Venezuela: hechiceros y sociedad de cómplices

La sociedad de cómplices repudia hacerse las preguntas y recibir las respuestas. Es un colectivo que apuesta a la síntesis de la contradicción, que prefiere cerrar los ojos a sus corruptos

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Ayn Rand denuncia la apatía y la falta de compromiso en la sociedad. (Foto: Flickr)

El célebre libro El nuevo intelectual, de Ayn Rand, comienza con una frase que no tiene desperdicio: «Cuando un hombre, una corporación o una sociedad entera se acerca a la bancarrota, hay dos cursos que los involucrados pueden seguir: pueden evadir la realidad de la situación, y actuar frenéticamente, a ciegas, siguiendo la conveniencia del momento (sin atreverse a mirar hacia adelante, deseando que nadie diga la verdad, pero esperando contra toda esperanza que algo los salvará de alguna manera) o pueden reconocer la situación, revisar sus premisas, descubrir sus activos ocultos y comenzar a reedificar». La sociedad de cómplices corresponde a la primera alternativa.

¿Qué conspira contra un régimen de libertades? ¿Cómo dejamos nuestros países en manos de los peores? ¿Cómo se llega a la condición de devastación extrema a la que ha llegado Venezuela? El país se vació de ciudadanía, dejó de tener apego por su futuro, se asoció a cualquier tipo de saqueo, aplaudió la rebatiña, y la máxima ética de la mayoría tenía como meta el colocarse en lugar preferido, privilegiado para desolar, sin importar por eso la amoralidad inmanente a la decisión y a la condición, que el acceso supusiera el tener que pactar y asociarse con los peores, supuestos adversarios formales, pero en realidad accionistas del mismo proceso de desafectación de los bienes públicos. El país nunca fue visto en perspectiva, y al carecer de sentido histórico, daba lo mismo saber o no saber la condición y posición de los actores políticos. De donde venían, el origen de su fortuna, y tantos «¿por qué?» que eran obsesivamente ocultados, evadidos, negados e ignorados para no dañar la trama o la expectativa de acceder a la mina.

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Ayn Rand denuncia por eso la apatía, el cinismo trasnochado, la falta de compromiso y el tono evasivo y culpable de los que deberían estar atentos a la realidad y no a las apariencias. Emperadores desnudos blandiendo sus impudicias con el condescendiente aplauso de los que se arremolinan para ser beneficiarios de sus limosneros, muy poco dados a decir lo que todo el mundo piensa: este también es un corrupto, un saqueador contumaz, un político perdido para las buenas causas, que no tiene como justificar su nivel de vida, cuya conducta errática solo puede ser bien interpretada si lo colocamos al otro lado, como parte de los que patrocinan y colaboran con la opresión y la servidumbre. Son los tornillos que ajustan esas bisagras que cierran las puertas a la libertad y confinan al país a vivir al margen.

Venezuela vive la bancarrota de una sociedad de cómplices que crece y prospera a la sombra del socialismo del siglo XXI, un sistema complejo de relaciones sociales malévolas. Jorge Etkin (1993), estudioso de los sistemas perversos y de la corrupción institucionalizada, nos advierte que el desafío es conocer y vencer sus representaciones en cuatro dimensiones de las relaciones sociales.

La primera dimensión se refiere al plano de las situaciones mal planteadas. Un país, un régimen usurpador que tiene todavía el monopolio del uso de la fuerza, que contrasta con la legitimidad de una presidencia interina cuya plataforma institucional es una Asamblea Nacional perseguida y asolada por la tiranía. De un lado la ferocidad del bárbaro totalitario, del otro la fragilidad y a la vez la fuerza de un esfuerzo originalmente dirigido para restaurar la legalidad. Un conflicto que no se puede resolver en los márgenes de la connivencia, que es imposible solventar mediante un diálogo que privilegia las votaciones como solución, sin antes consolidar el rescate de los máximos institucionales que posibilitan elecciones libres. Motivos y fines que no son los declarados formalmente hacen presencia para obligar al naufragio. Socialistas tratando de rescatar el socialismo, relaciones especulares tratando de proyectar ese compadrazgo quebradizo a todo el país. El error está en eso, en pretender una simbiosis que no es tal, porque lo que está planteado es dejar correr el tiempo, obligar al desgaste del más frágil, compartir los costos y pérdidas sociales, y al final intentar quedarse con todo.

La segunda dimensión tiene que ver con procesos mal diseñados. Un Estado interventor proclive al saqueo produce una sociedad de cómplices. El Estado venezolano, patrimonialista y monopolizador de las riquezas del país, se vincula con el ciudadano en términos de supra-subordinación. Ellos son los mandantes y los demás somos sus siervos, que debemos sobrevivir entre la petición regia y las escasas posibilidades para el emprendimiento. Al final se produce la bancarrota que se carga sobre los ciudadanos, eximiendo de todas las culpas a los que han detentado todo el poder. El socialismo deslinda indebidamente el poder de la responsabilidad. Y a los políticos los releva de cualquier escrutinio de los medios y fines. Por eso los hay corruptos que invocan la necesidad de actuar así para combatir la corrupción. No logran entender que no se puede ser y combatir el ser a la vez, sin caer en esa inconsistencia que los muestra tan impávidos como fraudulentos. Operan como encomenderos degradados, que no rinden cuentas, no sienten que tienen compromisos con sus bases políticas, y creen que el país se lo pueden llevar como se lleva una pieza de pan debajo del brazo.

