La negación de la ideología

En socialismo el presidente es el alfa y el omega de todo. El sumo conductor, el imprescindible, la causa y el efecto, el que siempre tiene la razón

Monumento a Karl Marx (Flickr)

Llega un momento en el cual todo termina como debió preverse. La economía se viene abajo, y lo único que queda en pie es la certeza de que los socialismos siempre terminan mal. En ese momento, los coadjutores del proceso, algunos de ellos insólitamente cándidos, comienzan a decir que “esto no es socialismo, es otra cosa”. Y por esa vía, la idea del socialismo se salva nuevamente para que otros vengan, la invoquen y transformen su época y sus países en algo penoso.

Negar por lo tanto que las experiencias socialistas son eso, socialismo puro y duro, es una forma muy sofisticada y perversa de echarles una mano. Porque detrás de la represión de las libertades y el destruccionismo hay una idea de la política, del ejercicio del poder, y de la realidad, que son innegables. Y no solamente porque se declaran abiertamente socialistas, y con el mayor desparpajo, comunistas. No solamente porque sus íconos son el panteón de crueles tiranos que también fueron comunistas. No solamente porque su discurso usa todas las categorías marxistas, también son innegablemente marxistas porque la trama llega siempre al mismo sitio: la negación de la sociedad, la destrucción de la polís, y la instauración de un sistema de aniquilación de toda libertad y derecho. Y finalmente, todos se justifican diciendo que este es el necesario camino hacia una “sociedad luminosa” donde todos seremos felices e iguales. Como ya sabemos, ese futuro no llega nunca.

Lo que si llega es la dictadura totalitaria, que se propone crear “tierra nueva para un hombre nuevo” sobre la base del control total de la realidad a través de la planificación centralizada, la intervención del sistema de mercado (para que “se ajuste” al plan), el capitalismo estatal y su concomitante estatismo, y la apropiación de la propiedad privada y de su productividad, a través del control de todos los medios de producción. ¿Quiere saber si es o no marxista? Los marxistas son expoliadores de la propiedad ajena.

Detrás de toda esta aberración práctica hay un sistema de ideas, el marxismo, y un dios al que le atribuyen ser la fuente de toda verdad, Carlos Marx. El socialismo se pretende científico, repudia la supuesta especulación de los demás, y se sirven de dos o tres sofismas populares para convencer a las masas. Pero centrémonos en lo esencial. Como ideología se plantea ser la fuente única y exclusiva del conocimiento y, por lo tanto, el origen de la verdad. Ellos son los descubridores de una verdad que a su vez develan a los demás y la recrean constantemente. Para ellos, el origen de la propiedad es un robo. Por lo tanto, nadie merece lo que efectivamente tiene. Para ellos, las masas son engañadas y sometidas por un orden económico sostenido por los dueños del capital, por lo tanto, hay que destruirlos para allanar el camino a lo que viene después: la dictadura del proletariado, que es un eufemismo para declarar que ellos asumen el poder, y que no piensan soltarlo.

Los marxistas caen siempre en la contradicción de su propio análisis. Porque una cosa es criticar, y otra muy diferente es tener el poder y querer realizar una utopía. Son ellos los que anticipan que “el grupo en el poder (también ellos cuando están al frente) refuerza su posición dominante en la economía mediante todos los medios sociales y políticos disponibles, (incluyendo el control total del Estado)”. Ellos fueron los primeros que señalaron que “la ideología es uno de los principales instrumentos de represión de que dispone la clase dominante, y es empleado para engañar a las clases subordinadas sobre la verdadera naturaleza del (régimen) y con el fin de perpetuar esta dominación”. La ideología les sirve para eso, para imponer sus puntos de vista y para acusar a los que no compran sus versiones como víctimas de la falsa conciencia. Para ellos los demás están engañados, son víctimas de sus propios errores de aproximación, o actúan de mala fe, para sabotear el camino hacia la máxima felicidad. A todos ellos les sale una sola medida: obligarlos a ser libres (Rousseau dixit) a través de revoluciones culturales, gulags siberianos, campos colectivos donde se corta caña para aclarar las conciencias, o simplemente tirarte en cualquier versión de encierro inhumano. Para ellos los demás, los que no piensan como ellos dicen, no son gente. Son enemigos y traidores a la patria.

