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El vuelo imparable del dólar paralelo en Venezuela

By: Aurelio Concheso - Jun 15, 2017, 2:23 pm
(Twitter)
¿No le pasa la tarjeta de débito? Tranquilo. No es que no tenga saldo. Es que el volumen de transacciones está rebasando la capacidad de los bancos. (Twitter)

Han pasado 74 días desde que el presidente Nicolás Maduro Moros anunció en cadena nacional lo siguiente:

“He decidido activar, a partir de la próxima semana, un nuevo Dicom que permita perfeccionar… un sistema de acceso a las divisas de todos los sectores productivos y de todos los venezolanos… que nos permita estabilizar el precio de la moneda… No está de más pedir la mayor unión nacional para combatir el sistema de distorsión y daño nacional que se ha creado con el dólar criminal de Miami…”

Bueno hubiera sido, además, que reconociera su grado de responsabilidad —si se quiere criminal— al contribuir a la persistente existencia de esa tasa de cambio libre, única a la que acceden los meros mortales que no forman parte de la cúpula que todavía disfruta de dólares a la ridículísima tasa de cambio denominada como “protegida” de Bs. 10 por dólar.

Por supuesto que a la velocidad que trabaja este gobierno “la próxima semana” se convirtió en dos meses. Pero es interesante notar que, para la fecha de la cadena nacional, el “dólar criminal”, como ellos lo denominan, estaba por los alrededores de Bs. $2.900 por dólar, y que, para el cierre de esta semana, luego de dos adjudicaciones por la vía del nuevo mecanismo de supuesta “subasta”, a niveles de alrededor de los Bs. $2.100, se encuentra por encima de Bs. $7.100. Es decir, a más del triple del nuevo Dicom. Además de que no deja de ser interesante apreciar que esa es la misma proporción de 3 a 1 que había once semanas atrás con el “viejo Dicom” de Bs. $727 por dólar.

Pero ¿por qué sucede este fenómeno de vuelo imparable del dólar paralelo, al que nunca logran alcanzar con los nuevos esquemas tipo parche que se van implementando? Más allá de las razones obvias, como la estructural de intrínseca inviabilidad de un sistema de cambios múltiples, y la persistente tentación de mantener el cambio oficial sobrevaluado en vano intento por transmitir una sensación de bienestar a la población, hay una razón de fondo que se agudiza cada día. Esa no es otra que el grado de descontrol cada vez mayor, en lo que se refiere a impresión de dinero sin respaldo.

Ese es un fenómeno propio de las hiperinflaciones, como en la que nos encontramos, pero cuya existencia pocos economistas aún se atreven a admitir. No es que la liquidez monetaria esté aumentando. No. Es que ¡la velocidad con la que está aumentando, es cada vez mayor! Hace un año demoraba doce meses para que se duplicara el circulante. Hoy la mitad del este se produjo durante los últimos seis meses, y un 20 % de él se hizo presente en el último mes.

 

Los efectos, amigo lector, usted los está sufriendo de varias maneras. ¿Por qué cree que los bancos le limitan a cifras ridículas la cantidad de efectivo que puede retirar de su cuenta por taquilla o por cajero? Porque el total de billetes que hace un año era el 10 % de la liquidez, ahora ha bajado al 7 %. ¿No le pasa la tarjeta de débito? Tranquilo. No es que no tenga saldo. Es que el volumen de transacciones está rebasando la capacidad de los bancos y de las plataformas de Credicard y de Interbank, porque a ese ritmo de aumento del aumento no hay cómo adecuar los puntos de venta.

Todo esto, por supuesto, termina reflejándose en el comportamiento del llamado cambio paralelo. Porque la gente intuye lo que está sucediendo, sin saber los detalles. A quienes califican de gurús, estiman que el paralelo pudiera estar por el orden de los $8.000 bolívares a finales de año. Sin embargo, los consumidores, que no son tontos, saben que cruzará esa barrera mucho antes, a no ser que alguien pare el desenfreno de la maquinita, cosa que, a todas luces es imposible, cuando ni siquiera se están considerando los cambios básicos que harían falta.

En las democracias esos síntomas de hiperinflaciones entrando en fase terminal, por lo general, producen cambios anticipados en los gobiernos de turno. Pero en regímenes autoritarios, como el de Zimbawe, a veces el autócrata da el gran paso, él mismo logra implementar el giro de 180 grados que se requiere, pero para que eso suceda el desorden monetario y fiscal tiene que pasar a ser disciplina pura.

Aurelio Concheso Aurelio Concheso

Aurelio F. Concheso es venezolano, ingeniero mecánico graduado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), empresario y moderador del programa radial de economía “La Otra Vía".

