El Hoyo: la peligrosa genialidad de la izquierda asesina

Este film español es simplemente una genialidad comunicativa de la izquierda asesina. No en vano desde el primer día que aterrizó en Netflix se convirtió en la película más vista en España y ahora ocupa el mismo lugar en EE. UU.

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El Hoyo es una genialidad muy peligrosa. Es una invitación a actuar para regular lo que la gente puede tener, es una invitación a usar la violencia (Vix.com)

«Me sentí sucia después de verla», fue lo que me dijo una amiga sobre «El Hoyo», la película de la que todos hablan por estos días.

En redes y en chats hay miles de personas que, como mi amiga, han quedado perturbados con la película que los hace sentir culpables por tener una buena posición -en términos del film estar en un «nivel alto»- y poder comer mientras hay gente que muere de hambre.

Ahora bien, parece que más que disfrutar de un nivel alto mientras otros están abajo, lo que les atormenta en mayor medida es una especie de revelación que tienen al ver el film, en la que se entienden culpables del hambre de otros: si todos comiéramos solo lo necesario, habría alimentos suficientes incluso para los del nivel más bajo y nadie moriría de hambre, esa es la idea de la película.

Pero hay otros muchos a los que el film les despierta un sentimiento aún peor, no es la culpa por creer que ellos son parte del problema, sino un resentimiento, un odio a los de arriba, acompañado de una especie de llamamiento a actuar, a ser un mesías, como el protagonista.

La película gira en torno a la vieja idea, explotada una y otra vez por la izquierda, de que la miseria es culpa de los ricos, «los de arriba», quienes se quedan con más de lo que necesitan. Por lo tanto hay que asegurarse de que no obtengan más de lo necesario, de modo que así, todos, hasta los de los niveles más bajos, puedan tener alimentos y sobrevivir.

Este film español es simplemente una genialidad comunicativa de la izquierda asesina. No en vano desde el primer día que aterrizó en Netflix se convirtió en la película más vista en España y ahora ocupa el mismo lugar en EE. UU.

El Hoyo, como lo dice su director, Galder Gaztelu-Urrutia, es una clara crítica al sistema capitalista y a cómo se distribuye la riqueza. Para cualquier persona que tenga nociones de economía liberal y que entienda cómo se crea valor en el mundo real, es evidente que la crítica que se hace en el film es falsa, el mundo real no funciona como el sistema «vertical de autogestión» planteado en la película y el argumento de que los pobres son pobres por culpa de los ricos, ha sido amplia y largamente destruido por economistas liberales a lo largo de la historia.

La genialidad del film no está en el argumento de fondo, que fue y será siempre el mismo para la izquierda, está, por supuesto, en cómo se presenta ese falso argumento, en cómo se combinan verdades con mentiras, en la forma de exculpar incluso al supuesto malo -al que se come todo y no deja para los pobres o al que se come a su compañero de nivel-, porque resulta que al final la culpa es del sistema.

La genialidad está también en ser un film basado en dudas, nadie es completamente malo, incluso la película deja abierta la posibilidad de que los que manejan el sistema, los que envían la comida, no se están dando cuenta de que la gente muere de hambre. Por eso el protagonista, un hombre convertido en mesías, tiene como misión enviarles el mensaje de que el sistema no está funcionando y hay gente muriendo.

Además, y esto también lo dice explícitamente el director, El Hoyo es fundamentalmente la historia de alguien que decide actuar cuando todos simplemente se han resignado. Es la historia de un «mesías». La película no se trata de un hombre que lucha por sobrevivir en un sistema injusto y brutal, se trata de alguien que está dispuesto a dar su vida por cambiar el sistema y salvar la vida de otros, de los que mueren de hambre.

Todo se dice a medias, es el espectador el que debe sacar sus conclusiones, pero en las condiciones que plantea la película es muy evidente cómo se debería actuar. El problema es que la película logra que el público crea que la vida real funciona como el film auspiciado por el Gobierno español.

Hasta yo, la más capitalista de todas, estoy de acuerdo en que dadas unas condiciones como las de la película, alguien debe regular la forma en la que se reparte la comida. Sin embargo, es muy evidente para mí que el mundo real no es como el sistema de la película y que si en la realidad regulamos la comida lo que ocurriría sería miseria y muerte.

Pero para la mayoría de la gente, que no entiende cómo funciona la economía -que es por completo contraintuitiva-, lo que arreglaría el problema en la película, solucionaría el hambre en la vida real. Esa es la genialidad de combinar verdades con mentiras y conducir al espectador a conclusiones sin decirlas explícitamente.

