La inútil e imposible unidad opositora en Venezuela

Los que insisten en opciones negociadas y en pedir que se repitan las elecciones no comprenden cómo opera el totalitarismo socialista.

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El no tener claro quién es el enemigo ha traído como consecuencia que el país haya sido víctima de una estrategia pertinaz para perder el tiempo y las oportunidades de victoria. (Twitter)

Los venezolanos estamos entrampados en una exigencia impracticable. Me refiero a las demandas de unidad como requisito supuestamente indispensable para superar esta terrible etapa y poder rescatar al país de las fauces del totalitarismo del siglo XXI. Al parecer no hay cita internacional que no comience y no termine con una exhortación a la unidad total y absoluta, sin pensar en que no necesariamente la unidad produce esas sinergias que algunos se imaginan. La unidad eficaz tiene un conjunto de condiciones que algunos no están dispuestos a pagar.

La primera condición es precisa. Acordar quién es el adversario y cuáles son sus características. Algunos pensamos que combatimos una tiranía que es la expresión de todo lo malo que puede haber en la política latinoamericana. El caudillismo y sus montoneras, el socialismo silvestre, el realismo mágico que se encapsula en el populismo más irresponsable, las guerrillas, los negocios narcoilegales, el terrorismo y el intento de justificar todos nuestros males en el poder conferido a un enemigo inaprehensible, una idea, el imperialismo capitalista.

Otros piensan que este socialismo ni es tan tiránico ni debe ser tirado al basurero de la historia. Algunos le ponen una conveniente piel de cordero, para hacerlo pasar por bueno. Por eso, si no hay forma de conciliar que ese es el enemigo que debemos vencer tampoco hay posibilidad de ser parte de una coalición capaz lograr algún resultado.

El no tener claro quién es el enemigo ha traído como consecuencia que el país haya sido víctima de una estrategia pertinaz para perder el tiempo y las oportunidades de victoria. Porque nadie sensato puede imaginar que una tiranía marxista y malandra pueda negociar su salida o tenga incentivos para participar lealmente en unas elecciones competitivas. Allí hay otro gran desacuerdo. Los que por alguna razón inconfesable se resisten a caracterizar apropiadamente a la tiranía también creen que es posible una salida “constitucional, pacífica y electoral”. Mientras que nosotros hemos sostenido que esta tiranía marxista, al igual que el resto de los socialismos reales, no tiene ningún interés en alternarse el poder, y que, por lo tanto, son otras las formas de encarar el problema político. Por eso no perdemos el tiempo ni las energías ciudadanas en convalidar parodias de negociación ni farsas electorales.

Los que insisten en opciones negociadas y en pedir que se repitan las elecciones tampoco comprenden cómo opera el totalitarismo socialista. La causa raíz de la corrupción y la impunidad es la destrucción de las instituciones y el derrocamiento de la autonomía de los poderes públicos. Ni las Fuerzas Armadas ni el poder electoral o judicial son referencias republicanas. En ellas no se pueden confiar porque se han convertido en esa amalgama compacta de complicidad criminal que desprecia la ley y maltrata al ciudadano. ¿Cómo exigirle a cualquiera de ellos que jueguen limpio si son precisamente ellos el engranaje perfecto que viola leyes y derechos para garantizar la permanencia de la tiranía?

Sin embargo, algunas oposiciones pretenden la connivencia perfecta, sin enfrentamientos inútiles, practicando el abrazo fraternal, el beso de ocasión, la conversación y los contubernios, tratando de llegar a los tiempos perfectos de Dios, el final de los tiempos, cuando se disuelva el mal y queden ellos en pie. A esa oposición poco le importa el sufrimiento de los venezolanos, la hiperinflación que arrasa, la violencia que mata, el hambre que aniquila, la estampida hacia el exterior. Si esos factores formaran parte de sus consideraciones, le darían sentido de urgencia a la gestión política.

Otro tema que nos separa es la vigencia y legitimidad de la Asamblea Nacional Constituyente. Nosotros negamos su esencia mientras que otros están dispuestos a juramentarse ante ella, y con ese gesto reconocerla de facto. Así fue como Acción Democrática jugó a la doble banda y permitió que sus gobernadores le hicieran los honores a esa entidad espuria. Pero no solamente ellos. Los alcaldes que participaron en las elecciones por mampuesto, o sea, separándose temporalmente de sus partidos para no comprometerlos, hicieron lo mismo. Se juramentaron y ahora gobiernan con su partido Primero Justicia o Voluntad Popular, como si eso los excusara del grave error político de convalidar a la redactora de la próxima constitución comunista. En este momento político la honradez y la ética son indispensables. Por eso mismo no todas las decisiones tienen el mismo valor, y por eso los ciudadanos han roto emocionalmente con esos dirigentes, que ahora son fardo y no capacidad de tracción.

El compromiso asumido el 16 de julio del 2017 es otra diferencia. Los partidos no se lo tomaron en serio. Para ellos era fuego de artificio, equivalente a una marcha más. Lo hemos dicho millones de veces, con eso defraudaron la confianza ciudadana y desde ese día cayeron en el más profundo descrédito. Nosotros nos tomamos en serio los compromisos y creemos que la lucha política es sobre todo un esfuerzo de integridad. Allí se plantearon tres cursos de acción: desconocer la constituyente (ya sabemos lo que hicieron al respecto), exigirle a las Fuerzas Armadas que asuman su responsabilidad constitucional y recomponer los poderes públicos. Ya sabemos que no lo hicieron porque prefirieron abalanzarse sobre las elecciones regionales, haciendo caso omiso de las advertencias de fraude y ventajismo.

