Almagro, el Churchill de nuestros días

Al igual que Churchill en su día, Luis Almagro es realista y valiente. Si hoy hay esperanza de un futuro más venturoso para Venezuela, en gran medida se debe al infatigable accionar del secretario de la OEA.

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Almagro, al igual que otrora lo hiciese Churchill, comprendió que hay circunstancias que exigen medidas extraordinarias.
(Fotomontaje: Panam Post)

La comunidad internacional es consciente de que se acercan horas cruciales para Venezuela. El foco está puesto en el próximo sábado 23 de febrero.

Los defensores (explícitos y encubiertos) de la brutal dictadura chavista -así como los “tontos útiles”- han pretendido instalar la idea de que su postura e inacción responden a que están a favor de la “paz”. Son los que insisten por el camino del “diálogo” entre asesinos y sus víctimas.

Lucía Topolansky – esposa de José “Pepe” Mujica y vicepresidenta del Uruguay – es fiel representante de este conglomerado. Según ella, el hecho de que Juan Guiadó -presidente encargado de Venezuela- se niegue a participar de una nueva parodia de diálogo con el régimen, más la amenaza de intervención militar por parte de Estados Unidos, Colombia y Brasil, supone una “disyuntiva entre paz y guerra”.

Tras pintar a la situación venezolana en esos términos, sostiene que el gobierno uruguayo «está trabajando» por la paz. «Ojalá tengamos suerte, porque no es una paz sencilla, y ojalá no se dé un escenario de guerra porque nos perjudica a todos en Latinoamérica», declaró. Luego, con talante de “Gran Hermano” orwelliano espetó: “Todos los que no están trabajando por la paz en Venezuela, indirectamente lo hacen por la guerra”.

Dado que sus palabras sintetizan los argumentos de los defensores de la “paz”, vamos a analizarlas. Pero es oportuno diferenciar a tres grupos que apelan a esos sofismas.

Lo más auténticos son aquellos que sin tapujos apoyan al totalitarismo chavista. Luego están los hipócritas, que recurren a las más increíbles contorsiones dialécticas para subrepticiamente hacer lo mismo (algún día se sabrá el porqué de este rastrero accionar). El tercero está compuesto por aquellos que por años mostraron indiferencia ante la tragedia del pueblo venezolano y ahora quieren “lavar su imagen”, pero sin comprometerse demasiado.

Para comenzar, debemos recalcar que las falacias se acumulan en los dichos de Topolansky. Como la realidad venezolana es ampliamente conocida, esos sofismas solo pueden deberse a la mala fe o al “hacerse el distraído”.

Una de las falacias consiste en afirmar que “actualmente” Venezuela está en una disyuntiva entre la guerra y la paz o pretender indicar cuál bando representaría a la “guerra” y cuál a la “paz”.

Lo real es que desde hace años en Venezuela hay “guerra”: la iniciada por el régimen chavista contra la población. Son Cuba, Nicolás Maduro y compañía los que a sangre y fuego están diezmando a esa nación.

En cambio, Guiadó y los manifestantes recurren a métodos pacíficos. Ellos son los que llevan en alto los estandartes de la paz.

Por tanto, el gobierno uruguayo, México, la Unión Europea y todos los que abogan por la “paz”, lo que están defendiendo, es “la paz de los cementerios”. Y a los que ese conglomerado atribuyen querer “la guerra”, en rigor, están luchando para finiquitar la situación bélica y que retorne la paz republicana que todo lo vivifica.

Topolansky dice que repudia a la “intervención militar” pero no menciona, ni mucho menos condena a la cubana. Además, el contexto venezolano ya está perjudicando a Latinoamérica. O acaso, ¿no sabe que la diáspora venezolana está ocasionando roces con países limítrofes? ¿Que amplias zonas del territorio fueron “entregadas” a grupos guerrilleros y bandas criminales? ¿Que es un régimen involucrado en el narcotráfico y  el terrorismo?

Nada de esto es mencionado por el «Mecanismo de Montevideo» ni por el Grupo de Contacto Internacional.

