Los farsantes

Entre el farsante y el que se deja embaucar hay una conexión íntima. El uno sin el otro no sobrevive. Tal postulado también se aplica en Venezuela

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La cultura política de Venezuela beneficia al «vivo», al farsante. (Foto: Parlement européen)

Un farsante es aquel que finge lo que no es o lo que no siente. Y lo hace para lograr un propósito que no puede ser bueno porque desde la mentira no se construye nada que pueda ser virtuoso. Tal vez por eso el octavo mandamiento exige «no levantar falsos testimonios ni decir mentiras».  Hay farsantes que se reinventan como mito de sí mismos, exageran sus propias condiciones y ofrecen fraudulentamente una narrativa o unos resultados que son imposibles, pero con el cual logran embaucar a los más incautos. Hay otros que enarbolan falsas soluciones políticas detrás de las cuales encubren pactos secretos inconfesables como la repartición indebida del poder, la expoliación de la legitimidad y el derecho de los ciudadanos a vivir en libertad y elegir a sus mandatarios con garantías de respeto de su decisión. En el socialismo abundan expresiones matizadas de ambos tipos.

El ejercicio maduro de la ciudadanía tiene que estar prevenido contra la doblez. José Luis López Aranguren aludía con esa palabra a los que «obran con astucia, dando a entender lo contrario de lo que se siente» como cuando un político jura solemnemente hacer una cosa cuando en realidad hace otra absolutamente diferente. Hay culturas políticas, como la que priva en Venezuela, donde se le rinde homenaje al «vivo», al «pájaro bravo», una forma de hacer las cosas donde todo es relativo, porque lo que se celebra es el sacar ventaja, el subvertir la ley y el practicar la fuerza de los hechos cumplidos. Es la jungla donde el abusador reina en la cúspide de la pirámide de los depredadores, saliéndose con la suya, sin importar las formas, los cómo ni los por qué.

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En estos casos los medios y los fines pueden estar totalmente desconectados moralmente, todo vale la pena intentarlo, y nunca se es plenamente responsable de las consecuencias de los propios actos porque «aquí, en estas condiciones, nadie puede comportarse honorablemente». Esa es la justificación: todos somos iguales, todos sacamos provecho, y el que no lo hace, es un tonto redomado (que en el caso venezolano se les llama «pendejos»).  Axel Capriles nos regala una precisión que es indispensable para nuestros efectos: en cuanto a la figura del pícaro, «si el héroe remite a códigos de honor y dignidad, a gestas valerosas e ideales excelsos, el pícaro nos lleva a lo más bajo, nos hunde en la miseria, en el engaño, en la mentira y la deshonra». Y así nos sentimos todas las veces que vemos que el escenario político está lleno de sobrevivientes, rufianes y cínicos que no tienen peso, que son tan leves como su falta de integridad y tan tibios como su propia incapacidad para tomar una decisión con rectitud.

Debo decirlo, el trato ofrecido por los negociadores del presidente Guaidó en la mesa de diálogo establecida con el régimen usurpador bajo los infames auspicios del reino de Noruega, es una demostración terrible de lo dicho: habiendo jurado defender el estatuto de la transición que es ley de la república, negociaron sus supuestos bajo los infernales tonos de unas votaciones pactadas donde el que debería presidir la transición estaba dispuesto a entregar el poder a una junta en la que supuestamente iban a estar unos y otros, supuestamente equilibrados por los mismos militares que hasta la fecha han sido incapaces de garantizar la mínima probidad y que todos los días juran varias veces ser revolucionarios, socialistas, chavistas, maduristas y recalcitrantemente antidemocráticos.

El haber pensado en esa propuesta, mejor dicho, el haberlo dado por sentado, es perjurio contra la decisión innegociable de la asamblea nacional que lo designó como presidente y lo proveyó con un estatuto donde eso no estaba de ninguna manera previsto. Y los ciudadanos apoyamos esa decisión sin incisos, y en ningún momento lo empoderamos para esas decisiones que, casualmente, parecían convenirle a él, transformado en candidato supuestamente popular e imbatible. ¡Tío Conejo al acecho! pero creyendo que iba por lana, otra vez salió trasquilado.

Porque el pícaro está allí, creyendo que, por la vía de la violación de la ley, por la ruta de torcerle el pescuezo al estado de derecho, de violar los pactos, de decir una cosa y hacer otra, puede sortear obstáculos de la magnitud del ecosistema criminal que además confunden con fiel y leal interlocutor. Detrás de esa locura está la preminencia de un arquetipo que pretende la trampa, el juego de manos y el falso heroísmo del que sostiene que él si puede hacerlo porque la fortuna está de su lado. Aclaremos de nuevo por la vía de la reiteración: el presidente Juan Guaidó, su presidencia interina, está regida por un acto normativo llamado «estatuto que rige la transición a la democracia para restablecer la vigencia de la constitución de la república bolivariana de Venezuela». Dicho estatuto fue decretado por la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, con base en los artículos 7 y 333 de la Constitución. Eso ocurrió el día 5 de febrero del año 2019. En su artículo 4 dice: «el presente estatuto es un acto normativo en ejecución directa e inmediata del artículo 333 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Los actos dictados por los órganos del Poder Público para ejecutar los lineamientos establecidos en este Estatuto también están fundamentados en el artículo 333 de la Constitución y son de obligatorio acatamiento para todas las autoridades y funcionarios públicos, así como para los particulares». Ni el presidente Guaidó, ni la Asamblea Nacional, ni los diputados de esa asamblea constituidos como comisionados y negociadores, ni nadie puede violar la ley, y el estatuto es una ley.