La tercera dimensión donde se abona la perversidad son las pautas de relación. Digámoslo así: el compadrazgo, la cultura de la adulación al jefe, la estética del «comandante en jefe», las relaciones clientelares, el Estado interventor y rapiñero, las expoliaciones a los derechos de propiedad, la cultura de la coima, el soborno y la extorsión, la negación del mérito, el discurso populista y la ética de la irresponsabilidad colectiva son el caldo de cultivo en el que se desprecia el trabajo productivo, la creación capitalista de la riqueza, la superación de la lógica del minero, y el desapego brutal a las instituciones como referentes universales que rigen conductas y roles. Todas estas «conductas» se retroalimentan unas con otras hasta producir estos estados fallidos que, sin embargo, tienen base social de apoyo, porque sus dirigentes no cesan de recrear el circo, no dejan de sembrar la falsa esperanza de que todo es posible, incluso el estado mágico donde sin trabajar se produce renta y no inflación desaforada.

La cuarta dimensión es la institucionalización de la institución perversa del totalitarismo socialista como orden social irrevocable. Volvamos a Ayn Rand para que nos preste dos arquetipos que son necesarios presentar para comprender esta dimensión. Todo socialismo es un acto de fuerza bruta contra las instituciones democráticas. El titular de todo socialismo real es un bárbaro que no respeta ninguna otra cosa que la fuerza como mecanismo de dominación. Dominar para obtener la servidumbre universal es su meta de corto plazo, que intenta con odio recalcitrante contra todo lo que se le oponga, sin importar los costos que por eso deba asumir. Aspiran a ser ídolos y se convierten en dioses de su propia religión.

A su lado siempre veremos a los hechiceros, los místicos que tergiversan la realidad, los que inventan falsas historias, los que ocultan la verdad, los que avalan falsos procesos, los voceros de la brutalidad, los que doran la píldora, y los que hacen las veces de la decencia institucional como montaje de opereta. Su visión del universo no concibe otra cosa que la destrucción. Nunca piensan en crear, solo en apoderarse de algo.

La cultura del caudillo omnipotente, que no le hace falta derecho ni límites, que viene a resolver entuertos y a refundar la república se fundamenta en una condición de postración social que permite su trágica recurrencia. Una y otra vez el culto a la personalidad, el endoso automático, la solidaridad ciega, el respeto sacrosanto por la investidura y el uso de la propaganda, la mentira y la tergiversación como murallas y barreras, proporcionan al error totalitario nuevas oportunidades de resurgir. América Latina tiene poca inmunidad, por eso siguen al acecho ladrones convictos y confesos, asesinos obvios, esperando la nueva oportunidad que le da una ciudadanía que recurrentemente se siente en bancarrota y opta por la evasión del populismo autoritario.

La recurrencia autoritaria, que además es mutante, requiere de tres coincidencias. La presencia de un demagogo populista que es rápidamente idealizado como invencible, omnisciente, predestinado y capaz de todo con tal de hacer realidad su discurso. Requiere asimismo la presencia de una ideología del saqueo y de unos ideólogos expertos en la tergiversación y la mentira. Estos son, ya lo hemos dicho, los hechiceros misticistas presentados por Ayn Rand como arquetipo inseparable del bárbaro. Y la tercera, una sociedad que se deja seducir, que tolera lo intolerable, que permite y cede espacios a la barbarie, que niega la realidad y que prefiere caer en los brazos del abismo antes que asumir su responsabilidad histórica.

La sociedad de cómplices repudia hacerse las preguntas y recibir las respuestas. Es un colectivo que apuesta a la síntesis de la contradicción, que prefiere cerrar los ojos a los corruptos cuando son los suyos los que se corrompen, que se pierden en el laberinto de las responsabilidades y terminan yendo contra el que se atreve a denunciar las desnudeces del emperador que anda impávido, creyendo él y obligando a creer que la realidad no existe, solamente la versión oficial, así sea tremendamente brutal la disonancia. En una sociedad de cómplices la decencia es vista como un mal augurio, la denuncia es un delito y la incomodidad que provoca la verdad es insoportable.

Venezuela vive su peor momento. Los indicadores sobra, pero voy a dejarles uno: este portal, PanAm Post, publicó un artículo de Orlando Avendaño en el cual se denuncian y se presentan pruebas sobre un caso de corrupción de uno de los partidos tradicionales. La respuesta que ha tenido del establishment es una demostración de lo que sostengo en este artículo: a ellos les importa menos la verdad que la salud de sus relaciones de complicidad manifiesta o latente. Por eso las acusaciones al portal y a los periodistas, que contrasta con lo que debería provocar verdadero e intenso asco moral: que la corrupción campea más allá de las murallas del chavismo, o si se quiere decir de otra forma, que el chavismo corrupto se extiende más allá de los confines explícitos del régimen y por lo tanto, que el enemigo duerme con nosotros.

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