Aquí se habla libertad

En Venezuela, no es solo el régimen de facto al que no le gusta la contradicción

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Este es un homenaje a la libertad de expresión. (Foto: Flickr)

Recientemente escribí un artículo llamado «Venezuela, la irrelevancia contumaz«. Allí planteé la tesis de que una presidencia simbólica, si no tenia definido un curso estratégico que rápidamente resolviera la dicotomía régimen de facto-gobierno legítimo, estaba condenada al desgaste y a la irrelevancia. Fue un análisis que va a contracorriente del deseo convencional de que todo salga bien, aunque se hagan las cosas mal.

Los deseos no empreñan. O hacemos lo debido, o ese «vamos bien», que se ha convertido en un santo y seña de los dedos cruzados, de los buenos deseos más que de la evidencia, al final va a provocar una tragedia de decepciones. Contra eso precisamente quisimos advertir desde un artículo de opinión. Sin embargo, alrededor de lo que dije se constituyeron cuadrillas militantes de la negación, dedicadas a penalizar cualquier otra conjetura sobre la suerte del país. Y por supuesto, tratando de matar al mensajero porque no pueden procesar el mensaje.

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Reconozco el derecho de la gente a creer en cualquier cosa. Incluso, comprendo que en momentos tan difíciles necesiten aferrarse a cualquier clavo que sobresalga en esta pared de nulidades en la que lamentablemente se ha convertido el país. Cada uno tiene el perfecto derecho a ir cediendo la lucidez por pedacitos y en las pequeñas cosas, pero yo me reservo la posibilidad de advertir que por ese camino cualquiera puede terminar perdiendo el sentido de realidad. Si lo que quieren algunos es vivir la fantasía de una posibilidad inexistente, tienen todo el derecho a la alucinación, pero no deberían tratar de extinguir a los que quieren hacer otra cosa.

Porque la realidad sigue allí, impugnando los buenos deseos y los dedos cruzados. Avanzando aterradoramente hasta dejar sin posibilidad alguna cualquier wishful thinking organizado socialmente. No sería tan malo el deseo insensato si no estuviera acompañado por una perversa obsesión para eliminar los disensos. Hace unos años escribí un par de artículos sobre lo que los expertos llaman «el síndrome del pensamiento grupal» que tantos fiascos produce.

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¿Qué es un fiasco? Es el resultado de errores de cálculo y/o de errores de juicio que son producidos y estimulados por ciertos tipos de grupos que niegan cualquier posibilidad de crítica y que por lo tanto se van aislando hasta el punto de provocar su propia catástrofe. La incapacidad para apreciar todas las aristas de la realidad, y creer que el esfuerzo y los sacrificios asociados tiene el mérito de la eficacia, al final puede hacer que todo fracase.

No hay, empero, ningún proceso maléfico en el medio. Todo lo contrario. El «síndrome del pensamiento grupal», que provoca estos desastres organizacionales, sociales o políticos, es el resultado del esfuerzo legítimo que hacen los líderes para cohesionar sus equipos, evitar los trastornos de las discusiones interminables y el afán de sustituir la crítica pertinaz por el sosiego de los consensos, acertados o desacertados. Pero también es el saldo innegable de personalidades autoritarias o de los que tienen sus propias agendas y están atentos a cualquier perturbación de sus propios planes. Esa es la tragedia de este tipo de conductas que, pretendiendo la virtud, rápidamente cae en el vicio de la obcecación.

Lo cierto es que ocurre una disfunción que puede llegar a ser muy perversa, cuando este tipo de grupos con capacidad de influencia o de tomar decisiones llega a pensar que la unanimidad es el único objetivo valioso, y que por lo tanto cualquier conducta que afecte la lealtad entre ellos es poco menos que una conspiración. Cuando eso ocurre todos comienzan a experimentar presiones crecientes para callar o sofocar cualquier intervención que contravenga estas aquiescencias narcisistas, y todos, por lo tanto, terminan contribuyendo con el deterioro de la eficiencia para tomar decisiones valiosas, la invalidación sistemática de la realidad y la evitación casi metódica del juicio moral que ponga en peligro la propia versión que ellos tengan de sí mismos y de los resultados que supuestamente van obteniendo. El resultado no puede ser otro que grandes errores y pobres resultados. Esto ya lo advertí para el caso venezolano entre el 2011 y el 2012. Y lo hice porque parece una constante en la lucha política venezolana.

Pongamos ejemplos. En un chat que comparto, al filo de la medianoche de hace pocos días, me encuentro con este mensaje: «Me preocupa sobremanera que con lo que estamos viviendo, sufriendo y luchando por salir de esta tragedia, se escriba un artículo así… Pero bueno, cada quien es dueño de su opinión…». Se referían a mi artículo «Venezuela, la irrelevancia contumaz», y lo hacían sin decírmelo directamente, como si yo no fuera parte del coloquio.

Pero volvamos al mensaje, que por cierto no fue el único. Yo ya estaba en cuenta de que en otros dos chats estaban haciendo comentarios del mismo tenor. Efectivamente, cada uno es dueño de su opinión, y también titular de su trayectoria. Porque de lo que se trataba era de intentar diferenciar lo que se decía de la condición de quien lo decía. Ya que no podían o no querían debatir el fondo del asunto, trataban de aclarar y dejar por sentado que quien decía, en tanto decía lo que decía, no tenía nada que ver con ellos, ni como persona ni como grupo. Que, si no se podía, o no se quería rebatir el argumento, por lo menos se podía advertir que la membresía estaba condicionada a volver al redil del pensamiento convencional. Y eso, una y otra vez.