Pero no solo eso. Tampoco se tomaron en serio la agenda legislativa, haciendo lo mínimo indispensable, dejando la tarea a medias, burlándose de quienes exigían congruencia, infamando sus propias decisiones, no dándoles continuidad. Así ocurrió con el nombramiento de los magistrados del TSJ, y antes ocurrió lo mismo con su decisión de declarar el abandono del cargo de la presidencia de la república, o la frustrada designación de un nuevo Consejo Electoral. Pero sin duda, lo más patético ha sido el tratamiento dado a los parlamentarios indígenas, a los que han desincorporado e incorporado varias veces, dependiendo de las ventajas, o tratando de usarlos como los rehenes de la conveniencia y el apaciguamiento.

También hay que señalar que nuestro compromiso con la verdad no es negociable. Los ciudadanos venezolanos merecen tener líderes que no los abandonen, o que se lucren de la ambigüedad. Lo digo porque tenemos un buen número de diputados que no quieren volver al país, pero no aclaran por qué. Eso ha disminuido la calidad y eficacia de la acción parlamentaria, también muy cercada por la voracidad constituyente y el desplante de la guarnición de resguardo del parlamento que opera como sus carceleros. Lograr el quorum para decisiones especialmente demandadas por los ciudadanos es ahora un esfuerzo monumental, no solo porque desde hace tiempo las sesiones operan con un mínimo de parlamentarios, también porque los que no quieren regresar al país tampoco quieren que eso quede en evidencia.

Las relaciones institucionales del parlamento con el legítimo TSJ, ahora en el exilio, son solo aparentes. Ha sido la presión de los ciudadanos la que ha obligado a que respondan y decidan las exigencias procesales, pero lo hacen de mala gana, retardando las respuestas, y en privado burlándose de la pretensión de ser una institución valedera. Esa perversidad presumida y jactanciosa con que la directiva de la Asamblea Nacional maneja los asuntos del Estado también nos distancia. Porque ellos quisieran alineación en la complicidad y nosotros pretendemos alineación con el propósito de salir del régimen lo más pronto posible.

Cuando la deshonra de sus propias acciones los ha vaciado de respaldo popular, los partidos de esa oposición complaciente decidieron inventar la tramoya del Frente Amplio. O sea, ellos mismos, pero con un “escudo institucional” con escasa autonomía de criterios y en condominio de los mismos asesores y estrategas que se alternan entre ser la mesa técnica de esos partidos, y miembros de las comisiones de estrategia de las entidades patrocinantes. Son los mismos que han dirigido el fracaso político de los últimos veinte años.

Desde el Frente Amplio disparan esas obsesiones unitarias, pero desde los hechos cumplidos. Quieren que los demás, que son diferentes a ellos, se sumen incondicionalmente. Para ellos la práctica de la unidad es con ellos, con sus definiciones estratégicas, su caracterización de la realidad, sus derrotas disimuladas entre la lástima y el patetismo, y con los mismos estrategas que han asegurado derrota, vergüenza ciudadana y tiempo al régimen. Este es el único país donde los errores se pagan con nuevas oportunidades. Y donde la unidad significa la amalgama espuria de la paja y el trigo en un haz inconveniente que todo lo daña.

Hay que decir que esa coalición tiene como común denominador el que todos, absolutamente todos, son socialistas, patrimonialistas y estatistas. Todos, partidos e instituciones que los respaldan, viven de la nostalgia de una izquierda fracasada y la ansiedad de volver a tener un gobierno que intervenga el mercado, regule la propiedad, juegue al populismo, y permita una extensión de esta tragedia, pero almibarada por el goce de ser ellos los que están al frente. Nosotros, los que no somos de izquierda ni coqueteamos con el socialismo, o por lo menos sabemos que esa no es la receta que necesita la recuperación del país, somos vistos con recelo y suspicacia.

Llegado a este punto deberíamos tener un acuerdo mínimo sobre la imposibilidad e inutilidad de unirnos al error y a la contumacia. Ellos no quieren el fin del socialismo sino un pase de manos. Por eso se resisten a reconocer su fracaso, su crueldad, su colapso. Ellos quieren el mismo formato para ser ellos los populistas, distribuidores imposibles, opositores irredentos del mercado, y todos ellos usufructuarios amorales de la renta nacional, mediante cuotas de poder y contratos que mantengan esa nómina partidista y sostengan ese discurso irresponsable amplificado por un establishment de intelectuales y periodistas prestos a participar de la rebatiña.

Por eso nosotros no creemos en esa unidad mondonguera, preferimos claridad estratégica, firmeza en los propósitos, e integridad en los principios. Así que exigirle a María Corina Machado y al resto de la coalición de Soy Venezuela que trajinen esa complicidad connivente es tiempo perdido. Eso sí, los que estén claros, los que quieran abandonar la tragedia de la connivencia, que vengan y se sumen, como lo han hecho muchos, sin pescueceos ni egos insuflados, porque la causa de Soy Venezuela es una patria libre y próspera, la Venezuela tierra de gracia que todos merecemos, donde todos, a partir de nuestro esfuerzo productivo y en libertad, logremos prosperidad y felicidad, eso sí, sin olvidos, sin revanchas, pero con justicia.

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