La extenuante dificultad para realizar

Los dirigentes venezolanos se bambolean entre un pasado en el cual ratifican su condición de privilegio y un futuro con el cual no asumen el compromiso con el presente

Venezuela
A los políticos de Venezuela les hace falta verdadero sentido estratégico. (Foto: Flickr)

San José de Costa Rica. Febrero de 1953. Un intelectual y político trujillano terminó de escribir un doloroso ensayo que tituló “La traición de los mejores”. En su presentación planteó un dilema crucial de nuestra tragedia, porque “al lado de los afortunados constructores de las obras materiales, por muchos tomadas como testimonio de nuestro progreso nacional, precisa, también, y aun con mayor urgencia, la labor sencilla de quienes procuran que, junto con los grandes materiales, se abran caminos por donde vaya la realización del humano destino de libertad y de decoro que persigue la cultura universal. De nada sirven vías y palacios por donde transitan y donde viven hombres sometidos a la tortura del miedo y de la persecución”. Ya no somos ni eso.

Mario Briceño Iragorry vivía uno de sus tanto exilios, esa vez por la dictadura de Pérez Jiménez, en la que contrastaban la modernización aparente de un país que, sin embargo, escondía detrás un secreto vergonzoso, la represión, la tortura y la aquiescencia servil de sus clases dirigentes.  Si viviera ahora, haría de las ruinas de nuestra infraestructura un señalamiento todavía más profundo sobre nuestra responsabilidad en el hundimiento del país que alguna vez presentimos como una posibilidad. Su recuento histórico nos hace caer en cuenta de esa comodidad irresponsable que ha sido asumida como un fin para sí por quienes debían y podían liderar la liberación del país. Y eso, una y otra vez, sin solución de continuidad, porque los supuestamente mejores del país siempre terminan inmolando al país en el altar de una tiranía tras otra.

Sacar entre líneas el arquetipo del traidor al que alude el autor en su denso ensayo, nos conduce a reconocer ciertos rasgos que, traídos en su conjunto, conforman “un tipo ideal weberiano” que deberíamos tener presente. En los espacios donde se mueve “el mejor que traiciona”, ocurre una especial simbiosis entre el político (siempre un bárbaro que llega al poder y se lucra de la fuerza para repartir entre los suyos el botín de las finanzas públicas) y los intelectuales que, traicionando su propia condición, se dedican a lamer las botas del gobernante de turno, para enriquecerse y participar del festín de dádivas. Entre ellos hay ligazones de prepotencia, arrogancia, ambición, complejo de inferioridad, ansias desmedidas de lucro, despotismo pusilánime, la explotación del resentimiento de una igualdad que es irrealizable, el conformismo intelectual y el servilismo de los hombres de letras, y una única regla del juego, simple, procaz y desmesuradamente realista: la conformación de una oligarquía de contratos y porcentajes. El sueño no es la libertad ni la república. El sueño es mucho más descarado: «A mí, pónganme donde hayga [sic]». No hay ética cívica sino un reacomodo constante, un surfear perenne sobre las olas del poder, para seguir siendo un privilegiado de la mediocridad, sin pensar en la suerte de la nación.

Por lo tanto, la primera respuesta a la pregunta sobre la esterilidad de cualquier plan para el cambio de situación, para salir de esta tribulación totalitaria, es tan sencilla como que “nadie está verdaderamente interesado en hacer la ruptura con un ecosistema de relaciones especializado en el saqueo secular de las rentas nacionales, que pide ignominiosa adulación, y que permite a todos doblarse para no partirse”. Aquí hay un juego simulado que nos ha mantenido en el foso por más de veinte años, con el mismo elenco y un único guión posible que varía sin salirse de la trama, dependiendo de las circunstancias.

La segunda respuesta es concomitante a esta. “El venezolano se preocupa, pero no se ocupa”. Sufre de una ainstrumentalidad que le impide pensar estratégicamente y llevar a buen término sus planes. Prefiere improvisar, es efectista, se especializa en jugadas de corto alcance, y al final no llega a concluir el juego. Una tercera explicación es que no ha aprendido a usar el poder como forma de realizar sus ideas, sino que lo exhibe pompósamente. Para los venezolanos el poder es un atributo de reconocimiento, y de ninguna manera lo concibe como herramienta para lograr sus propósitos. Somos creación predilecta del rentismo. Dice Mario Briceño Iragorry que “para ellos el destino de la nación no es sino una ponderación mayestática del destino de sus negocios”.

