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Carlos Varela: Oposición aceptable y un desgastado género de protesta

Por: Victoria L. Henderson - @vlhenderson - Feb 10, 2014, 9:57 am

EnglishCuando Carlos Varela acepte su título honorario en la Universidad de Queen este año, se enfrentará a un auditorio que posiblemente apoye más al régimen cubano que los propios cubanos.

Recientemente, la universidad confirmó que Varela, un músico de 50 años de La Habana internacionalmente conocido por expresar “las frustraciones de la juventud cubana”, recibirá un doctorado honoris causa durante una ceremonia en junio.

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Presentación de Carlos Varela en Chile, 2012. Fuente: Javier Valenzuela.

Varela no es un extraño en Queen. Es participante regular en el curso “Cultura y Sociedad Cubanas” de la Universidad, y su trabajo se centra en un nuevo libro, Habáname, co-editado por un profesor de Queen y respaldado por un premio del Comité Asesor de Investigación del Senado. El libro será lanzado este mes en Cuba, y más adelante este año la editorial de la Univesidad de Toronto realizará la traducción al inglés.

Surgido del movimiento nueva trova, Varela es conocido en la canción de protesta (también llamada nueva canción), un género más prominente fuera de Cuba que dentro de la isla.

A diferencia del fuerte y persistente mensaje anti autoritario que las canciones de protesta poseen en América Latina y el Caribe, el movimiento nueva trova — si bien inicialmente fue impulsado por una reacción espontánea y a menudo critica explícitamente la revolución de 1959 — fue asimilado rápidamente e incorporado al aparato estatal. Los músicos de nueva trova recibieron un “entrenamiento especial” que los críticos aseguran que disciplinó la producción artística para ponerla al servicio del Estado.

La protesta se difundió efectivamente hacia el exterior, lejos del régimen cubano.

Así, por ejemplo, César Portillo de la Luz pudo ser obligado a condenar la agresión de Estados Unidos en su canción de 1968, “Oh, Brave Vietnam” (“Oh, valiente Vietnam”) sin siquiera buscar conciliar el hecho de que una década más tarde, Cuba tendría tantas tropas en Angola en relación con el tamaño de la población cubana, como Estados Unidos tenía en Vietnam en el apogeo de la guerra.

En su apogeo, nueva trova funcionó como “embajador cultural” del régimen cubano. Trovadores como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, cuya música alguna vez había descrito la represión del Estado, fueron reinventados como “voceros de la experiencia revolucionaria”, atractivos tanto para el nacionalismo cubano como para el ejército internacional de reserva de socialistas de sofá.

Pero cuando el colapso de la Unión Soviética obligó a Cuba a entrar en un “período especial” en el cual la comida fue paulatinamente remplazada con agua azucarada y el cubano promedio perdió subas de veinte libras, la naturaleza propagandística de nueva trova se tornó más difícil de vender, al menos en casa.

Carlos Varela creció a la sombra de Rodríguez y Milanés, pero su contribución a nueva trova es diferente. “Mi cubanidad [identidad cubana] está lejos de un muchacho en una guayabera con un cigarro”, dice Varela. “En mis canciones no se ve naturaleza; se ve asfalto y gasolina”.

Varela es un artista talentoso con una mente crítica. Esa fue mi confusión luego de conocer al músico algunos años atrás, durante una de sus visitas a Queen – una valoración que compartí con uno de los críticos de larga data más explícitos contra la dictadura comunista en Cuba, el escritor exiliado y periodista cubano Carlos Alberto Montaner.

Sin embargo, la representación erudita de Varela como un crítico “controversial” e incluso incuestionable, contrasta ampliamente con el desprecio que los académicos canadienses poseen por los activistas que han sido catalogados por el gobierno cubano como disidentes o “gusanos” en el exilio.

El libro de texto requerido para el curso de Cuba en Queen, incluye dos canciones de Varela en un partículo individual, pero ignora el trabajo de más críticos conocidos como Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas y Berta Soler de las Damas de Blanco, un movimiento opositor formado por las viudas y mujeres partidarias de los 75 activistas cubanos aprisionados en 2003.

Las lecturas no incluyen nada de Montaner, a pesar de que hay un capítulo de Saul Landau, quien sostiene que los cubanos deberían agradecer que no se encuentran en Miami, ¡donde su trabajo “enriquecería a una verdadera clase parasitaria”!

Al pensar quien toma las decisiones relacionadas con las becas en Cuba, se puede pensar en la propia explicación de Varela sobre como los medios estatales cubanos solían relegar su música a las peores horas (en el alba o en la noche tardía): “Sabes que ellos no llaman a eso censura”, explica Varela, “lo llaman criterio de selección.”

Exponer las voces activistas silenciadas en Cuba no implica desestimar las contribuciones de Varela, sino poner estas contribuciones – y el criterio según el cual son seleccionadas – en perspectiva.

Varela se declaró contra la agresión estatal a las Damas de Blanco y a favor del derecho de todos los cubanos a tener más libertad. Mientras asegura que no tiene intenciones de emigrar, Varela reconoce que los cubanos están “condenados” a vivir en la perpetuidad del pasado, en medio de una arquitectura que se desmorona y “apuntalados edificios, que apuntalan la propia desilusión”. Aquí, Varela parece hacer eco de los sentimientos del ultra conservador Theodore Dalrymple, quien alguna vez escribió que “La Habana es como Beirut, sin haber pasado por la guerra civil para alcanzar la destrucción”.

Los académicos dicen que las reflexiones críticas más conmovedoras de Varela surgen del velo de interpretación de la alegoría, las insinuaciones y la metáfora. Estos son, por supuesto, los estándares típicos bajo una dictadura.

Pero cuando el doble discurso pasa de la esfera artística a la académica, la línea entre política y academia se disuelve problemáticamente.

Este fue el caso en la reciente entrevista con Varela realizada por dos de los tres editores de Habáname (ambos involucrados en el curso de Queen sobre Cuba). En la entrevista, publicada en la revista Latin American Music Review, los académicos describen a Varela como una figura de confianza “en un lugar donde el liderazgo político es complicado”.

La redefinición eufemística de la dinastía cubana, una dictadura de partido único, como “complicada”, elude de forma estratégica lidiar con el problema principal.

Como Montaner señala – en un artículo que apropiadamente abre con unos versos de Varela – Cuba ha sido gobernada por alguno de los hermanos Castro por casi la mitad de sus 115 años de existencia como nación independiente.

Como avanza la historia política, no parece ser más simple que eso.

Lo que sí es complicado, en cambio, es preguntar cómo la selección de Sánchez, Fariñas, Soler o Montaner para un título honorario, en lugar de o además de Varela, podría impactar en el acuerdo de intercambio entre la Universidad de Queens y la Universidad de La Habana.

Los que intenten responder apreciarían escuchar a Varela cantar 25 mil mentiras sobre la verdad en lugar de un discurso de agradecimiento tradicional.

Traducido por Sofía Ramirez Fionda.

Victoria L. Henderson Victoria L. Henderson

Ex periodista y editora de revistas, Henderson es candidata a doctorado en la Universidad de Queen y directora administrativa del Instituto para el Análisis Económico y Social en Ontario, Canadá. Es licenciada en Español y Estudios Latinoamericanos y en Geografía. Síguela en @vlhenderson, y lee su columna destacada en PanAm Post, "El Paso del Norte".