Qué tan malo es un anciano que, sabiendo que va a morir de hambre porque este mes no le llegará comida, decide amarrar a su joven compañero de nivel y alimentarse con un poco de la carne que le cortará. El anciano explica que después de un par de semanas los dos se mirarán con otros ojos y seguramente el joven considerará alimentarse de él, por eso se adelanta y decide sobrevivir.

El viejo además le ofrece al joven pasarle pedazos de su propia carne para que no muera de hambre, y curarlo cada que vaya haciendo los cortes de la carne que los alimentará a los dos. «Comer o ser comido» es una frase que se repite varias veces en la película. En esas condiciones, el actuar del viejo incluso podría caber en una especie de autodefensa. 

¿Cuántas veces la izquierda no ha salido en defensa de ladrones y asesinos exculpándolos porque viven en la pobreza? Hace poco López Obrador, el presidente de México, dijo que pagarle a los ladrones sería una opción para que dejaran de robar.

De nuevo la situación del anciano no es la misma de los pobres en la vida real, pero es muy fácil que el espectador, después de ver la película, empiece a dudar sobre qué tan malo es alguien que «mata por hambre».

Y, acaso es malo un hombre que para llevar comida a los que están muriendo de hambre en los niveles más bajos, decide utilizar la fuerza -llegando incluso a matar- para asegurarse que los de los niveles más altos no tomen más de lo necesario y que así todos puedan sobrevivir y la comida llegue hasta el último nivel.

Parece justo, ¿no?

Incluso este mesías -el protagonista- se asegura de intentar convencerlos primero con dialogo: no tomen más de una ración y hay días en los que tendrán que ayunar para que los de abajo no mueran de hambre. Pero si la gente no entiende, con tal de salvar la vida de los pobres, habrá que aplicar la violencia.

¿Cómo no estar de acuerdo con establecer un sistema en el que todos puedan sobrevivir solo haciendo pequeños sacrificios como no comer más de una ración diaria?

De nuevo, dadas la condiciones de la película, la mejor opción es que alguien se asegure de repartir la comida para que nadie muera de hambre, ni se maten entre ellos para sobrevivir.

El problema es que en la vida real las cosas no son así, pero mucha gente no es capaz de verlo y cree que lo que funciona en la película es lo que funciona en la realidad. No entienden que en nuestro mundo, contrario a lo que ocurre en el film, la comida no es una cantidad fija que debe repartirse, sino que la cantidad de bienes y servicios depende de lo que se produzca, y los que lo producen son los empresarios, entendiendo como empresario desde el señor que siembra papas en su finca y luego las vende, hasta el dueño de una gran empresa.

En la vida real entre más grande sea una empresa (lo que llamamos economía de escala) más barato y fácil puede producir, eso, por supuesto beneficia a los consumidores. Si alguien que cree que la vida real funciona como El Hoyo llega a expropiar una gran empresa para dividirla y repartirla entre pequeños empresarios, lo que consigue es perjudicar a los consumidores y trabajadores que se beneficiaban de la producción a gran escala.

Los países más ricos, donde incluso los de los «niveles más bajos» viven muy bien, son aquellos en donde hay muchos bienes de capital, donde hay industrialización y grandes empresas que producen bienes fácil y barato. En los países pobres, donde la gente se muere de hambre, casi no hay bienes de capital y todo es muy primario porque los pocos que están en el poder, y que son millonarios, destruyen el aparato empresarial bajo la excusa de querer repartir a los pobres.

El gran peligro de esta película tan entretenida que se lleva hoy los primeros lugares, es que logra que los espectadores saquen conclusiones erradas sobre cómo deberían hacerse las cosas para que nadie muera de hambre en el mundo. Por supuesto es una gran ironía que la izquierda dé lecciones sobre cómo ayudar a los pobres. Las hambrunas causadas por el socialismo mataron a millones alrededor del mundo y hoy, en países como Venezuela, la gente vive muy parecido a los de los niveles bajos de El Hoyo.

Pero la izquierda es increíblemente buena comunicando y han entendido que lo que importa es lo que se dice; no lo que pasó en realidad sino lo que la gente cree que pasó. Ellos saben presentarse como salvadores y mesías cuando en realidad son los dueños del sistema que mata a millones de hambre. Con esa astucia para comunicar, salen ahora con este film que logra que unos se sientan culpables -como mi amiga la que se siente sucia-, consigue que otros tengan resentimiento y odien a los de arriba, y en general hace que muchos espectadores se cuestionen sobre lo que hacen (o lo que no hacen) para cambiar el sistema.

El Hoyo es una genialidad muy peligrosa. Es una invitación a actuar para regular lo que la gente puede tener, es una invitación a usar la violencia porque al final la gente no es capaz de ser correcta y solo piensa en su bienestar, pero El Hoyo es, sobre todo, una invitación a convertirse en el mesías que salve a los de los niveles más bajos porque, para ellos, Dios no existe.

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