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Una visita a Escocia ante la encrucijada de la independencia

Por: Yaël Ossowski - @YaelOss - Sep 7, 2014, 8:00 pm

English¿Cómo se siente atravesar una extensión de tierra que pronto podría convertirse en la frontera entre dos países?

scotland
Letrero en la frontera de Escocia. (Yaël Ossowski)

Detrás del volante de mi SEAT León alquilado de origen español, el vasto territorio parecía bastante similar. La vista de la frontera escocesa desde el lado inglés me recordó a la división política que existe entre las provincias canadienses de mi Québec natal y su vecino inmediato, Ontario.

Me encontré con un letrero grande y prominente que mostraba los colores azul y blanco. Tenía unos pocos símbolos que remitían a las antiguas tradiciones y costumbres de la zona, al menos tres altos mástiles metálicos con banderas flameando al viento y el nombre del territorio grabado en imponentes letras mayúsculas para que todos pudieran leerlo.

Las banderas en este punto en particular, justo al norte de Newcastle, eran de un azul brillante, y el blanco era notablemente límpido. Debían ser nuevas, y por una buena razón. Escocia tiene planificado una votación crucial en unos pocos días que le permitirá al común de la gente determinar si seguirá siendo parte del Reino Unido, o si se separará y formará su propio territorio soberano.

Esa es una pregunta extraña para muchos de los jóvenes de la Generación del Milenio que raramente se codean con el mundo de la política. En su experiencia, predominan las conversaciones acerca de la unificación, de enormes organismos multilaterales tomando decisiones, y del derribo de fronteras, reuniendo a muchos pueblos para el beneficio de la humanidad.

Ellos conocen el gran experimento que ocurre en el continente europeo, el Acuerdo Schengen, que permite a cualquier persona deambular sin problema entre países que alguna vez fueron campos de batalla con trincheras y soldados armados. En la actualidad, tanto ciudadanos como mochileros pueden recorrer desde Portugal hasta Estonia sin mostrar el pasaporte una sola vez, ni siquiera tienen que ofrecer explicaciones a los funcionarios gubernamentales.

Para aquellos fuera de Escocia, el debate sobre el referendo está limitado a preguntas de incierta respuesta. ¿Qué los hace a ellos tan diferentes? ¿Por qué querrían separarse de una de las naciones más ricas del planeta? ¿No estarían peor bajo su propia cuenta? ¿No se alienarían?

She's got 'Yes' as eyes.
Ella tiene un “Sí” en sus ojos. (Yaël Ossowski)

Dentro de Escocia la campaña se ha cristalizado por completo. Grupos errantes que promueven el Sí planifican expediciones para repartir panfletos y prendedores en las esquinas, y se equipan con montañas de literatura acerca de los beneficios de un mayor traspaso de competencias y una separación completa del Reino Unido. En la estación radial BBC1, el director ejecutivo de Sí Escocia, Blair Jenkins, dijo que el equipo Sí era “la campaña de organizaciones locales más grande jamás vista en la historia de Escocia”.

Por el otro lado, difícilmente se avista la facción del No, tanto en las zonas céntricas y en los suburbios de las ciudades de Edimburgo y Glasgow. Principalmente se han enfocado en montar eventos bien organizados dirigidos a la prensa, organizados por la oficina central de la campaña Mejor Juntos. Más allá de los escasos letreros en patios y jardines, es difícil percibir su presencia en cualquier lado.

Al menos en la experiencia de Québec, el “Oui” y “Non” a la independencia de Canadá estaban muy claros y bien definidos. Las confrontaciones públicas eran  habituales y miles de personas asistían a las manifestaciones. Los meses y semanas anteriores al referendo fueron intensas para cualquiera involucrado en la vida pública y en las mesas de los hogares donde se discutía el asunto. Sin embargo, en 1995, Québec estaba ante su segunda oportunidad. El primer referendo de 1980 lo habían perdido por casi un 20%. Esto elevó la apuesta 15 años después.

El caso de Québec es muy cercano a mí, ya que está arraigado en cada faceta posible de la cultura franco-canadiense de la cual espero seguir formando parte.

Como canadiense francoparlante criado en el sur de Estados Unidos, necesariamente se convirtió en una parte esencial de mi identidad. Pero nunca fue suficiente para encapsular el sentido de quién era yo como ser humano —como si la ruptura de mi nacionalidad explicaría la extraña mezcla de mi acento, mi gusto por  el idioma, y el anhelo de vivir y viajar más allá de las fronteras.

Me convencí a mí mismo que era la culpa de los que habían votado Non quienes me privaron de mi nacionalidad, que era la razón por la que mi conexión con mi patria se estaba desvaneciendo, y no era constante. Imaginen lo que podría haber hecho una variación del 1% de los votos.

Y gracias a mi experiencia entre los escoceses, siento que esta vez puede ser diferente. Ellos también lo saben. Al menos una docena esbozaron una sonrisa radiante cuando les mencioné que había nacido en Québec.

“La lección de Québec es importante para nosotros”, me dijo uno de los activistas de Empresas por Escocia. “Esa campaña estuvo basada puramente en la emoción. Nosotros tenemos que apelar a los hechos y a la razón”.

Esto es lo que convierte en interesante al caso de Escocia. El marco del debate es para muchos una decisión racional derivada exclusivamente del cálculo. No es la estrategia emocional de los nacionalistas de Québec, basada en un fortalecimiento de la identidad y el idioma francés contra las fuerzas del anglicismo impuestas por un Gobierno federal.

No se trata acerca de excluir a aquellos que no son como “nosotros”, sino de permitirles a los habitantes de Escocia decidir qué sucede en su país. Devolverle el poder al pueblo, dicen. Eso suena mucho más sexy que cualquier cosa que el bando de No haya dicho hasta ahora.

En ese sentido, el argumento a favor de la independencia escocesa y la consecuente delegación de facultades se ve muy favorecido por la presencia de las redes sociales. Pero, en particular, es el intervalo de atención reducido lo que engendra y crea una cultura que se traduce en el lenguaje de las redes sociales. Frases breves, argumentos resumidos y eslóganes.

El bando del Sí ha podido convertir tomos de investigaciones económicas y sociales, y argumentos para una mayor autonomía de Escocia, en un hashtag: #DevoMax. Es la abreviatura de autonomía fiscal completa de Escocia, pero eso no importa. La etiqueta Devomax suena mucho mejor. El hashtag independencia se deriva de Devomax. Esto quiere decir que la cultura de pocas palabras, de 140 caracteres, está haciendo que sea más fácil llevar a cabo una campaña popular por la independencia.

Los hashtags han penetrado en las campañas políticas, en el marketing viral, y ahora podrían llegar a facilitar la independencia de una nación. Así es la vida en el siglo XXI.

Traducido por Adam Dubove.

Yaël Ossowski Yaël Ossowski

Yaël Ossowski es periodista, activista en Young Voices y presentador de Liberty In Exile en LRN.fm. Nació en Quebec, creció en Estados Unidos y actualmente vive en Viena, Austria. Síguelo en @YaelOss, y en su sitio web Yael.ca. Puedes leer su columna destacada en PanAm Post, "Cuestionando la narrativa".