Por lo tanto, debo dejar por sentado lo que es obvio. Primero mi trayectoria. Yo fui (pasado del verbo ser, enunciado en primera persona) director ejecutivo de una cámara empresarial por 14 años y 9 meses. Obviamente no soy su vocero, ni probablemente comparta buena parte de lo que ahora piensan y hacen. También yo soy (presente del verbo ser, enunciado en primera persona) miembro de la junta directiva de un think tank que difunde y cree en las ideas de la libertad. Otra obviedad, no hablo en nombre de esa institución, que tiene sus voceros. Como le pasa a todo el mundo, uno es muchas cosas en la vida, que se asumen dentro de una lógica del pluralismo y el respeto por el otro, y la libertad que significa tener que tolerar a los demás en sus flancos disidentes, sin que ni siquiera se piense en el peligro de ser objeto de una cacería de brujas. Pero las hay.

Esto lo debo decir porque el artículo de marras finalizaba, como es costumbre en el portal, presentando al autor con dos o tres atributos y pertenencias. Igual hubiesen podido dar otras señales, pero dieron las que dieron, y esas provocaron el escándalo de las filacterias ensanchadas y los flecos en los mantos de quienes se pretenden cátedra y juicio final. Desde aquí pido al portal que a partir de ahora coloquen solamente mi nombre y apellido, porque vivimos épocas en las que «mono no carga a su hijo, y si lo hace es por un ratico». A ver si así se aventuran a debatir y no a perseguir.

De más está decir que hoy soy un individuo supuestamente peligroso para quienes hasta ayer era fraterno y coincidente. A veces siento esa soledad existencial que tanto hizo reflexionar a Juan Pablo II. Sin duda es una forma de sufrir. Lamentablemente son los tiempos que corren, y mejor acostumbrarse que andar penando por aquellos que han decidido «mirar la oscuridad que ven los ciegos», como fraseó con tanta belleza Shakespeare.

Porque cada uno tiene derecho a expresar su particular mirada sobre la realidad. No invoco para mi ni para nadie la exclusividad del acierto. Prefiero el debate abierto, sin la maña de las supuestas conveniencias. Y si se trata de señalar, bien vale la pena intentarlo en público. Pero tratar de negarme lo que fui por tanto tiempo, aplicándome el castigo romano de la damnatio memoriae, o intentar el deslinde de la conveniencia, algo así como «el no es lo que es, aun siéndolo, y mientras nosotros tengamos que soportarlo, porque llegará el momento en que no lo sea más», me resulta una forma de persecución y de censura de las que quiero dejar constancia, con la obviedad de volver a insistir en que si dije algo, lo hice en mi nombre, asumiendo por tanto absoluta, exclusiva y plena responsabilidad.

En los últimos días se ha venido incrementando la cultura de la negación y de la censura. En Venezuela no es solo el régimen de facto al que no le gusta la contradicción. Lo mismo hay que decir de una oposición institucional y alineada que considera traición cualquier pensamiento disidente. Lo sorprendente es que posturas tan extremas son enarboladas por los que se llaman a sí mismos «moderados». Y que las víctimas sean los que ellos han denominado radicales. Esas inconsistencias son propias del síndrome que hemos comentado.

Finalmente quiero hacer un homenaje a la libertad de expresión y al derecho que todos tenemos de practicarla. El que algunos pretendan conculcarla en nombre de un bien superior es colaborar con el eterno retorno a ese autoritarismo que no nos deja avanzar. Los que andan en eso no caen en cuenta que así comienzan todas las dictaduras, porque no son solamente los caudillos los culpables, sino esa persistente cultura autoritaria que practica la superchería policial, buscando quién dijo qué cosa, y en nombre de quién lo dijo.

Para resolver cualquier conflicto moral bastaría con conocer la diferencia entre las posiciones institucionales y las opiniones, que siempre son personales. Los que aman la libertad, de suyo aman y respetan la dignidad de la persona, su derecho a disentir, y la expectativa socialmente pactada, de no temer a ser diferente, y por eso no sufrir ningún castigo.

Recuerdo que Sócrates, en su apología, intentó defenderse en vano del castigo terrible que lo llevó a cometer suicidio para evitar el ostracismo. Al ir leyendo el texto uno nota que se sintió adolorido por las calumnias de las que fue víctima, por parte de quienes eran sus conciudadanos. Dijo que, de todas las calumnias, la que más le había sorprendido era la prevención que algunos habían hecho para que el pueblo esté muy en guardia con el fin de no ser seducidos por su elocuencia. Sócrates no se creía especialmente elocuente, «a menos que llamen elocuente al que dice la verdad». Y ese es el problema desde el principio de los tiempos, tememos a la verdad, castigamos al que insiste en invocarla, y practicamos la necedad, incluso al punto de preferir aplaudir las magníficas vestiduras de un emperador que anda desnudo por las calles, exhibiendo sus impudicias.

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