¿Cuál es el peor momento para superhéroes económicos?

En plena crisis del coronavirus, han surgido personajes que aseguran que todo saldrá bien porque las deudas serán condonadas, los salarios garantizados y las empresa salvadas

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Hay promesas que no solo son incorrectas, sino que además son engañosas. (Foto: Flickr)

Si bien es evidente que transitamos un momento difícil, podemos intentar sacar algunas enseñanzas. Es comprensible que la mayoría de tales enseñanzas vayan en la línea de mejorar la administración de la información, la gestión de las crisis y la velocidad de respuesta. Sin embargo, aunque no sea lo primero de la lista, también es posible utilizar la complicación actual como ejemplo de una realidad económica odiosa: el decrecimiento sostenido de la actividad.

De manera que, aunque estaría mejor no necesitarlo, este parece ser un buen punto para atender la neurosis general con respecto al crecimiento económico. El mismo es un hecho deseable, pero puede ser catastrófico cuando no lo consideramos espontáneo, sino como el resultado de nuestros designios particulares.

Los “héroes” de siempre

No es de extrañar que, ante las complejas condiciones actuales, hayan empezado a sobresalir “mesías” de todo tipo, también y principalmente en el ámbito político y financiero. Personajes que aseguran que todo saldrá perfectamente bien porque las deudas serán condonadas, los salarios garantizados y las empresa salvadas.

El problema con esas milagrosas ocurrencias no es que sean incorrectas -que lo son- sino que resultan engañosas. Hay una importante merma económica por el inevitable efecto de la reducción de la actividad general en todo el globo y es bastante posible que siga así por un tiempo.

Escasos precedentes

Hace aproximadamente doce años hubo una profunda crisis financiera asociada, entre otras cosas, a la metástasis de la morosidad de préstamos otorgados sin criterios, junto con la consecuente inflación de los precios de los bienes para los cuales eran tales préstamos -inmuebles y casas en Estados Unidos-. Aquella fue una crisis de origen bancario porque estos controlan buena parte del crédito, a veces con burocrática y degenerada libertad.

Además del grave problema original, hoy sabemos que la supuesta solución empeoró las cosas. La injusta, y para algunos inevitable, socialización de las pérdidas requiere del único procedimiento conocido para absorber los agujeros dejados por las burbujas, que es “imprimir” dinero. Es decir, tomar el vacío que había y llevarlo a la moneda de circulación legal, haciendo que todos seamos un poco más pobres.

Aquella crisis alcanzó escala mundial y afectó empresas, trabajadores, inversores e instituciones de todo tipo.

El temor a la desaceleración

Las diferencias con la situación actual son notables y no para bien.

En primer lugar, ya teníamos indicios de que una recesión podía estar en puertas, y el coronavirus hizo que todo explotara más de lo que cualquiera imaginaría. Lo natural es que sigamos enfrentando una reducción económica, aunque sea doloroso, a nadie le guste decirlo ni escucharlo.

Es irrelevante que algunos “salvadores” piensen en fondos de reservas de miles de millones de millones para salvar el día, pues esos euros, dólares, libras o yuanes, no tienen el valor que necesitan, menos aún si simplemente “se inyectan”. Tras ellos no hay nada diferente a buenos deseos, o no tan buenos. Para decirlo con mayor justicia, esta vena de superhéroes no es por entero irrelevante, es considerablemente peligrosa.

En este caso, para nosotros es posible apreciar el inconveniente que enfrentamos, porque todos somos testigos de que la actividad y los intercambios han disminuído dramáticamente. No nos hacen tanta falta las complejas explicaciones económicas ni términos agobiantes para palpar que la dinámica cotidiana es diferente y que el movimiento general es menor. Por lo tanto, quizás no nos será extraño constatar que hay momentos en los que la economía se desacelere, se detenga o retroceda.

La posibilidad de que todo quede igual que antes parece reducirse cada semana, dado que aún no se dibuja un panorama en el que sea posible retomar una normalidad como la conocíamos. No dudo que lo lograremos, pero la hoja de ruta para la cura no está clara y, mientras tanto, entre incertidumbre o certidumbre de parálisis a plazos, toca lidiar con la realidad.

Nadie quiere dar malas noticias

Uno pensaría que los llamados a la calma económica deberían ir en esa dirección, es decir, no negando o adornando la complejidad de lo que vivimos. Es bastante probable que muchas empresas no soporten la presión de la inactividad, cierren o rebajen en buena medida su plantilla de trabajadores. Es considerablemente posible que muchos créditos no se puedan pagar, con lo que enfrentamos un escenario de turbulencia.

Lo correcto sería asumirlo y llamar a la prudencia, la flexibilidad con respecto a actividades productivas, la reducción del crédito y la sensatez en el gasto. También ayudaría incentivar todo tipo de labor que no sea sanitariamente riesgosa, con solo reducir o eliminar impuestos que le estorben. Pero no es eso lo que hemos visto.

Probablemente la mayoría de los líderes mundiales seguirá participando en estas olimpiadas de la burocracia salvadora, para auxiliarnos llenando los huecos con dinero-de-humo; validando que caminemos sobre aceite, sin saberlo. De ser así, el problema se prolongará en el tiempo y tendremos varios años de acentuación de una dolorosa recesión sobrecargada con deshonestidad y temor.

Solo los ciudadanos que exigen un trato diferente tienen alguna posibilidad de recibirlo eventualmente.

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