Los dirigentes venezolanos se bambolean entre un pasado en el cual ratifican su condición de privilegio, y un futuro con el cual no asumen el compromiso con el presente. En Venezuela las ligazones son mafiosas, y son fáciles la creación de logias por apellidos, gentilicios, colegios y convicciones. Los acercamientos son tribales. La suspicacia surge con “los que no son de esta tribu sino de otra diferente”. Se recrea esa tentación mafiosa que encubre, protege y tolera los desmanes de los propios, mientras se critican virulentamente los ajenos. Lo imperdonable es la delación, la deslealtad, el cruzar la raya que pone en aprieto a los propios. Por eso la ética que se practica es la de los dos raseros. Su enunciado es el mismo para todos, porque lo común es la exclusión: “para los nuestros, todo. Para los extraños, nada”. “Todo es válido dentro de nuestra lógica”. De allí que los partidos sean conciliábulos y templos de auto adoración, donde lo más importante es el tribunal de disciplina.

Todos quieren el poder. Nadie quiere bregarlo. Todos suspiran por una aclamación, sin comprender que cualquier cosa semejante es producto del poder percibido. No se trata de simpatía. Es otra cosa diferente que primero infunde temor y respeto, y algunas veces algo de aprecio. Aquí, una charada de la fortuna, una jugarreta de dioses insulsos ha erotizado la política, y con eso ha perdido sentido para tornarse en confusión. Amor incondicional que facilita esa irresponsabilidad con el destino que caracteriza a unos y a otros. El poder lambucio y lamido, la preponderancia inútil de aquellos que no tienen escrúpulos ni coraje. El poder en Venezuela está siendo carcomido por las utopías irreflexivas que se provocan en un “estar concupiscente” sin consideración por el ser.

Porque al final todos circundan la lógica perversa de la mina que se tiene que explotar para los propios intereses. Esa mina que cierra cualquier oportunidad a la competencia, porque ya dijimos que se funda en una racionalidad excluyente. Esa mina que favorece los arreglos entre ellos, y que por lo tanto impide cualquier iniciativa de ruptura. Por eso, el lema del saqueo nacional es la unidad entre ellos, y la lamentable incapacidad psicológica de los que se presentan como alternativa para disolver el contubernio.

Este marco psicológico y social no da para otra cosa que para lo que tenemos. Los líderes están entregados a la alucinación de propuestas que no quieren realizar, y que prometen para el futuro. ¿No es así como funciona el comunismo? Un presente asqueroso pero que es la condición de un futuro luminoso. En Venezuela todos piensan de la misma forma, tal vez porque todos son genéticamente socialistas. ¿Quién encara el presente? ¿Cómo se encara el presente? ¿Qué se dice del presente?

Hay una perversidad en la lógica del marketing político que hace equivaler resultados a consignas. Esa “metafísica popular” por la que las realidades se decretan, y que por lo tanto “basta con enunciarlas”, no es otra cosa que una forma de evadir la realidad y sus dificultades. Lograr hechos políticos relevantes supone algo más que un buen volante o folleto, digital o no, es mucho más que una sonora consigna, un acrónimo feliz, o un ejercicio de visualización. Porque afrontar la realidad es quitarse las gríngolas de las clausulas condicionales y comenzar a preguntarse cómo es que se pueden lograr las metas.

A los políticos venezolanos les hace falta verdadero sentido estratégico. No importa si se la pasan hablando de eso, o si tienen una jerga sofisticada al respecto. A todos les luce casi imposible contar con una racionalidad de medios y fines. No son capaces de relacionar metas con el inventario de los medios que tienen a su disposición. Les falta humildad para valorar sus propias capacidades. No responden nunca al “cómo se va a hacer”. Se presumen estáticos y superavitarios, y por lo tanto reacios a cualquier escrutinio. De nuevo son víctimas del realismo mágico y por lo tanto adicto-dependientes de la buena suerte, elevada al nivel de milagro. Nadie mira a tierra. Todos están esperando a que caiga del cielo la oportunidad inesperada. Todos juegan al milenarismo apocalíptico. Todos rehúyen a los rigores de la sensatez.

Debo a Georg Eickhoff el hacerme saber lo que plantea Lawrence Freedman sobre estrategia y poder, como la capacidad de crear medios que no se tienen.  ¿Si no tienes los medios que se necesitan para lograr las metas, sabes al menos cómo se logran? Para eso los líderes venezolanos no tienen respuestas realistas sino quijotescas. Todos compraron el delirio épico como parte de un rol que ejercen con afán peripatético, todos terminan siendo exponentes del “no se puede y del conveniente secretismo, porque lo que no saben lo hacen pasar por “esa parte no se puede decir sin comprometer a todos”. Silencios, evasiones, excusas y petulancia que son el escudo detrás del cual se esconde una flojera mental y una inhabilidad fisiológica para encarar la realidad.

