La gente que sale de la caverna no vuelve

Es bien sabido que el odio y el amor son ciegos. Dentro de la caverna hay facciones que apuestan a que sus visiones son las válidas. La realidad no cuenta

«Llevamos veinte años con el régimen al frente del país, y una oposición que no logra, o no quiere descifrar el acertijo» (Archivo)

¿Todavía te sorprende algo? Cada quien ha venido escogiendo su propia caverna, y por lo tanto, sus propias sombras. Encadenados e imposibilitados de voltear, apostamos a que la realidad es esa, la de nuestros propios espectros, las formas como ellos van adoptando extrañas configuraciones, y las interpretaciones de los que dicen ser sabios. ¿Y sí los que pasan por sabios son solamente unos farsantes?

Desde el inicio del llamado proceso hemos librado la peor de las batallas, la de las certezas. El ecosistema criminal se organizó de tal manera que usó como sus más importantes voceros aquellos que lucían como más confiables para nosotros. De esa forma, muy temprano fuimos confundidos por falsos oráculos, aquellos que debiendo hablar por nosotros y velar por nuestros intereses, se habían volteado para ser la caja de resonancia de lo que el régimen quería hacernos saber. La cuerda floja fue desde el principio un negocio floreciente en el que intelectuales e influencers se fueron alternando para dar el mensaje en el momento propicio. Muchos de ellos, situados como asesores corporativos o miembros de juntas directivas, decían lo que convenía al régimen, en el instante preciso que se necesitaba. ¿Cómo podía ser falso si lo dijo “nuestro analista de confianza”? te imprecaban en la cara a los que comenzábamos a ser suspicaces. La ceguera se extendía.

Lo mismo ocurrió con el dinero sucio, otra forma de descalabrar cualquier esfuerzo para derrocar la tiranía. De nuevo las sombras nos jugaron una de las suyas. La realidad dejó de tener los atributos que antes tenía, entre otras cosas que la gente se preocupaba por demostrar cómo vivía y por qué vivía con tantas holguras. Dejó de hablarse de eso. Nuevas riquezas destilaban su purulencia. Viejos arruinados florecieron de la nada, y se transformaron en esos quistes que poco a poco van creciendo hasta ser obvios en la piel, pero como anomalía. Algunos llegaron a pensar en un futuro donde todos ellos, unos y otros, se licuaban en una nueva clase, practicando una endogamia tribal en la que parecían disolverse todos los pecados.

La política comenzó una extraña calistenia chamanística, de estertores alucinantes que, sin embargo, no se tradujeron nunca en algo especialmente amenazante, aunque tuvo momentos que parecieron cruciales. Llevamos veinte años con el régimen al frente del país, y una oposición que no logra, o no quiere descifrar el acertijo. Ha habido una creciente especialización en la parodia, que no es un juego ajeno a daños colaterales, víctimas inocentes y errores monumentales. Tal vez la paradoja constante sea un recursos extremadamente sofisticado de tortura psicológica, y al final traiga como consecuencia una desconfianza estructural en la política. Porque no es fácil ver como los líderes confiables de ayer se convierten súbitamente en los fiascos de hoy, y no uno, sino todos. Detrás tiene que haber una trama, una componenda, un libreto que aplican con rigurosidad para desolar la esperanza y hacer que los venezolanos perdamos el orgullo del gentilicio.

Poco a poco el régimen fue aplicando esa mezcla de extorsión, chantaje, represión y corrupción que ahora forma parte de la norma. Los políticos se reciclan a sí mismos, y sin ningún pudor, desempeñan el papel que les asignan, bien sea santones o sátiros, corderos o lobos, palomas o serpientes, pero siempre jurando que juegan limpio, a pesar de que la realidad diga lo contrario. Y lo que nos cuesta mucho es apelar al juicio de la realidad y asumir las consecuencias. Quedamos aferrados a una nostalgia, una imagen que no es honesta, porque no representa lo que efectivamente son.

Una sola anécdota. En 2017 los venezolanos fueron convocados por los partidos políticos a una consulta. El Parlamento asumió el liderazgo de esa iniciativa. Fueron ellos los que formularon las preguntas, no sin antes haberlas limado de mayores compromisos. Convocaron a rectores universitarios y personalidades de la sociedad civil para que fungieran como garantes y valedores del proceso ciudadano que se dio con alegría y mucha esperanza. Llegada la noche (otra vez la caverna, sus sombras y sus formas espectrales) no fueron capaces de respetar el número de los que habían participado (querían inflarlo arbitrariamente). Y en el camerino (porque todo fue poco menos que un vodevil) al llegar la única que efectivamente actuó de buena fe, uno de ellos le dijo: “¡Qué bolas tienes tú si crees que esto es un compromiso que va en serio!”. El 6 de agosto todo se había consumado en una voltereta antihistórica que los dejó en cueros frente al país. Pero no quisimos verlos desnudos. La ceguera es también cuestión de práctica. Un “¡no puede ser!” fatalmente encubridor y alcahueta enterró cualquier intento de sensatez. Porque, si no son estas sombras que todavía nos dejan ver las formas, ¿a qué nos vamos a exponer? ¿al vacío total, al negro absoluto?

