Migrantes en la mira

El fenómeno de la Caravana Migrante probablemente se repetirá y continuará durante un largo tiempo, dependiendo de sus resultados

249
Migrantes en la mira (EFE)

Tres caravanas formadas por miles de migrantes centroamericanos cruzan en estos momentos México, con la esperanza de llegar a EEUU, y solicitar allí asilo humanitario. La mayoría de los migrantes son hondureños, y a ellas se han sumado cientos de salvadoreños y guatemaltecos. 

Nadie sabe con seguridad cuántos migrantes forman estas caravanas. Algunos hablan de 7 mil; otros de 14 mil personas, de las cuales alrededor de una tercera parte son menores de edad. Pero sea cual sea el número real, se estima que solo el 20 por ciento de los migrantes podrán completar el viaje a la frontera méxico-americana, una muy dura expedición de más de 2.000 kilómetros.

Algunas opiniones señalan que dichas caravanas no son espontáneas, sino que se trata de centroamericanos manipulados por intereses políticos. Algunos sostienen que el origen de ellas es una estrategia de Donald Trump, para dar fuerza a su discurso anti inmigrante a unos días de las elecciones legislativas de este martes 6 de noviembre, o bien, presionar al gobierno mexicano para aceptar el acuerdo de tercer país seguro, que establecería que si un centroamericano cruza México sin pedir asilo ya no podrá hacerlo en Estados Unidos.

Otros las atribuyen a Nicolás Maduro o a Daniel Ortega, como una estrategia para desviar la atención de las brutales represiones que realizan sus gobiernos. Algunos más apuntan que la oposición al presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, quiere desprestigiarlo. Y finalmente, unos más hablan de un movimiento financiado por el multimillonario George Soros, tradicional financista de causas “progresistas”. Pero en realidad, todas son meras teorías sin pruebas.

Al final de la jornada, es la combinación de pobreza, violencia extrema, crisis económica y falta de oportunidades que caracteriza desde hace décadas la vida en esos países, la que es decisiva para entender por qué tantas personas parecen dispuestas a todo con tal de huir de sus países de origen.

Tan solo en lo que se refiere a la violencia, y según la Fundación Insight Crime, en 2017 se registraron en El Salvador 60 homicidios por cada 100.000 habitantes y 365 niños fueron asesinados ese año. Esta tasa fue del 26,1 en Guatemala, con 942 pequeños muertos, y del 42,8 en Honduras, donde durante la última década se asesina una media de un niño por día. En México, la tasa es de 25 por cada 100.000 habitantes. Para efectos de comparación, la media mundial asciende a 5,3 y la de España, por ejemplo, es de 0,7 por cada 100.000 habitantes.

Pero el trayecto de los centroamericanos hacia EEUU ha sido un calvario, particularmente en los últimos años. Los migrantes están bajo acecho de narcotraficantes, secuestradores, funcionarios migratorios corruptos, policías locales venales, asaltantes, soldados violadores de DDHH… Así, 4 de cada 10 migrantes que pasan por México en su paso a EEUU, simplemente desaparece. Nunca más se vuelve a saber de ellos. Las autoridades mexicanas (y la sociedad mexicana también) han tolerado por largos años esto, sin mayor preocupación.

En ese sentido, la idea de viajar en caravanas tiene su lógica. Más aún si, adicionalmente, los integrantes de ellas son personas que no tienen absolutamente nada para pagar el viaje o para defenderse de los muchos peligros que deben enfrentar. En tal sentido, la posibilidad de hacer multitudes, y protegerse mutuamente, es su único recurso. Así, en la medida en que sean muchos viajando juntos, será más difícil atacarlos, además de que pueden convertir un proyecto individual en uno colectivo, muy visible, casi político, capaz de sumar apoyo de diferentes sectores y atención prioritaria de la prensa, como es lo que ha sucedido con las caravanas que hoy cruzan México.