El pícaro, ese «pájaro bravo» tiene alas cortas y metas más cortas aún. En su momento denunciamos que lo que verdaderamente movía a Guaidó era ser candidato a unas votaciones cuyo triunfo lucía imposible. Pero así se comporta el «tío conejo arquetipal», intentando lo imposible para ver qué pasa, con la ligereza del temerario que despacha sus asuntos con un «y luego vemos la próxima jugada» en la que son capaces de «volver a jugarse a Rosalinda», como se plantea en el poema de Ernesto Luis Rodríguez.  Nada más y nada menos que la chifladura de jugarse en «la ley de un par de dados» lo que no se puede apostar, lo que no se debe ofrecer, lo más valioso luego de haberlo perdido todo, pero que sin embargo se asume como riesgo propio y de cualquier manera «se la juegan a un indio bravo». La celebración de la más absoluta y repudiable irresponsabilidad está en los tuétanos de nuestra cultura, carente por esas mismas razones del estoicismo republicano, de los confines del derecho y de instituciones que rijan con justicia y sin oprobio el destino del país. Nadie puede celebrar la enajenación política. Y nosotros debemos decir que hay más de un loco suelto.

En esta oportunidad también debemos hablar de una clase especial de farsantes que tiene que ver con lo que se conoce en Venezuela con «la falsa oposición» que, al tratar de definirla coincide al calco con las dos acepciones del concepto: fingen para cometer fraude y también son actores que desempeñan un papel dentro de un guion generalmente escrito por otros. En el caso que nos atañe, parecen gozar de ciertos privilegios e inmunidad al ser las dos cosas. Hay gradaciones, pero todos en ese grupo coinciden en un interés particular en hacerse pasar por lo que no son, especie de agentes dobles, tal y como se describen en el capítulo XIII de El arte de la guerra de Sun Tzu, y quien sirven mejor a quienes les pagan más.  Estos espías además se prestan para ser los actores de reparto de una puesta en escena donde, con la frialdad propia de un impostor, asumen y recitan las líneas que les corresponden. Aquí el Tío Conejo se convierte en el amigo incondicional que apuesta a la lealtad del que no está dispuesto a dársela, y por eso sale escaldado.

El problema de fondo es que esa «falsa oposición» mantuvo un maridaje incestuoso con la otra que se dice «verdadera». Todos jugadores y fanáticos de los mismos medios y probablemente de los mismos fines. Todos cultores de los mismos procesos de diálogos y beneficiarios del aplauso de los que resultan ser tribuna de incautos y claque debidamente almibarada, víctimas de esa «pirámide de ponzi» aplicada a la política donde la estafa está a la vuelta de la esquina, y sin embargo es tan intensa la pulsión que todos siguen jugando al despeñadero sin pensar en que los únicos resultados posibles implican la pérdida de Rosalinda, toda ella, todos sus bienes, todas sus oportunidades, todo su futuro.

Todos los impostores se lucran del buenismo venezolano, los que se creen impostores y los que aun siéndolo no se conciben como tales.  Todos apuestan a «la cara de bueno» que tienen los líderes sin recordar lo que advierte el viejo adagio castellano, «ojos vemos, corazones no sabemos». Algunos llegan incluso a apostar a esa mirada salvífica, otros afirman que preguntar mirando a los ojos no deja dudas a la veracidad de lo dicho. Ninguno quiere pensar en la posibilidad de que eso que ven es solamente una mascarada, y que lo que ellos dan por bueno no es otra cosa que el signo externo del tonto, del débil, del pusilánime, o del perverso. Y hacen daño porque desmoralizan. Y aquí una paradoja. No desmoraliza el régimen, que ya sabemos bárbaro, sino el que siendo uno de los nuestros, se presta para la farsa y la conscupiscencia con su trajinar de violento saqueo. Desmoraliza el que ellos jueguen indebidamente a la tolerancia democrática cuando ellos son los cultores del déficit agudo de democracia y los concomitantes excesos de totalitarismo socialista que sufrimos todos. Se comportan como señoritas, pero en realidad son rufianes que se pagan y se dan el vuelto en un minueto bufón y desvergonzado, hasta que el depredador que está detrás de toda la farsa aprovecha para dar el zarpazo.

Lopez Aranguren, el filósofo que nos acompaña en este artículo, nos impugna también a nosotros, porque de alguna manera somos patrocinantes de los farsantes. Él dice que el discurso de la mentira «es co-discurso en el con-texto de lo que suele entenderse por engaño». Porque entre el farsante y el que se deja embaucar hay una conexión íntima. El uno sin el otro no sobrevive. Por eso tengo que hacer una apelación al sentido de realidad como obligación imperativa en estos momentos tan duros. Nos dejamos engañar, concedemos demasiada confianza con inusitada rapidez, no nos gustan las malas noticias, preferimos al Tío Conejo en acción, sin pensar que no hay uno solo, y que el más experimentado tiene y usa la fuerza, el chantaje, la extorsión y la manipulación a discreción, mientras que el otro se las cree, cae en la tentación y es arrastrado al pacado de la soberbia, productor inagotable de ángeles caídos en desgracia. ¡Contra los farsantes, sensatez! Es el único antídoto.

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