El terremoto político que produjo Trump está acabando con el consenso socialdemócrata del siglo XXI

By: Carlos Sabino - Jun 15, 2017, 1:50 pm
Consenso socialdemócrata

Donald Trump está produciendo un verdadero terremoto en la política internacional. Al sacar a los Estados Unidos del Acuerdo de París para el cambio climático ha roto el consenso que existía desde hace algunas décadas entre su país, Europa y buena parte del resto del mundo. Las reacciones han sido intensas y variadas. Muchos comentaristas afirman que ahora la gran potencia se está quedando sola y que ha perdido el liderazgo que ejercía en el plano internacional. Creo que, aunque esta afirmación tenga algo de cierta, debe matizarse y encuadrarse dentro de una visión mucho más amplia, que incluya el análisis de las ideologías dominantes en nuestra época. Lea más: Presidente de Perú espera que Donald Trump se arrepienta sobre Acuerdo de París El anterior presidente de EE. UU., Barack Obama, aparecía como liderando un consenso que tenía claros contornos ideológicos. Era, lo que podríamos definir, como la visión socialdemócrata del siglo XXI. Esta orientación política asignaba al Estado un papel central en la promoción del bienestar social, basada en amplias políticas sociales que requerían de impuestos cada vez mayores. Se favorecía la intervención profunda del Estado en la educación, imponiendo valores sobre el sexo, la reproducción, el ambiente y varios otros temas significativos; sistemas de salud también controlados por el gobierno y cada vez más abarcantes; pasividad ante el extremismo islámico al que se le toleraban actitudes que se prohibían a los demás; en fin, un conjunto de ideas que configuraban un nuevo estatismo y que llevaban a una erosión lenta, pero profunda, de las libertades individuales. Occidente, paso a paso, iba renunciando a sus valores y se negaba a defender su herencia cultural en lo que –tal vez con cierta exageración– algunos llamaban un suicidio, el suicidio de Occidente. googletag.cmd.push(function() { googletag.display('div-gpt-ad-1459522593195-0'); });   Con Trump, los Estados Unidos han abandonado este consenso y, con ello, el supuesto papel de liderazgo que tenían al respecto. Y digo que era supuesto porque la gran potencia no definía la agenda de las políticas y los cambios a efectuar sino que se sumaba, bastante pasivamente, a lo que ciertos grupos proponían. Trump, ahora, ha cortado los lazos de dependencia que tenía hacia ese falso liberalismo que nos impone lo que deben pensar nuestros hijos, la forma en que debemos cuidar nuestra salud y hasta lo que debemos comer o beber. Eso sí, y deseo que esto quede bien claro, no lo está haciendo enarbolando los valores de un auténtico liberalismo sino en función de una mezcla de ideas que incluye un peligroso nacionalismo y una forma renovada de populismo. De nada servirán los muros que propone el presidente de los Estados Unidos, pero hay que reconocer que ha tomado un camino positivo en cuanto a recusar el catastrofismo ambiental y proponer una drástica reducción de los impuestos. Lea más: El irresponsable catastrofismo sobre el Acuerdo de París y Trump El mundo, por todo esto, se estremece. Ya no hay un pensamiento único dominante sino una figura –el hombre más poderoso del mundo- que se aleja de esa suave pero peligrosa forma de socialismo que se nos trata de imponer. Los que luchamos por la libertad, en todos los planos, no nos debemos dejar arrastrar por la visceral reacción de quienes atacan a Trump desde la izquierda. No debemos, tampoco, apoyarlo sin reservas. Estamos en un momento de cambios y, por eso, es más importante que nunca definir con claridad nuestros ideales, nuestros valores y nuestras propuestas. No queremos un Estado nodriza que invada nuestra esfera de libertad individual, que destruya nuestra privacidad y que nos diga cómo tenemos que vivir. Pero tampoco queremos un nacionalismo agresivo, claro está, que podría llevarnos a conflictos cada vez más intensos y generales. Pensamos que la libertad económica es fundamental, no solo para garantizar nuestro bienestar, sino para asegurar el disfrute de las otras libertades: por eso estamos contra la elevación de los aranceles que obstaculizan el comercio internacional, pero a favor de impuestos más reducidos, más simples, que favorezcan las inversiones que necesitamos. Inversiones que, entre otras cosas, son indispensables para procurar un ambiente más limpio y más sano. Dejemos pues a Donald Trump con sus contradicciones, sin atacarlo como hace una izquierda que se ha hecho dominante en estas últimas décadas y que teme perder sus privilegios. Aceptemos que está quebrando ese conformismo ideológico que quiere construir un Estado todopoderoso y que –por eso- nos abre una ventana de oportunidad para sostener en alto los valores de la libertad y la autonomía del individuo.

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