Mediante las caravanas, los inmigrantes se han librado de las redadas gubernamentales, los secuestros, los asaltos, las extorsiones policiales, las violaciones, la explotación sexual, el tráfico de personas, las golpizas, el abandono de los traficantes. Para ellos, huir en masa, por los caminos que antes les eran sumamente riesgosos, ha sido la forma más segura de atravesar uno de los países más peligrosos de América Latina. Nadie puede reprocharles haber usado tal recurso. Menos aún quienes callaron o miraron a otro lado, durante tanto tiempo, frente a los infinitos peligros y penalidades de los viajeros centroamericanos por México.

Su presencia en este país ha provocado un abanico de emociones, desde la solidaridad y la piedad (minoritarias), hasta las típicas reacciones de prevención, odio, rechazo, reclamo, repulsión, que me parece han sido las mayoritarias en medios de comunicación y Redes Sociales. Todas ellas muy similares a las de las clientelas políticas de Trump en EEUU. Todas se sintetizan en el ansia de orden ante el miedo a lo desconocido.

Significativo que eso suceda en un país como México, que se ha beneficiado enormemente de la migración. También muy significativo que las posturas anti migrantes sean notorias y ruidosas entre quienes se dicen liberales o libertarios, justificándolas en un supuesto respeto positivista a la legalidad, al orden y a las fronteras nacionales.

Un sinsentido que también se ejemplifica, por parte del gobierno de Trump, en el despliegue de 15 mil efectivos en la frontera entre México y Estados Unidos, para detener a las caravanas, un despliegue parecido en tamaño a la presencia de EEUU en Afganistán, y que podría costar un mínimo de 200 millones de dólares, según analistas consultados por el Washington Post. Es decir, un enorme costo de al menos 14 mil dólares por migrante, si acaso llegaran a la frontera los 14 mil que se supone iniciaron. Un gasto sustraído al contribuyente solo para alimentar prejuicios y que podría tener mejores usos para evitar, de verdad y de manera productiva, la migración, en conjunto con proyectos novedosos como la propuesta de ley del republicano Glenn Grothman.

Pero tales contradicciones no son extrañas, tratándose de un tema tan emocional. El propio Thomas Jefferson, redactor del borrador de la Declaración de Independencia estadounidense, ejemplificó dicha contradicción. Jefferson defendió la idea de EEUU como nación de inmigración y fue pionero en formular “el derecho natural de todas las personas a abandonar su país en que por casualidad nacieron o a donde fueron a parar por cualquier razón para ir a buscar condiciones favorables de vida allá donde se encuentren o piensen encontrarlas”.

Sin embargo, en Notes on the State of Virginia, de 1782, Jefferson expresó una profunda desconfianza hacia la inmigración, particularmente de países con regímenes monárquicos, y habló en términos amenazantes contra ellos.

La discusión emocional y muchas veces prejuiciosa sobre la inmigración, a propósito de la #CaravanaMigrante, es otro indicio de que la antigua institucionalidad anclada en los partidos, los sindicatos y las ideologías políticas sucumbe ante la Internet, las Redes Sociales, la comunicación directa y las fake news. Así, para los nuevos políticos y ciudadanos latinoamericanos es mejor reprimir que ofrecer oportunidades, despreciar antes que respetar, discriminar antes que integrar, azuzar el odio antes que convencer y educar. Habrá que ver el impacto de esto en nuestros regímenes políticos. El arribo al poder de populistas como Andrés Manuel López Obrador o Jair Bolsonaro es apenas un augurio de lo que puede venir.

El fenómeno de la Caravana Migrante probablemente se repetirá y continuará durante un largo tiempo, dependiendo de sus resultados. Pero no debemos de dejar de mirar dicho fenómeno como una expresión, una más, legítima, de lo que lo que Adam Smith llamó en 1776 “el plan liberal de igualdad [social], libertad [económica] y justicia [legal]”, y que aún inspira a la gente común a buscar la oportunidad de una vida mejor. 

Comentarios