Para volver al argumento principal: el marxismo piensa así. Sus modelos mentales son poder, dominación, control total y el planteamiento de antagonismos extremos. Lo primero que dañan es la economía porque arrastran con ellos las falacias provistas por Marx, contenidas en su concepción materialista de la conciencia con la que intentan sostener que “la estructura económica de la sociedad determina todos sus demás aspectos, desde las relaciones sociales y las formas políticas, hasta la ley, la moral y el conocimiento mismo.

Para Marx, cada sistema económico da lugar a la existencia de clases en la sociedad, y el conocimiento de las personas y sus creencias están determinadas no solo por el contexto social, sino por su particular condición de clase dentro de la sociedad”. Si fuera así, también sería para ellos. Como no es así, el socialismo es un intento vano, pero muy cruel, de sustituir los resultados del orden extenso acumulados por el esfuerzo civilizacional, para colocar en su lugar el caos que resulta de intentar falsear la realidad. Porque lo que ellos producen es ruina, represión, y una burocracia privilegiada y autorreferencial que no consigue ningún otro quicio moral que la voracidad con la que consumen poder.

Hagamos aquí un intento de sistematizar lo que hemos planteado sobre la ideología:

a) Presenta ideas y conocimientos, de tal modo que implica cierto tipo de creencias y de acciones.

b) Se propone como si estuviera dotada de poder explicativo para hacer el mundo comprensible a quienes creen en ella, aunque en realidad distorsiona la verdad por medio de la selección, de la interpretación o de la falsificación lisa y llana.

c) Posee poder persuasivo; a menudo sus preceptos aparecen como imperativos morales. Intenta movilizar las emociones evocando prejuicios comunes y miedos profundamente arraigados.

d) Afirma ser científica, basándose en pautas de argumentación semejantes a las de la ciencia, o invoca pruebas científicas, como lo intentan los socialistas para invocar al capitalismo como origen de todos los problemas. Esto les sirve para aumentar su poder explicativo. Presenta también una coherencia espuria y cierta logicidad que le permite ocupar el lugar de la superstición, la religión y la tradición.

e) A pesar de su presentación científica, cuando se la somete al análisis, la ideología con frecuencia resulta irracional. Reconcilia dentro de sí misma elementos incompatibles, cambiando el significado de las palabras o distorsionando los hechos, de modo que se presenta a sí misma como un todo aparentemente auto consistente y lógico.

f) La ideología es, como lo plantea Hannah Arendt, un forzamiento unidimensional, un ismo, que, para satisfacción de sus adherentes, puede explicar cualquier hecho deduciéndolo de una única premisa. Solo que la explicación es falsa. Y hay que imponerla desde la sinrazón y por la fuerza. De allí que todos los socialismos sean totalitarios, violentos y represivos.

Pero volvamos con nuestro objetivo. ¿Por qué hay gente que quiere perdonarles la vida y decir que los socialismos reales no son socialistas desde el punto de vista ideológico? ¿A qué viene tanta falta de cordura y tanta compasión inconveniente?

Con esto lo que quiero decir, es que nos guste o no, el régimen venezolano, que se declara el instaurador del socialismo del siglo XXI, está prefigurado en sus causas y consecuencias dentro de la utopía marxista. Ellos se cree el principio de todas las cosas. Siempre es así. Sostienen que fueron ellos los que inventaron la preocupación por lo social. No cabe duda de que la pobreza es su principal lema publicitario, pero no la resuelven. Solo intentan control social porque saben que si primero las arruinan y les niegan cualquier posibilidad de movilidad social productiva, les resulta más fácil someterlas.

