La alianza Trump-Guaidó: una victoria estratégica

Imposible haber coincidido con un mejor y más auspicioso encuentro, para ser recibido como jefe de Estado

El aplastante silencio de La Habana y el desconcierto de la dictadura venezolana ante un recibimiento de tantos quilates preanuncian la sensación de grave derrota. (Efe)

La negativa del Gobierno socialista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias a recibir al presidente del parlamento venezolano y presidente interino de Venezuela Juan Guaidó fue el parteaguas que empujó literalmente al presidente legítimo de Venezuela a los brazos de los Estados Unidos, algo que el joven diputado socialista había tratado de mantener distante de sus opciones políticas reales. Detrás de la negativa de Sánchez-Palacio y el rechazo de la Internacional Socialista europea a tomar partido abiertamente por los demócratas venezolanos y unirse a su causa por el pronto desalojo de la dictadura, a su máximo representante no le quedó otra salida que aceptar lo que la oposición radical venía exigiéndole infructuosamente desde el 23 de enero de 2019: comenzar sus acciones internacionales presentándose en Washington. Y establecer una sólida alianza con Donald Trump, único aliado confiable y efectivo en el panorama internacional.

Al rechazo de Pedro Sánchez se agregó una provocación absolutamente innecesaria, pero de gravísimas consecuencias para su Gobierno: propiciar un encuentro pretendidamente clandestino de uno de sus ministros con la segunda de Maduro, Delcy Rodríguez, de paso por Madrid en viaje a Turquía en franco desafío a las sanciones que le impusiera la Comunidad Europea. Muy posiblemente transportando oro sacado ilegalmente de Venezuela para obtener del islamismo talibán los recursos necesarios para el funcionamiento de un gobierno en ruinas. El escándalo no se hizo esperar y el tema, además de copar los titulares de los periódicos, obligó a la oposición española a presentar el caso a la fiscalía. Ha sido el primer traspiés del nuevo Gobierno español, enmarañado en sus contradictorias declaraciones.

Ya de regreso a Venezuela con las manos vacías, la escala en Miami para reunirse con la diáspora sirvió de plataforma para dar finalmente el tan esperado salto y recuperar por todo lo alto el terreno perdido. Que no se produciría en La Florida, donde coincidiría con Donald Trump sin encontrarse con él, sino en Washington. Y en la más especial de las ocasiones, invitado por el Parlamento –sin olvidar que Guaidó es la autoridad venezolana correspondiente a la diputada demócrata Nancy Pelosi, presidente del Congreso– a participar como figura estelar del Mensaje a la Unión. Era el último escalón para encumbrarse hasta la Casa Blanca tras un extraordinario espaldarazo de demócratas y republicanos, coincidente con la derrota del impeachment y la resonante victoria de Donald Trump. Imposible haber coincidido con un mejor y más auspicioso encuentro, para ser recibido como jefe de Estado. Un demócrata en busca de respaldo de la democracia más estable y poderosa del planeta. Para vencer y derrocar a una tiranía.

El aplastante silencio de La Habana y el desconcierto de la dictadura venezolana ante un recibimiento de tantos quilates preanuncian la sensación de grave derrota que estarán experimentando ambos regímenes, conscientes de que se les escapó de las manos el manejo de la crisis y el terreno exploratorio para otros diálogos y sus maniobras electoreras continuistas. Mientras los Estados Unidos, con su política de “paciencia estratégica”, recupera el papel preponderante y hegemónico en la gestión de la crisis. Y recuperan la ofensiva para las acciones que estimen convenientes y necesarias. La llamada “intervención” perdió el tufo a injerencismo imperialista, alineó a republicanos y demócratas norteamericanos en sorprendente unanimidad de pareceres y ha puesto a los tiranos del Caribe entre la espada y la pared.

¡Bravo por Donald Trump! ¡Bravo por Juan Guaidó!

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