Hay preguntas cuyas respuestas son cruciales. Alguien tiene que exigirles que respondan de cara al país ¿qué es lo que queremos ver realizado? ¿cuáles son sus condicionantes internas e internacionales? ¿cuál es el tiempo en el que tiene sentido que ocurra? ¿cuándo se agota el tiempo, se pierde la jugada y la posibilidad de instrumentar esa iniciativa? ¿cuál es la magnitud de la alianza de intereses que se necesita para intentar la operación?

Esas preguntas solo son el comienzo de una moral política de interrogaciones que obliga al líder a poner los pies sobre la tierra. Otra interrogante muy importante exige que nos definan con absoluta claridad ¿qué es lo que estamos viviendo? Porque allí, en la caracterización precisa de la realidad comienza el deslinde hacia la negación, la evasión y la simulación de la lucha. Ya sabemos que hay un ejército “de esos mejores que traicionan” interesados, muy interesados en tergiversar la realidad, en crear confusión y en provocar tal nivel de caos en la significación que nos impida avanzar. El político que no tenga el coraje de llamar al pan, pan, y al vino, vino, tampoco puede presentarse al país con la credibilidad suficiente como para convocarlo a la movilización. Por cierto, no es cualquier movilización, ni cualquier respaldo, sino el que se necesite al objeto de los fines.

Eso nos obligaría a pasearnos por el tipo de liderazgo que se necesita para salir del desbarrancadero político en el que estamos. No es cualquiera, es el que necesitamos, dadas estas circunstancias. Nos guste o no. Porque no es un tema de amores y pasiones sino de razones. Necesitamos a alguien que sea capaz de decirnos la jugada en términos de ganancias y costos, y de tiempos y esfuerzos. Aquel que no sea capaz de hablar claro, demostrar compromiso y ser empático, no calza las medidas del líder que es necesario. Todos encubren los costos, por eso los pagamos con altos intereses sociales.

Lo mismo aplica sobre los requisitos del poder que se necesita. ¿Qué tipo de poder tienes? ¿Qué te hace falta en términos de poder? ¿Cómo puedes complementarlo? ¿Qué necesitas en términos de respaldo interno? ¿Qué requieres de respaldo internacional? ¡Todo no puede darse por supuesto! Tampoco el tiempo es infinito. Insisto, los políticos gustan de solazarse en sus espacios de confort, y concentran todo su hacer allí donde parecen disfrutarlo. No se trata de eso, sino de hacer lo debido para realizar el plan. Y en eso, los políticos venezolanos son francamente muy malos ejecutores.

Los líderes venezolanos renuncian a la política como estrategia, y desconocen la estrategia como un acto de conocimiento con métodos racionales. Y no pueden asumirlo porque el ecosistema en el que sobreviven esta signado por la adulación y el pensamiento único. No hay forma de auditar un plan si el grupo es refractario a la crítica, y al contraste con la realidad. Y a la preeminencia de unos factótum que se reservan siempre la última palabra.

Porque al final de lo que se trata es de articular bien la legitimidad de una idea, la capacidad de realizarla y el poder del líder para conducirla y llevarla a buen término. Un dirigente sensato, ante cada una de sus brillantes ideas tendría que responder, con toda la humildad del mundo, cuatro preguntas: ¿qué controla efectivamente? ¿qué no controla? ¿en qué ámbitos tiene alguna influencia? y en qué otros, no tiene ni tendrá influjo alguno.

La respuesta convencional no puede ser esa defensividad a ultranza que explica todo menos cómo hacerlo. Y que pretende que un manifiesto es un plan estratégico. Manifiestos que producen ansiosamente y que muchas veces contradicen el anterior.

Tenemos veinte años sufriendo las consecuencias de la insensatez, y los costos de “la traición de los mejores”. ¿No será posible enseriar la trama a partir de ahora? ¿Seguiremos condenados a gravitar alrededor de la irreflexividad y la falta de seriedad al momento de encarar la realidad?

Ojalá llegue pronto el momento de honrar las palabras de Mario Briceño Iragorry, y conjuremos el antipaís que hoy somos. Que venzamos y cambiemos este espacio en el que “las nobles causas han sido sustituidas por las apetencias vulgares” de quienes han hecho su medio de vida como felicitadores endebles y oportunistas que siempre están a disposición de las insensateces de los hombres fuertes, sin llevarles nunca la contraria, justificando todo, y sacrificando en el altar del vacío de realizaciones a todo un país que, mientras tanto, sufre y desespera.

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