Migración venezolana: la bomba de tiempo que la región no quiere enfrentar

Con un Juan Guaidó que no se atreve a pedir ayuda extranjera, y los políticos de la región que rechazan "cualquier intervención", es imposible que quien puede ayudar, haga algo.

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Los dirigentes de la región se empeñan en rechazar una intervención militar en Venezuela poniendo en riesgo la estabilidad de sus países. (Youtube)

«No creo que la solución sea una intervención militar», fue lo que dijo el presidente de Colombia, Iván Duque, cuando a mediados de marzo la prensa italiana le preguntó sobre la posibilidad de una intervención en Venezuela. El discurso del mandatario frente a lo que ocurre en el país vecino siempre ha estado centrado en utilizar “canales diplomáticos” y presionar con sanciones económicas a la tiranía chavista.

Esta semana el mandatario colombiano ha dicho «haremos lo que esté a nuestro alcance para ponerle fin a la dictadura de Maduro», esperamos que este sea un punto de inflexión. Sin embargo, hasta ahora no ha dicho lo evidente: Venezuela necesita ayuda militar extranjera para ser liberada.

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«La posición del Grupo de Lima es permanente respecto a no aceptar ninguna intervención militar para la solución de la crisis en Venezuela», dijo el ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Néstor Popolizio, después de la reunión de dicho grupo, llevada a cabo en marzo en Perú.

Con excepción de Jair Bolsonaro en Brasil, quien desde hace mucho parece estar desilusionado de Juan Guaidó, ningún presidente de Latinoamérica siquiera considera aprobar o dar el visto bueno a una intervención de Estados Unidos para liberar a Venezuela.

Ahora bien, las declaraciones de Duque y los demás mandatarios de la región pueden ser muy agradables para la izquierda y la socialdemocracia, y todos esos diplomáticos discursos están muy en línea con la corrección política, pero lo cierto es que el rechazo a una posible ayuda militar de los Estados Unidos va en contravía de los intereses de los latinoamericanos.

Y a la larga, por supuesto que la permanencia de Maduro en el poder perjudicará también a los gobiernos de la región, que no podrán hacer frente ni a la estampida migratoria que tendrá lugar los próximos años, ni a otras consecuencias de tener a una banda de narcoterroristas mandando en el país vecino.

Los delincuentes

En los países normales, los asesinos y delincuentes son buscados por las autoridades y puestos tras las rejas, en Venezuela los malandros no son perseguidos, son socios de quienes tienen el poder y, por supuesto, salen y entran del país sin ningún problema.

Esta semana, los peruanos se escandalizaron al saber que siete de los asesinos venezolanos más buscados por la Interpol están en Lima. La Policía Nacional del Perú informó que durante los últimos meses estos delincuentes fueron capturados transitando libremente por el país, a pesar de su peligroso prontuario. Estos hombres están acusados de asesinatos brutales e integraban peligrosas organizaciones criminales como la del «Tren de Aragua» y el «Tren del Norte».

Aunque evidentemente la mayor parte de la migración es de gente buena y honesta que solo busca libertad, también llegan delincuentes que no son capturados, ni buscados en Venezuela. Incluso una vez retenidos en otros países, estos malandros son un problema, enviarlos deportados a su país de origen es solo poner paños de agua tibia, el sistema judicial venezolano no funciona, está concentrado en retener a opositores. Nada garantiza que en poco tiempo no regresen a delinquir.

Venezuela se ha convertido en la guarida de hampones de todas las calañas. Los cabecillas de las FARC y de otras guerrillas colombianas, como en ELN, se refugian en el país vecino con toda la tranquilidad de quien está en la casa de un buen amigo, donde puede permanecer el tiempo que quiera, «trabajar» cómodamente desde ahí, y salir cuando desee.

También está probado que en Venezuela actúa el régimen de Irán y el grupo terrorista Hezbolá. A principios de junio el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, advertía que «Irán y Hezbolá tienen una sólida base de operaciones en Sudamérica en alianza con la narcodictadura de Nicolás Maduro. Si fracasamos en Venezuela, representa una victoria para el terrorismo, la delincuencia transnacional organizada y el antisemitismo».

¿Pueden estar tranquilos los colombianos sabiendo que al lado están los peores delincuentes de la historia del país? ¿Puede estar tranquila la región cuando criminales, incluso miembros de Hezbolá, entran y salen fácilmente de Venezuela?

El asunto es cada vez peor. La miseria, la ausencia de justicia y orden, la podredumbre física y sobre todo moral que trae el socialismo hace que cada vez más jóvenes se perviertan y terminen delinquiendo. Es sabido, por ejemplo, que en las zonas fronterizas entre Colombia y Venezuela la guerrilla recluta jóvenes venezolanos a cambio de dinero y alimento.

Los venezolanos buenos que huyen en busca de libertad

Como decía antes, la mayor parte de la migración es de gente buena, sin embargo, esa gente de bien, que en un ambiente económico diferente al que tiene actualmente la región podría significar un impulso para los países receptores, en estos momentos, y en las cifras pronosticadas, son una bomba de tiempo.

