Lula y la izquierda mexicana

El paralelismo entre Lula y López Obrador se asemeja al de sus propios países: Brasil y México parecen un espejo el uno del otro.

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Como Lula, López Obrador es un político que tiene una nómina de empresarios favoritos para realizar las obras públicas que se propone emprender como presidente. (Fotomontaje PanAm Post)

Encerrado en su celda de Curitiba, Luiz Inácio Lula da Silva se volvió, de la noche a la mañana, en un impresentable para la izquierda, al menos para la izquierda mexicana. Entre sus militantes más destacados no hubo nada de manifestaciones o protestas a su favor, llamados de solidaridad o denuncias por su “injusta” condena. Vaya: ni siquiera tuits o post fraternos. Actitud extraña, cuando antes todos los políticos mexicanos de izquierda decían ser herederos de Lula y querían reunirse y fotografiarse junto a élfestejarlo con dinero públicocortejarlo celosamente, a pesar de sus negocios con el Gobierno del presidente Peña Nieto, recibir sus consejos, declarar que aplicarían sus políticas en el país y hasta que trasplantarían a México toda, toda su plataforma política.

Hoy tan devaluado se encuentra Lula, que solo el matrimonio Dolores Padierna-René Bejarano (que carga permanentemente con el descrédito de la corrupción) le externó abiertamente su apoyo. Incluso su ‘introductor’ en México y santón de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, apenas dedicó a su encarcelamiento un par de tuits y, a través de su fundación, un más bien escueto comunicado de tres párrafos, cuando antes todo eran abrazos y premios que le ofrendaban a Lula, encuentros privados muy publicitados y el discurso de que él y Lula eran uno mismo, al calor de una supuesta sólida alianza política entre ellos.

El mismo silencio guardan hoy los idólatras de Andrés Manuel López Obrador, tanto nacionales como extranjeros, que apenas ayer decían que, de llegar al poder, López Obrador sería otro Lula. Entonces, hasta el propio López Obrador se comparaba con el brasileño, en medio del proceso de copia mexicanizada que hacia de la estrategia de Lula para llegar al poder.

Al respecto, recordemos que desde 2002, durante el primer debate de los aspirantes presidenciales de ese año en Brasil, Lula había establecido su estrategia, bajo la frase de: “Lulinha no quiere pelear. Lulinha quiere paz y amor“. Entonces, ya había perdido tres elecciones presidenciales sucesivas y optó por endulzar su imagen y su discurso, y esconder los símbolos radicales de su partido. Así, comenzó a vestir de traje y a acercarse a la misma iniciativa privada que había denunciado en sus tiempos de líder sindical, esto bajo la tutela de Duda Mendoça, el mejor publicista de Brasil y creador del lema “Lulinha: Paz y Amor” (al margen, hoy sabemos que el propio Mendoça está implicado en los financiamientos ilegales de Odebrecht al uribismo en Colombia y de la constructora brasileña OAS a Michelle Bachelet y a Marco Enríquez-Ominami en Chile).

Ese nuevo discurso de Lula luego fue copiado con éxito por el exguerrillero tupamaro José Mujica, para ser presidente de Uruguay en 2010, y por el exmilitar golpista Ollanta Humala, para ser presidente del Perú, en 2011. De allí López Obrador lo retomó en 2012, quien fue entonces rebautizado como “AMLOVE”, derivado de sus siglas AMLO, por sus discursos en los que defendía los principios de una “república amorosa”. Hoy López Obrador sigue siendo consistente en su tropicalización de Lula y reiteradamente llama “a la paz y a el amor”.

Al respecto, es fascinante tratar de establecer un paralelismo entre Lula y López Obrador más allá de la copia del discurso. Así, López Obrador es un hombre que se jacta de ser “incorruptible” y de combatir la corrupción, como Lula, pero que se ha rodeado de corruptos a lo largo de toda su carrera política, igual que Lula. Parecido a Lula, López Obrador es un político que ha vivido permanentemente entre los innumerables escándalos de corrupción de él mismo y de sus cercanos, y siguiendo la opacidad administrativa de Lula, ni siquiera fue capaz de hacer pública la información de sus principales obras como gobernante de la Ciudad de México, el único cargo significativo de Gobierno en su larga trayectoria pública. Y como Lula, López Obrador es un político que tiene una nómina de empresarios favoritos para realizar las obras públicas que se propone emprender como presidente, una insalubre alianza política con contratistas que ya vimos cómo terminó con Lula.

Al respecto, tanto Lula como López Obrador han dicho una y otra vez que no conocían los montajes y ocultamientos de sus cúpulas partidistas y gubernamentales, ni de la corrupción de sus respectivas manos derechas de gobierno: José Dirceu, en el caso de Lula, y René Bejarano, en el de López Obrador. La alucinante semejanza entre López Obrador y Lula llega, incluso, a que tanto Bejarano con López Obrador, como José Dirceu con Lula Da Silva, prefirieron sufrir la cárcel antes que implicar a sus caciques, aunque Bejarano solo estuvo unos meses en el reclusorio, gracias a un parcial y politizado sistema de justicia en la Ciudad de México, mientras que a Dirceu se le han ido acumulando las condenas, pero en compensación, su propia casa es su cómoda prisión. Más similitudes: hoy Bejarano ha regresado al servicio de López Obrador en esta su tercera aventura presidencial, como Dirceu al de Lula en la cárcel. Quizá hasta aquí terminan los paralelismos, sin poder establecerse una relación personal entre ellos, ya que al parecer existió cierto desencuentro entre ambos, en el contexto de la pasada campaña presidencial del mexicano.

Para dar una última vuelta de tuerca, el paralelismo entre Lula y López Obrador se asemeja al de sus propios países: Brasil y México parecen un espejo el uno del otro. Así, suele ocurrir que cuando uno crece, el otro también lo hace, pero que mientras en uno se establece un régimen de gobierno más conservador, o amigable con los mercados financieros, el otro gira hacia Gobiernos más proteccionistas o estatistas. Y luego giran en sentido inverso, precisamente como frente a un espejo. Ojalá que el paralelismo entre López Obrador y Lula no llegue al extremo de que sus vidas políticas terminen igual, aunque para ello se requeriría que México tuviera un sólido e independiente sistema de justicia como el de Brasil, y eso se ve muy difícil hoy.

Ingrato es quien niega el beneficio recibido; ingrato, quien lo disimula; más ingrato, quien no lo restituye; pero de todos, el más ingrato es quien lo olvida, escribió Séneca. Por eso la ingratitud es una madre fértil: produce siempre muchos hijos dignos de ella, como hoy los políticos mexicanos de izquierda respecto a Lula. Ciertamente no se trata de que la izquierda mexicana se suicide y se vaya con Lula de cabeza directo al basurero de la historia, para usar esa frase tan gustada entre los “progresistas”. Se trata simplemente de que sus militantes sean coherentes con su discurso y la trayectoria que dicen tener, y reconozcan su parecido y deuda con el expresidente brasileño para, quizá, con suerte, corregir lo andado y ahorrarse el mismo final.

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