Precisamente, los pobres se han convertido en los rehenes de este régimen, y en la excusa perfecta para haber intentado un proceso destruccionista que ahora nos asola a todos. En virtud de que ellos son un problema de Estado, se adelantó el proceso revolucionario con un criterio de urgencia que excusó al gobierno del respeto de las formas y convenciones democráticas. Ellos invocan la urgencia de una situación para cometer cualquier desvarío económico. No importa si se llama Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Alberto Fernandez. Los pobres son la gran excusa para el autoritarismo, y por eso no hay socialismo que no sea flagrantemente populista.

Y concomitante a este populismo venenoso, progresivamente van configurándose alrededor de un síndrome autoritario que tiene los siguientes rasgos:

1. Capitalismo de Estado en pleno desarrollo: El gobierno en esta fase no renuncia a la práctica capitalista (v.g. la venta de bonos del Sur y PDVSA), pero la restringe al uso casi exclusivo del gobierno. En segundo lugar, somos los espectadores de una vorágine nacionalizadora de empresas, de la expropiación de otras, del reordenamiento de las tierras agrícolas; de la importación directa de bienes y servicios, y además, de la instauración y mantenimiento (al precio que sea) de una red pública de comercialización. El triste resultado de este esfuerzo es la escasez, y el repunte de la inflación.

2. Centralización en pleno desarrollo: Un socialista no está dispuesto a convivir con otras fuentes legítimas de poder político. Ni tiene la necesidad de compartir este poder por razones de legitimidad. Ni cree en el pueblo compartimentalizado por regiones grandes, y por lo tanto inmanejable a los efectos de su proyecto de control total. Al contrario, progresivamente va implantando una versión muy fiel de “unidad de mando – unidad de dirección” que concentra todo el poder y toda la responsabilidad en la persona del presidente de la República.

3. Un gobierno sin controles y, por lo tanto, sin responsabilidad: El esquema actual de funcionamiento de los poderes públicos es de sometimiento absoluto a la voluntad del líder del proceso. Una Asamblea Nacional incapaz de tener una agenda propia. Un sistema judicial totalmente intervenido, parcial y atento a las consecuencias que puedan derivarse de sus actos, si son autónomos o apegados a la ley. El poder ciudadano, especializado en defender al gobierno y en desamparar al ciudadano. Todos ellos se han convertido nada más, y nada menos, que en la fachada conveniente para que todo este despliegue autoritario mantenga las mínimas formas frente a la comunidad internacional. Es en este sentido la mejor y más perfecta versión de una república bananera, y socialista.

4. Un país sin Estado de Derecho: La Constitución y las leyes no están por encima del gobierno. El gobierno está más allá del bien y del mal, y poco a poco se va apropiando del “derecho” de usar y abusar de la ley. De aplicarla como instrumento de retaliación y persecución, manteniendo en simultáneo sistemas de segregación política. Un Estado sin Derecho deja en suspenso el disfrute de los derechos ciudadanos. Un Estado que se proclama en proceso de rediseño, con una reforma Constitucional (esa siempre llega) de la que nadie sabe nada; con un mandato habilitante en el que nadie ajeno al alto gobierno puede participar con propiedad, no puede asegurarle a nadie el ejercicio de las libertades.

5. Un país con los derechos de propiedad condicionados “por ahora”: Sabiendo que no hay forma legítima de procesar socialmente las diferencias entre la pequeña propiedad (de mera supervivencia) y la propiedad para generar riqueza y prosperidad, al final del camino la realidad es la miseria cubana, en donde finalmente nadie es dueño de nada importante. Todo es del gobierno, o pudiera ser del gobierno, gracias a las leyes socialistas y a la arbitrariedad sistemática con la que se ejerce el poder.

6. Un país con las libertades condicionadas: Alguna vez, una de las caricaturas de Zapata decía algo como esto: “Los que no quieran pensar como yo, están en libertad de no pensar”. No fue gratuita la alusión a la situación del país, sabiendo además que era poco probable que sobrevivieran unas libertades ante la conculcación de otras. Lo cierto es que el poder del gobierno socialista se impone como una fuerza atemorizante en cuanto a lo que la gente quiera decir, o pueda hacer.

