País sin héroes

Fuimos un paréntesis de algarabía y estupidez. ¿Qué otra cosa esperar de militares y políticos venezolanos?

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Quienes debían haber cumplido con el deber de defender nuestra civilizada institucionalidad, se dedicaron a propagar los afanes de quienes pretendían destrozarla. (Efe)

La historia pertenece a Brecht, el dramaturgo alemán antiaristotélico. Está consignada al comienzo de su obra Galileo Galilei, y solo pudo ocurrírsele a él, exiliado en Dinamarca desde donde seguía la espantosa tragedia causada por el nacionalsocialismo hitleriano, la contracara wagneriana del socialismo que él predicaba. Se pavonea el joven ayudante del científico, que asiste a una sesión de la Santa Inquisición en que se le juzga por haber sostenido la herejía según la cual no era el sol el que giraba en torno a la tierra, como lo sostenía la Iglesia desde tiempos inmemoriales, sino la tierra en su modestia planetaria la que giraba en torno al rey de nuestro sistema solar. Ante las sospechas del amigo que lo acompaña y asegura que Galileo no resistirá las presiones inquisitoriales, el asistente de Galileo, indignado, responde airado que Galileo resistirá las torturas y no abjurará de la verdad. Su verdad científica. Es la tierra la que gira en torno al sol.

Galileo abjura y abandona cabizbajo la sala del interrogatorio. No halla su asistente otra manera de reprocharle su comportamiento que decir en voz alta al paso del abatido Galileo: “¡Pobre del país que no tiene héroes”! Ya sale de la escena cuando se oye la débil voz del sabio responderle desde bambalinas: “¡Pobre del país que los necesita!”.

Hace algunos años, al comienzo de esta historia chabacana y miserable, conté la historia en un artículo y cuál no sería mi sorpresa al ver que Uslar Pietri la repetía pocos días después. Estábamos de acuerdo con el Galileo de Brecht. Y precisamente en un país que ha hecho un ominoso acopio del elogio y la alabanza del único héroe con el que cuenta, el manoseado y ultrajado Simón Bolívar. Y en nombre del cual, muy a su pesar, como se lo consignara al joven Antonio Leocadio Guzmán, se cometerían las peores y más ignominiosas tropelías. El héroe del momento, del que más hubiera valido prescindir, se llamaba Hugo Chávez. Y todavía a veinte años de su asalto al poder seguimos hundidos en la peor y más aterradora y vergonzosa crisis de nuestra historia.

Los sucesores del héroe de cartón-piedra, ladrones profesionales y capitanes de industria, alevosamente utilizados por los hermanos Castro para esquilmarnos, explotarnos y corrompernos, pues el héroe se dejó manosear por quienes terminaron asesinándolo, ya nos tienen sin petróleo, sin gasolina y sin gas. Y disponiendo de los más poderosos caudales de agua dulce del planeta, nos tienen desfalleciendo sin agua potable. Nadamos en la inmundicia, hundidos en nuestras propias heces. Justamente ahora, asediados por el virus fabricado por sus pares chinos para hacernos desaparecer de la historia. Fuimos un paréntesis de algarabía y estupidez. ¿Qué otra cosa esperar de militares y políticos venezolanos?

Hace un siglo, el más sabio de los héroes anglosajones —Winston Churchill— aseguró que si el desierto de Sahara pasara a manos socialistas, en pocos meses desaparecería la arena de sus desiertos. Y si el diabólico proyecto de los chinos para imponerse en el mundo no encuentra la fórmula de su extinción, no desaparecerán las arenas y los mares, sino nosotros, la especie humana.

Se me dirá que exagero. Pero en pocos meses ya son decenas y decenas de miles los norteamericanos muertos por el COVID-19. Y más de un millón los contagiados. No por azar. Es el supremo objetivo de los comunistas chinos. Marx aseguraba que el fin de las penurias estaba próximo y que se cumpliría a pie juntillas su pronóstico del Manifiesto Comunista: gracias al socialismo, cada ser humano recibiría lo necesario para satisfacer sus necesidades, a cambio de dar de sí todo lo que la humanidad le requiriese. En Venezuela, dotada por la naturaleza con las mayores reservas petrolíferas del planeta, en pocos años de esta versión indígena, subdesarrollada, militarista, hamponil y narcotraficante de socialismo, ya no hay petróleo ni se cuenta con gasolina. La moral se ha convertido en un insulto a las buenas costumbres. La vida es el artículo más barato del mercado. Y ni urnas de cartón hay para los muertos cotidianos.

Me lacera el recuerdo de todos aquellos que le cantaron albricias al monstruo devastador. Y puesto que la estupidez proverbial de las mayorías terminaría por convertir la tragedia en comedia y la traición en bienaventuranza, dándole la bienvenida al asalto y la automutilación, no olvido a los dueños de canales televisivos, radioemisoras y periódicos que a la desesperada caza del rating pusieron sus cámaras, sus micrófonos y sus periodistas, sus escritores, dramaturgos, actores y columnistas al servicio del asesino. ¿Cómo olvidar las cartas de amor y las entrevistas a página completa de las periodistas más duras e intraficables del patio? Quienes debían haber cumplido con el deber de defender nuestra civilizada institucionalidad, se dedicaron a propagar los afanes de quienes pretendían destrozarla. Hoy lloran sus rencores sin arrepentimientos desde el exilio.

Ya que poco escribo, quisiera poder transmitir mensajes más edificantes. No los encuentro. El país va rumbo a su desaparición.

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