Según las estimaciones de la coordinación de la OEA para la crisis de migrantes y refugiados venezolanos, aproximadamente 500 000 venezolanos huirán del país durante el trimestre julio-septiembre de 2019. Cerca de 1 000 000 habrá salido para finales de 2019. Con esta proyección, habría un total de 5 000 000 de migrantes venezolanos para finales de 2019, y en 2020 la cifra llegaría a los 8,2 millones de personas.

Según la OEA, entre 2015 y 2018, al menos 3,4 millones de personas huyeron de Venezuela. Eso representa más del 10 % de la población total del país. Los cálculos de esta organización muestran que 5 000 personas salen de Venezuela cada día, es decir, unas 200 personas por hora. Y todos los estudios hablan de la posibilidad de que el flujo migratorio aumente. Ninguno considera una disminución.

En este momento, según cifras oficiales, hay 1,2 millones de migrantes venezolanos en Colombia, 700 000 en Perú, 265 000 en Chile, 220 000 en Ecuador y 130 000 en Argentina, en Curazao hay 26 000 venezolanos, lo que representa el 15 % de la población, y en Aruba hay 16 000 venezolanos, el 10 % de la población de esta isla.

El panorama que enfrenta Colombia es, por supuesto, el más preocupante. Según el canciller Carlos Holmes Trujillo, para el 2021 a Colombia podrían llegar más 4 000 000 de migrantes. Esto no quiere decir que Colombia es el único afectado y que los demás países de la región no enfrentan un panorama difícil. Incluso ahora, cuando la situación no ha llegado a su peor momento, ya las cosas se les han salido de las manos a los gobiernos.

Desde hace algunos días, por ejemplo. Los alrededores de la sede diplomática chilena en Tacna, ciudad peruana fronteriza con chile, se han convertido en una especie de campo de refugiados. A finales del mes pasado, el Gobierno chileno decidió cambiar su regulación migratoria y ahora obliga a los venezolanos a tramitar un visado especial para ingresar al país.

La nueva regla tomó por sorpresa a decenas de familias venezolanas que han hecho un largo viaje y esperaban entrar al país suramericano. «Hay un límite: Chile no tiene una capacidad ilimitada para recibir extranjeros», dijo Rodrigo Ubilla, subsecretario del Interior de Chile.

El Gobierno peruano intenta manejar la crisis y ya hay reclamos para el Gobierno chileno, que, por ahora, y a pesar del desastre que tiene lugar en la zona fronteriza, no cede en su posición. En este momento hay casi 1 000 venezolanos que sin techo, sin comida y sin servicios básicos esperan en los alrededores del consulado chileno.

Las opciones

Como economista y defensora del liberalismo sé lo próspero que puede llegar a ser un país que aproveche adecuadamente la migración. Pero como soy realista y entiendo cómo funciona la política, sé que no hay ninguna posibilidad real que Latinoamérica, de aquí al 2021, lleve a cabo los cambios necesarios para enfrentar semejante fenómeno migratorio y convertirlo en algo positivo.

Ni nuestras sociedades, ni nuestros políticos entienden todavía cómo funciona el libre mercado. Es imposible convencerles en menos de dos años sobre la necesidad de eliminar el salario mínimo, permitir que los empresarios y los empleados negocien entre ellos los términos del contrato, sin exigir cuestiones como primas, liquidaciones, seguridad social y todas la regulaciones que hoy impone el gobierno. Además de eliminar el enorme e ineficiente Estado de Bienestar que tenemos, que va a colapsar totalmente con los millones de venezolanos que llegarán.

Descartamos entonces esa opción porque la estampida migratoria llegará mucho antes que el cambio de mentalidad que nos permita siquiera parecernos un poco a la rica Argentina de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, donde la libertad era tal que los migrantes que llegaban por montones no se convertían en una carga para los nativos, sino en un capital humano sin ninguna traba estatal que les impidiera trabajar. Llegaban a crear valor.

Hay quienes hablan de cerrar fronteras. Yo me niego rotundamente a permitir que millones de personas mueran de hambre porque el mundo los ha encerrado en el infierno socialista del chavismo. Sin embargo, a quienes consideran esta opción hay que decirles que ni siquiera está sobre la mesa: es imposible. No hay forma de controlar lo que ocurre en la frontera entre Colombia y Venezuela. Es una frontera porosa, llena de trochas y controlada por grupos criminales. Y una vez en Colombia ya son un problema migratorio de toda la región.

¿Qué queda? Sacar a Maduro. Los líderes de la región no pueden seguir jugando a lo políticamente correcto mientras ponen el riesgo la estabilidad de nuestros países. Suramérica debería estar pidiendo a viva voz la ayuda de Estados Unidos para sacar al tirano y a su gente del poder. Pero entre un Juan Guaidó que —tal vez secuestrado por personas con intereses oscuros— no es capaz de pedir una intervención, y los presidentes de la región rechazando «cualquier tipo de intervención», es imposible que quien nos puede ayudar haga algo.

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