Pero nos negamos a ver. El espectáculo continuó, eso sí, cada día con menos espectadores y casi sin aplausos, pero allí están, a la fecha son ellos los regidores del interinato, y también los patrocinadores de las votaciones. Ellos, todos ellos, haciendo lo pautado, debidamente amplificados por sus cuadrillas de “intelectuales” señalando, advirtiendo, supuestamente “demostrando” que cada papel tiene su razón de ser. Lo que no dicen es que “la razón de ser”, la verdadera, es que nada cambie, aunque todos hagan como si estuvieran haciendo todo lo posible para que todo cambie. Ellos son la versión barata, muy barata, de Il Gatopardo. A fin de cuentas, de noche todos lo son.

Es bien sabido que el odio y el amor son ciegos. Dentro de la caverna hay facciones que apuestan a que sus visiones son las válidas. La realidad no cuenta. No se puede apreciar. En eso consiste la eficacia de un ecosistema criminal, en su ambigüedad intencionada, y en la necesidad de que sea otro quien se atreva a su descripción y alcance. Esos otros reparten versiones contradictorias para encubrir la verdad que no pueden develar. Y aquí las palabras importan, por eso el esfuerzo por demás interesado, en las imprecisiones. Años llevamos sufriendo un tenebroso debate sobre lo que es esto. Y si no precisas lo que es, ¿cómo vas a poder vencerlo? Pero recuerden que estamos en la caverna, y las sombras no ayudan. Por eso mismo, cuando conviene, porque quieren votaciones, dicen que es una “semi-democracia”, cuando hay diálogos y negociaciones, elevan un poco el tono público, pero ya todos sabemos que se trata del falso escándalo de la lucha libre, que ni es lucha, ni es libre. Solo coreografía de puños que no golpean, patadas que no tumban, caídas que no lastiman, y juegos de manos que no dañan. Por cierto, en la lucha libre también van enmascarados.

Hay que mantener la tensión política y la atención social. Por eso todos los días anuncian un colapso que no termina de llegar. Peor aún, cada tanto anuncian una nueva modalidad de rendición, que tampoco termina de concretarse. Son solamente sombras chinas que intentan hacernos ver una confrontación que no existe. Cerrado el telón, apagadas las cámaras, y alejadas las redes sociales, todos se amigan, comen del mismo plato y abrazan las mismas consignas. Todos dependen de los mismos financistas y se arrodillan ante el altar de intereses comunes.

Pero las sombras no dan para escrutar la lógica y su operación. El aparentar ser una República democrática forma parte del negocio del ecosistema criminal, marxista y radical. Ellos tienen que hacer el esfuerzo de pasar por decentes cuando en realidad se dedican al saqueo y la ruina social. Aunque sea por mantener el decoro y no hacer tan forzada la coexistencia en la comunidad internacional. Porque siendo un ecosistema extenso, igual necesitan un entorno si no amigable, por lo menos tolerante a sus excesos. Que esas apariencias se transformen en alucinaciones depende de la ceguera de cada uno, de sus ganas de no ver la realidad, y del esfuerzo deliberado del ejército de farsantes que, sabiendo la trama, se dedican al engaño como profesión. Hay una perversidad intrínseca en esta forma de dominación que nos quiere ciegos.

Descartes decía que “el hombre camina solo y en tinieblas, y es vulnerable a la soledad”. Para él todo esfuerzo debía concentrarse en evitar la duda, buscar las certezas y alejar la tentación de la dependencia. Esta proclama de modernidad es todo lo contrario al guión totalitario, que nos quiere sometidos por el miedo, angustiados por la incertidumbre y llevados con fatalidad a depender de los mendrugos que reparte la tiranía. Y aunque no lo veamos, aquí y ahora nos estamos jugando nuestro destino entre los jalones violentos hacia barbarie y el esfuerzo sostenido en mantener lo que nos queda de civilidad. Pero volvamos a la pregunta originaria. ¿Y si estamos ciegos?

Un tipo de ceguera que nos obnubila y nos escamotea nuestros intereses. Un “no ver” que desafía nuestras reservas de sensatez. Porque si viéramos realmente caeríamos en cuenta que tenemos que ordenar el caos, que podemos ordenarlo y que no estamos tan indefensos como nos quieren hacer ver. Pero eso requiere coraje, determinación, apego a la realidad y despeje emocional. Estos dioses son solamente bufones amaestrados. No pueden ser nuestros líderes. Estas consignas sentimentaloides (unidad, diálogo, reconciliación, etcétera) son los guiones y los mapas de ruta de nuestra servidumbre. Llegado el momento, deberíamos invocar el “objetivismo randiano” para “reconocer la situación, revisar sus premisas, descubrir nuestros activos ocultos y comenzar a reedificar”. Para comenzar a ver nunca es demasiado tarde.

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