7. El gobierno monopoliza y usufructúa las organizaciones intermedias: Anulados los sindicatos libres, promovidos gremios empresariales alineados con el gobierno, execrados los movimientos sociales democráticos del diálogo social, arrasados los partidos políticos, ignoradas las asociaciones de vecinos y constituidas las organizaciones comunales dependiendo directamente del presidente, registradas y severamente limitadas las organizaciones no gubernamentales, y evitando de cualquier forma que ellas reciban apoyo de los donantes, queda solo en el cuadro el gobierno y sus adeptos. Así ocurrió en la Alemania de Hitler, en la Italia fascista, y en la Cuba castrista. El gobierno extiende sus tentáculos hasta la raíz de la sociedad para intentar el control absoluto. Todos socialismo aspira a la trinidad terrible que se forma con el partido único, el gobierno centralizado y totalizante, el líder único, frente al pueblo masa, inerme.

8. Fascinación por las experiencias alternativas al capitalismo: Cuba, Irán, China como potencia emergente, y por movimientos sociales insurgentes. Y la vieja aspiración de solidaridad de bloque antiimperialista ahora etiquetada desde el Foro de Sao Paulo, el Grupo de Puebla, y la Internacional Progresista.

9. Culto a la personalidad: En un socialismo real llega un momento en que sin pudor alguno todo el mundo oficial gravita alrededor de la iconografía del líder del proceso. El presidente es el alfa y el omega de todo. El sumo conductor, el imprescindible, la causa y el efecto, el que siempre tiene la razón. Una versión tropical de papá Stalín, o del Fuhrer del III Reich. La expresión del triunfo de la voluntad, con épica (drama y desenlace) incluido, invencible, intachable, y ahora, privado, distante, confidencial. Nunca duerme. Nunca se cansa. Está en todo; piensa por todos. El padre y la madre de la nación. El mejor profesor; el mejor estudiante. El que escribió el libro. El que impuso el color rojo. Y a quien no se le puede llevar la contraria. Ni a él, ni a sus hijos.

10. Propaganda y adoctrinamiento: El fatal Juan Carlos Monedero, que ahora está en España tratando de descalabrar la monarquía, cobró sus buenos reales para venir a Venezuela para darle argumentos ideológicos de primer mundo al socialismo del siglo XXI. Él y su marxismo europeo argumentaron que “había cosas que nunca se iban a resolver con ingeniería o estructuras administrativas, sino cuando la gente entendiera las nuevas reglas del juego, que formaban parte de un nuevo sentido común”. Poco más hay que decir para ver claro el empeño y el esfuerzo persuasivo que los socialismos despliegan una vez que toman el poder. Los esfuerzos de persuasión, la necesidad de mentir sistemáticamente y la toma de la educación para imponer una nueva versión que los legitime como héroes, forma parte de una receta esencial.

11. Cerco a la empresa capitalista y su suplantación por otras formas “sociales” de propiedad: Que no es otra cosa que el reconocimiento de que en las primeras de cambio es necesario un matrimonio forzado e incómodo, pero cuando las circunstancias lo permitan, el protagonista fundamental del capitalismo desaparece y será sustituido por otras formas donde no estén presentes el lucro. Utopía ingenua, pero peligrosa. Hasta la fecha el cerco industrial intentado en cada experiencia socialista ha significado una inmensa pérdida de oportunidades para los países. No hay inversiones, no se generan empleos suficientes, el mercado pierde profundidad, y el mercado negro de bienes y servicios de primera necesidad se hace presente y acompaña a la escasez y la inflación.

Esto es lo que ellos defienden, esta es su ideología, esto es lo que resulta consustancial a su pensamiento y a su acción. Entonces, ¿vale la pena deslindar los desastrosos resultados de las ideas desde donde los paren? ¡No me parece! Porque los socialistas acaban con sus países.

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