de Cartagena, Colombia, el famosísimo economista francés Thomas Piketty fue la estrella con su libro El capital en el siglo XXI. Juan Manuel Santos, quien era el presidente de Colombia para ese momento, no podía estar más felíz. Duró semanas alabando la obra del francés. Y ¿cómo no? Todo lo que dice Piketty, aunque es perjudicial para el pueblo, era muy conveniente para el mandatario colombiano.

Para cualquier economista liberal es claro que Piketty está bastante desubicado, casi todo lo que dice va en contravía de lo que muestran los hechos. Cuando vino a Colombia, insistió en su idea «estrella» de que hay una suerte de tendencia natural a que la riqueza se concentre en unas pocas manos y, por lo tanto, el Gobierno debe actuar.

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario

Su propuesta: poner impuestos a los ricos. Piketty dice que poner elevados impuestos a los que más tienen no afecta la productividad, desconoce que los países más ricos son los que menos persiguen a los empresarios. También, contrario a todas las cifras, asegura que aumentar los salarios por ley no incrementa el desempleo ni la productividad. Y para rematar su discurso marxista habla de un impuesto global al capital, creando nuevas instituciones supranacionales para «controlar los capitales globalizados». No le basta a Piketty con lo que los gobiernos de cada país le quitan al contribuyente: propone, además, organizar, a nivel internacional, un robo mayor.

¿Cómo no iba a estar Santos felíz con este discurso? Un economista que tiene la audiencia de un youtuber vino a Colombia a decir que es genial subir impuestos y que para ayudar a los pobres hay que perseguir, aún más, a los empresarios. Con el aval y la propaganda de este tipo de «intelectuales» los políticos expolian a los empresarios, lo que termina siempre perjudicando en mayor medida al trabajador, que tiene que ser despedido o que conseguirá los productos que compra cada vez más caros.

Del dinero que consiguen de los impuestos, los políticos sacan una parte para ellos y la otra la destinan a regalar casas o lo que sea. Al final del período presidencial son ricos y tienen un buen nivel de popularidad si les tocó la parte deseable del «ciclo». Luego, cuando se han ido del poder, empiezan a verse las inevitables consecuencias de destruir el sector empresarial, pero el problema ya será de otro.

En esos días de la visita del francés, cuando mis excompañeros de la facultad de economía posaban en sus fotos en redes sociales con El capital en el siglo XXI, escribí un artículo explicando lo que todo economista liberal tiene claro: o Piketty no entiende nada o se hace el que no entiende para conseguir dinero con su neomarxismo. La respuesta de la mayoría de mis compañeros economistas fue que cómo me atrevía a criticar a un hombre de la talla de Piketty.

En ese momento les recordé cómo el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz fue en su momento fan de Hugo Chávez, y cómo instituciones tan «reconocidas» como OXFAM no paraban de alabar al autor principal de la tragedia actual venezolana. Todos estos, en la línea de Piketty, aplauden y creen necesarias asfixiantes políticas redistributivas y Estados de bienestar enormes. Eso sí, cuando llega la desgracia, desembocadura lógica de las ideas que predican, se lavan las manos y aseguran que no se equivocaron en sus teorías, sino que por cuestiones diferentes, todo resultó mal.

En el 2006, Stiglitz, el ganador del premio Nobel de economía en el 2001, escribió en Making Globalization Work que el gobierno izquierdista de Hugo Chávez fue injustamente «castigado por ser populista», resaltando que su gobierno se enfocó en «brindar beneficios de educación y salud a los pobres y luchar por unas políticas económicas que no solo generen un mayor crecimiento, sino que también aseguren que los frutos de ese crecimiento se distribuyan más ampliamente».

Luego, en octubre de 2007, Stiglitz fue invitado al Foro de Mercados Emergentes en Caracas, organizado por el Banco de Venezuela, y ahí tampoco escatimó en sus halagos a Chávez. Aseguró que la tasa de crecimiento económico del país fue «muy impresionante» y que el presidente Hugo Chávez había tenido éxito en brindar salud y educación a las personas más pobres. Después de su conferencia, el respetado economista y el socialista Hugo Chávez se reunieron en privado.

Solo con recordar algunos hechos queda claro que a Stiglitz no le faltaba información para entender lo que estaba defendiendo. Desde el 2003, cuatro años antes de la reunión en cuestión, Chávez ya regulaba precios para «frenar la inflación». Empezó regulando nada más y nada menos que los precios de 400 productos. Stiglitz también sabía que para la época la inflación en Venezuela era superior al 15 %, pero aseguraba que el asunto no era un gran problema.

El famoso economista también debió haber leído ese año el informe del Instituto Fraser, «Libertad Económica en el Mundo», imposible que un hombre como él no estuviera enterado de un documento tan importante. El estudio encontró que Venezuela ocupaba el puesto 135 entre 141 economías analizadas y estaba ya al nivel de países africanos supremamente pobres, cuyos gobiernos eran conocidos por su asfixiante nivel de regulación.

Para esa misma época, el Banco Mundial, donde Stiglitz había trabajado antes, publicó el también muy famoso, y ampliamente consultado por los economistas, informe «Doing Business», que reveló que Venezuela estaba entre los países que «tenían las mayores reformas negativas». En junio de 2007, se ubicó en el puesto 164 de 175 países.

El Nobel tenía suficiente información para por lo menos sospechar que las cosas no iban a terminar bien si seguían por el mismo camino. No tenemos cómo saber si los halagos de Stiglitz a Chávez vienen de que es un izquierdista que no entiende bien de economía -a pesar de ser uno de los economistas más famosos y respetados- o si simplemente estaba siendo comprado por el presidente venezolano para que respaldara su gobierno.

¿Qué ha dicho el respetado Stiglitz por estos días sobre la tragedia de Venezuela? No ha dicho nada, ahora se ha quedado mudo. En su libro de 2017, Globalization and Its Discontents Revisited, analiza éxitos y fracasos económicos en diferentes países pero, a excepción de pequeñas referencias, no menciona el desastre de Venezuela ni mucho menos explica sus halagos a Hugo Chávez.

Sería bueno que periodistas y sus propios colegas economistas le pregunten al célebre profesional si no se siente al menos un poco culpable por haber legitimado un gobierno socialista que ya daba todas las señales de terminar en tragedia. Pero sobre todo, es importante recordar cada tanto al público en general que incluso tener un premio Nobel no es garantía de que se entiende cómo funciona la economía o de que se es honesto.

A estos importantes economistas que andan como estrellas de rock promoviendo el intervencionismo estatal hay que cuestionarlos públicamente y bajarlos de los pedestales de barro que les ha construido la izquierda y la socialdemocracia. Son muy peligrosos. La gente les cree y los políticos los usan para validar ideas que los enriquecen y les hacen más fácil el camino a ellos, pero que llevan a los países a la miseria.

El poder del periodismo. La importancia de la verdad.

¡Su contribución lo hace todo posible!

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

¡Forma parte de la misión de difundir la verdad! Ayúdenos a combatir los intentos de silenciar las voces disidentes y contribuye hoy.

 

Contribuya hoy al PanAm Post con su donación

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario
Suscríbase aquí a nuestro boletín diario y nunca se pierda otra noticia
Puede salirse de la lista de suscriptores en cualquier momento