La intolerancia de López Obrador y la normalización de amenazas

Ahora le tocó a Gloria Alvarez, a Mario Vargas Llosa, a Enrique Krauze… después a todos los mexicanos

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AMLO
AMLO y niveles de intolerancia hacia la crítica pocas veces vistos en México (Flickr)

La intolerancia del candidato Andrés Manuel López Obrador y de sus seguidores ya era bien conocida por muchísimos periodistas, académicos e intelectuales mexicanos –ya sea por haber sufrido agresiones físicas directas por parte de ellos; por ser amenazados, inclusive con la muerte; por haber sido descalificados por alguna crítica hacia el candidato; por haber padecido el que el propio López Obrador les dijera cómo hacer su trabajo, el despido de sus empleos, alguna forma de acoso en redes sociales o bien,  haber experimentado una censura directa por algo escrito. Esto es bien conocido, y está suficientemente documentado.

Pero gradualmente, se está llegando a niveles de intolerancia hacia la crítica pocas veces vistos en México desde su transición democrática en 1997. Y creando, a fuerza de repetición, cierta forma de normalización de las amenazas y el descrédito contra quienes discrepen de López Obrador.

El comportamiento de López Obrador y de sus seguidores pareciera, si llegan al poder, un anticipo de otras experiencias recientes de la izquierda en América Latina, como las reiteradas agresiones, encarcelamientos y cierres del expresidente Rafael Correa contra periodistas y medios en Ecuador. O las amenazas y golpes del chavismo en Venezuela contra medios independientes, con leyes reescritas a conveniencia. O la tenaz persecución de la ex presidenta Cristina Kirchner contra el Grupo Clarín y otros medios argentinos, que incluso usó en su venganza a la Corte Suprema de Justicia.

No deja de ser preocupante que tras un relativamente exitoso replanteamiento electoral de su imagen, con un López Obrador simpático, buena onda y hasta bromista, regrese nuevamente el lopezobradorismo amenazante, censurador, priista. Este lo dejan ver sus descalificaciones de hace unos días contra Mario Vargas Llosa, por unas declaraciones en Madrid, con un llamado a la quema de sus libros incluido, y a Enrique Krauze, por un artículo en el NYT. O algo antes, las de sus simpatizantes contra Gloria Alvarez, contra la que reiteradamente exigen su deportación del país, “por lo que sea“, le amenazan y hacen bulling en eventos y redes sociales.

Para López Obrador y sus seguidores, todo aquel que lo critica es miembro de “La Mafia en el Poder”, conservador, pagado por sus enemigos, corrupto. En su discurso, por un lado pone a sus críticos, como instrumentos de la oligarquía, y por el otro, al pueblo bueno que él representa y encarna. En contrapartida, el endiosamiento a López Obrador por parte de muchos de sus simpatizantes, se parece bastante a la competencias sexenales de zalamerías a los expresidentes Luis Echeverría y José López Portillo, con genuflexiones y besos en la mano incluidos.

Si ese nivel de intolerancia, irritabilidad y alejamiento de la realidad ya es ahora preocupante, ¿qué no sería capaz de hacer López Obrador una vez en el gobierno, ya con el poder de la coacción legal, con los recursos públicos y el papel incontestable de una Presidencia imperial renacida? Y decirlo no es una exageración, fruto de la mala fe: El candidato López ya promete perdonar a delincuentes, no investigar a políticos y sindicalistascorruptos, y hasta darles fuero legislativo. Y quien puede perdonar criminales, bien puede castigar inocentes.

Por otra irte, aún sin ganar y existiendo una tácita prohibición constitucional, ya ofrece no reelegirse. También habla de llamar a una “asamblea constituyente” y de crear una Constitución “moral”. Pero, esperen: ¿No hemos visto antes esa película? Sí, claro, muchas veces: En Venezuela y los gobiernos satélites del chavismo.

Al respecto, la propia trayectoria y personalidad de López Obrador no es tranquilizadora en modo alguno: Como jefe de Gobierno de la Ciudad de México (2000-2005), convocaba a movilizaciones de sus simpatizantes y a plebiscitos irregulares y amañados. Su gobierno fue ejemplo de algunos de los casos más vergonzosos de corrupción y de utilización de la justicia contra sus oponentes. En su vida política, ha insultado y descalificado a jueces y autoridades electorales, usado el golpe y el chantaje como instrumentos válidos. Hoy, incluso, ya habla de fraude y violencia en la próxima elección presidencial si no gana. En tanto, el discurso de sus aliados políticos es una continua justificación de todas las enormidades perpetradas por el gobierno venezolano, y su partido MORENA es una aula permanente de justificación y adoctrinamiento chavista, sin ninguna exageración, como atestiguan sus activistas e intelectuales, tal como Enrique Dussel y su defensa irrestricta y de bulto de la dictadura venezolana.

Por todo eso, hoy puede hablarse tal vez con justicia, de que López Obrador está enfermo. Y con él, sus seguidores más recalcitrantes. Su visible y cada vez más preocupante enfermedad se llama Síndrome de Hubris. Dicho síndrome se refiere a un personaje de la mitología griega que lograba la gloria y, “borracho” de éxito, se comportaba como un Dios, creyéndose único en la historia y por ello, capaz de cualquier cosa. En la psiquiatría moderna se refiere a un ego desmedido y a la enfermedad por el poder.

AMLO por eso no dialoga con periodistas, intelectuales y críticos sino para darles instrucciones o bien, regañarlos y descalificarlos. Total, todos están equivocados, menos él y quienes le adulan. A poco más de 100 días de la elección presidencial y a punto de iniciar las campañas formales, yo deseo que López Obrador sane y se recupere, de corazón. Porque si gana el primero de julio venidero, las consecuencias de su enfermedad la padecerán no sólo los “culpables habituales” como Vargas Llosa, Krauze, Gloria Alvarez y otros, sino que las sufriremos todos los mexicanos. Y nos arrepentiremos en el alma.

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