Recientemente se reunieron en Bruselas los 28 cancilleres de la Unión Europea. Al finalizar, la jefa de la diplomacia europea Federica Mogherini, manifestó que se excluía  «de manera categórica cualquier apoyo de la UE o cualquier aceptación de una escalada militar en Venezuela”. La misma postura de los gobiernos de Uruguay y México.

Esa postura, nos recuerda a la tristemente célebre actuación del canciller inglés Neville Chamberlain ante Adolf Hitler. Como se recordará, en 1938 se aprobaron los acuerdos de Múnich en los que se otorgaron grandes concesiones al dictador nazi para apaciguarlo y lo único que se logró fue vigorizarlo.

La Unión Europea recurre a lo que Max Weber denomina la “ética de la convicción”. Es aquella «que se rige únicamente por principios morales y donde siempre y por encima de todo, se deben respetar estos principios” con independencia de las circunstancias. Es una postura mesiánica que permite evadir responsabilidad.

Weber recalca que «cuando las consecuencias de una acción realizada conforme a una ética de la convicción son malas, el que la va a ejecutar no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres”.

Porque, vayamos a los hechos, ¿qué han logrado la Unión Europea, el gobierno uruguayo y el actual presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, con esa postura? ¿Mejoró la suerte de los venezolanos o por el contrario es cada vez peor? ¿No saben que desde hace años mueren infamemente de desnutrición y enfermedades curables muchos venezolanos y que Maduro no acepta ayuda humanitaria internacional? ¿No saben que se ejecuta extrajudicialmente, se encarcela a los líderes opositores y asesina a manifestantes y gente del común?

A estos “Chamberlains” les calza a la perfección aquella frase de Winston Churchill que refería a la deshonra de quienes pronunciaban  “grandes palabras, pero las acciones habrían sonado de forma más estruendosa».

Precisamente, fue lo que hizo Churchill. Ante Hitler, respondió con la ética de la responsabilidad. Es aquella que defiende principios –por ejemplo, «la guerra es mala» – pero considera que el criterio para decidir si una acción es correcta o incorrecta, debe fundamentarse en la consecuencia que acarrea.

Churchill fue realista y valiente. Lo mismo puede decirse de Luis Almagro, el secretario general de la OEA. Si ahora hay esperanza de un futuro más venturoso para Venezuela, en gran medida se debe al infatigable accionar de este uruguayo: denunciando, informando y sin amedrentarse ante la cofradía internacional liderada por Cuba.

A Almagro lo mueve la ética de la responsabilidad. Porque (seamos claros), nadie defiende una intervención armada per se. Nadie -salvo los guerrilleros- cree que la guerra sea cosa buena. Pero del mismo modo que existe el derecho a la autodefensa, que lo ético es acudir en auxilio de una víctima indefensa; en ocasiones se debe recurrir a la fuerza, justamente, para finalizar un estado de injusticia.

Fue gracias a la heroica actuación de Almagro –que no se acobardó ante las inmensas presiones que recibió, entre ellas la del “Pepe” Mujica y excorreligionarios del Frente Amplio- que retornó el optimismo entre los venezolanos. Con sus informes serios y bien documentados, logró que paulatinamente muchos países dejaran de lado su indiferencia. Incluso, se podría considerar que la postura del actual gobierno de Estado Unidos está influenciada por sus denuncias.

¿Qué se logró con las sanciones económicas y la amenaza del uso de la fuerza por parte de Estados Unidos?

  • Que la dictadura chavista se debilitara.
  • Que Maduro ande con pies de plomo en su actuación con la oposición. Es notorio que por ahora no se atreven a encarcelar, secuestrar, o asesinar a Guiadó. También con los manifestantes son más cautos.
  •  Que ahora los países estén usando la “imaginación” para hacerle llegar ayuda humanitaria a Venezuela, a pesar de la prohibición de Maduro y cómplices.
  • Que el propio régimen dictatorial haya tenido que recular en este tema y haya anunciado que llegarán al país 300 toneladas de ayuda humanitaria procedentes de Rusia.
  • Que por fin se vea una luz al final del túnel.

En este mundo con tantos hipócritas, tantos Chamberlains y tantos indiferentes, es gratificante que existan personas con la estatura moral de un Churchill o un Almagro. Por supuesto que tienen defectos como todo ser humano. Pero eso precisamente los enaltece aun más.

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