Tbilisi, Georgia. (Foto: Flickr)

Georgia  es un país situado a orillas del Mar Negro. Se convirtió en un país independiente en 1991, tras su anexión por la Rusia zarista en el siglo XIX. Sufrió luego una incorporación forzada a la Unión Soviética en 1921, como una de sus 15 repúblicas, que duraría 70 años, durante los cuales sufrió opresión, pobreza y corrupción. Después del colapso de la Unión Soviética y su separación, Georgia experimentó una caída del 75 % de su PIB. Necesitó entonces reformas rápidas y urgentes. Desafortunadamente, la primera década las políticas económicas fueron en la dirección equivocada con mayor regulación, e intervención del Estado.

En el 2003, un quinto de las 60 000 empresas georgianas tenía que dar sobornos y participar en la corrupción de alto nivel político para poder operar. Era necesario esconder la actividad económica y acudir a la evasión fiscal no para enriquecerse, sino para sobrevivir y obtener una ganancia mínima. El exceso de impuestos, regulaciones, enmiendas e iniciativas legislativas hicieron la situación insostenible. El desarrollo económico fue lento y no mejoró el nivel de vida de la población.

El problema más grave en este entorno hostil fue la pérdida de dignidad y de la libertad de los individuos. La mayoría de la gente activa en Georgia estaba obligada a pagar sobornos para evitar pagar impuestos, y así seguir operando sus negocios. La gente tenía un sentimiento de culpabilidad en el intento de desobedecer la ley. Muchos sentían que estaban robando al Estado, a pesar de que eran sus funcionarios los que robaban a manos llenas.

Más importante incluso era el miedo a que un día, los agentes del gobierno pudieran llegar y castigarles por evasión fiscal y por evitar las regulaciones. En realidad, los georgianos apoyaban al gobierno por miedo, debilitando su frágil democracia. Nadie pedía una reforma económica y la difícil situación se convirtió en un círculo vicioso.

Los marxistas del siglo XXI han hecho esfuerzos inmensos por separar los derechos de propiedad y los derechos humanos. Pero el caso de Georgia nos muestra que es imposible separarlos. Cuando existen impuestos excesivos y regulaciones onerosas que violan los derechos de propiedad, se erosiona la dignidad humana, se debilita la posición del ciudadano para ponerle límites al gobierno. Esto crea un ambiente tóxico, en el cual el gobierno concentra el poder. Cuando el gobierno se hace más fuerte, los ciudadanos deben colaborar ciegamente para poder sobrevivir. El ciudadano pierde su dignidad, su voz se calla, y el sistema democrático se erosiona.

Dada esa situación difícil, en el segundo milenio empiezan los vientos de cambio.  Desde 2004, tras la «Revolución de las Rosas», se hicieron extensas y profundas reformas en favor del libre mercado, pese a las tenaz resistencia de los enemigos del capitalismo y los nostálgicos del comunismo.

Así, Georgia empezó un proceso de reformas para facilitar la libertad económica. En esos momentos la economía de Georgia estaba sumida en un desastre económico y en mucha corrupción, sin esperanzas. Y para acabar con las desgracias, una parte del país estaba ocupada por el ejército ruso. Georgia tenía todas las razones para caer en el fatalismo y la victimización. La mayoría de los organismos internacionales veían muy difícil un futuro prometedor.

En contraste, actualmente Georgia es una de las economías más abiertas del mundo, medida por los diferentes índices como el ranking del Instituto Fraser, o el Doing Bussines del Banco Mundial. En el primero, por ejemplo, Georgia tiene la calificación de 8.02 sobre 10 en libertad económica y ocupa el séptimo lugar de su ranking mundial y se ha mantenido entre los mejores 10 en los últimos 10 años.

Muchas reformas se hicieron rápidamente: se redujo el impuesto sobre la renta personal y empresarial. La tasa máxima de impuesto sobre la renta es del 20 % para personas físicas y morales. Georgia se abrió unilateralmente al comercio internacional y la inversión extranjera. El hecho de que se abriera unilateralmente al comercio internacional permitió que muchos países quisieran firmar acuerdos de libre comercio. Pero las reformas no solo fueron económicas y financieras: hubo privatizaciones y desregulaciones en la educación, en la atención médica y en las jubilaciones, con apoyo para los más pobres en el período de transición. Se impusieron severas penas para la corrupción y se eliminó la influencia del sector público sobre el privado, eliminando permisos, por ejemplo, a fin de evitar extorsiones, gratificaciones ilegales y toda oportunidad de corrupción.

Así, hoy Georgia tiene acuerdos de libre comercio con la Unión Europea, China, Rusia y otros países, y muy pronto tendrá un acuerdo de libre comercio con el gigantesco mercado de la India.  El arancel promedio de Georgia es el 1.5 %, uno de los más bajos en el mundo. El mercado laboral es muy flexible: la libertad laboral se ha maximizado permitiendo a los trabajadores y patrones decidir con la mínima intervención del Estado. Georgia tiene un sistema muy simplificado para contratar a trabajadores extranjeros y obtener los permisos de trabajo. Es uno de los países que no requieren visa para ser visitados por los nacionales de la mayoría de los países. Hay restaurantes de todo el mundo: comida china, japonesa, yemení y libanesa, entre otras.

Georgia armonizó sus regulaciones con la Unión Europea, por ejemplo, en la industria farmacéutica: un medicamento aprobado en la Unión Europea es automáticamente aprobado en Georgia, sin necesidad de duplicar las pruebas médicas. Asimismo, Georgia tiene un sistema de cielos abiertos para la aviación comercial y es un país muy conectado.

Hubo además un gran esfuerzo de desregulación de licencias para operar de las empresas. Hoy es posible registrar una empresa, y comenzar a operar en un día. Próximamente, se hará mediante registro electrónico. También se estableció una ventanilla única para contratar todos los servicios que se requieren. Los resultados no se hicieron esperar en términos de crecimiento: nuevos mercados y una reducción enorme de la corrupción. Actualmente Georgia está en uno de los mejores lugares en el Índice de Transparencia Internacional. El economista georgiano Paata Sheshelidze señala que «la corrupción no es cultural ni religiosa, sino el resultado de una economía sobreregulada; la corrupción se puede disminuir en cualquier país».

Los cambios de Georgia se hicieron bajo condiciones difíciles: la agresión de Rusia, la ocupación de Abjasia y Osetia por Rusia, el embargo de Rusia en 2006 que terminó apenas en 2013, una difícil situación política y la dura creación de un partido liberal que abanderó dichas reformas.

A pesar de las dificultades por una geopolítica adversa, el país pudo duplicar su PIB per cápita (pasando de 1967 dólares  a los 4271 dólares) ajustados a la inflación, entre 2003 y 2017. Todo esto logró la consiguiente reducción de la pobreza y el ensanchamiento de su clase media. En estos momentos, su economía crece al 6 %, gracias a que tras la «Revolución de las Rosas», en 2003, se hicieron extensas y profundas reformas en favor del libre mercado, pese a las tenaces resistencias de los detractores del capitalismo y de quienes añoran comunismo.

En este sentido, los deseos de cambio vinieron del interior del país y de su sociedad, no de los organismos internacionales, ya que en ellos había mucho escepticismo sobre si Georgia podría hacer las reformas económicas necesarias de libre mercado. Las reformas de Georgia dan una gran esperanza de que aún en situaciones adversas se pueden lograr grandes y ambiciosas reformas económicas modernizadoras.

 

 

Escrito por Victor Becerra en colaboración con Miguel A. Cervantes G,  catedrático de Economía internacional en la Burgundy School of Business de Francia.