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Venezuela: Un final de período histórico marcado por la posverdad

Por: Pedro García Otero - Jun 13, 2017, 10:11 pm

Desde hace meses, Maduro es un reo de un cuartel militar y el palacio presidencial. Pero convoca actos para aparentar popularidad en espacios cerrados. (Latin)

En tres oportunidades, durante los últimos dos meses —en los que, a sangre y fuego, no se ha permitido a decenas de miles de personas manifestar en el centro de Caracas— , vándalos han atacado la Dirección Ejecutiva de la Magistratura, ubicada en el municipio de Chacao, en el este de la ciudad.

Curiosamente (porque en cualquier parte de Caracas y del país en la que haya manifestaciones aparecen piquetes rabiosos de la Guardia Nacional o de los llamados “colectivos”, en ninguna de las tres oportunidades, la última de ellas este lunes 12 de junio, se han presentado las fuerzas del orden: Eso sí, las cámaras de la televisora estatal, Venezolana de Televisión, están presentes para testimoniar como, con furia, los manifestantes queman muebles, e incluso rompen cajeros automáticos del banco que está en el bajo de la sede de la institución. Lo hacen sin temor, regodeándose en su violencia, alegremente, como si nadie los fuera a reprimir; en la Caracas de estos tiempos convulsos, deben ser los únicos que no temen a la represión.

Posteriormente, difunden los videos por TV y redes sociales: “La derecha violenta ataca el Tribunal Supremo”. El presidente del susodicho tribunal, el cuestionado (por no tener las credenciales académicas requeridas y por haber estado investigado por dos homicidios) Maikel Moreno, señala que “retirará la Dirección Ejecutiva de la Magistratura porque el municipio Chacao es territorio sin Ley”.

No le importa a Moreno que, el mismo lunes, y a las puertas de la sede del Tribunal Supremo, que sí queda en el centro de la ciudad, colectivos y guardias nacionales golpearan y robaran a las personas que intentaban adherirse al recurso presentado por la fiscal Luisa Ortega Díaz. Tampoco dice que si fuera del TSJ Venezuela es un territorio sin ley, dentro lo es mucho más, comenzando por él mismo.

Su vida (pasar de ser cuerda floja de la policía política a presidente del máximo tribunal, y casado con una Miss Venezuela), daría para una telenovela, o quizás, mejor, para un narcocorrido.

Tampoco le importa a Néstor Reverol, ministro del Interior, general de la Guardia Nacional y “miembro” de la Lista Clinton por presunto narcotráfico, intervenir Polimiranda, la policía regional que dirige el gobernador Henrique Capriles, y señalar que lo hace porque este cuerpo “viola los derechos humanos”, cuando hay centenares de acusaciones de violaciones de derechos humanos, torturas y tratos crueles contra la Guardia Nacional.

Insisto: En estos tiempos oscuros, hay que leerse a Vaclav Havel, y eso que en los 70, Havel no había tenido que enfrentarse a ese monstruo llamado “posverdad” y “hechos alternativos“. El régimen de Maduro intenta sustituir la verdad que todos los venezolanos viven en la calle, por una verdad hecha de medios y declaraciones.

El propio Maduro envía una carta al Papa Francisco para pedirle que medie para evitar que los niños participen en protestas. Intenta, a la desesperada, transmitir las culpas, sacarse lo que ya no podrá sacarse: Que él, y su Gobierno, son reos de crímenes de lesa humanidad. Además, para quitarse de encima lo que ya parece patente: Que la Iglesia se ha puesto, definitivamente, del lado de la oposición. Como la comunidad internacional. Como la mayoría absoluta del país.

Por supuesto, en este mundo de mentiras y medias verdades que se construye, no dice que los niños que están en las protestas viven en alcantarillas, y que muchos han encontrado en la Resistencia la solidaridad que no obtienen del Estado, y además, un plato de comida.

Es un Gobierno tan débil que está confinado al Palacio de Miraflores y a Fuerte Tiuna, el único fuerte militar de Caracas; tan débil que para poder arrogarse la magnífica actuación de la selección de fútbol sub20 en el Mundial de Corea del Sur tiene, prácticamente, que secuestrar el avión y llevarlo al hangar presidencial para poder transmitirlo por televisión; tan débil que tiene que tener la música a todo volumen para que en el acto posterior de celebración de esa actuación, en el Estadio Olímpico de Caracas, tiene que tener música a todo volumen para tapar a las miles de voces que decenas de veces cantan: “y va a caer, este Gobierno va a caer”, canto que suena hasta detrás del palacio presidencial todas las noches, junto con el estruendo de las cacerolas.

En fin, un Gobierno tan débil que sigue adelante con una Constituyente que, según el mandatario dice en los foros a los que asiste, en el palacio de Miraflores o en Fuerte Tiuna (revisen la agenda de las últimas semanas, Maduro es un reo del palacio), se hará “llueva, truene o relampaguee”, porque tiene 85 % de rechazo. El autor de la encuesta, el director de Datanálisis, Luis Vicente León, señala que ve “imposible” que se concrete la Constituyente, justamente por el altísimo rechazo que esta tiene.

 

Y en todo este escenario, además, tenemos no solo a la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, dividiendo al “chavismo ortodoxo” del madurismo; tenemos también el recrudecimiento del hambre. Protestas como las de Vargas, el lunes en la noche, para las cuales el régimen conoce una sola respuesta, la misma que aplica a la oposición: La de reprimir. Protestas que no salen en VTV, para las cuales no hay créditos luego, como hacen con los comerciantes a los que saquean los “colectivos” para decir que fue la Resistencia, según muestran todos los indicios.

Dirá el lector que los 18 años del chavismo han sido así, siempre hubo una realidad alternativa, construida a base de dinero, medios de comunicación y si todo lo demás fallaba, represión; pero siempre hubo un grupo numeroso de venezolanos que apoyaban al chavismo, que estaban dispuestos a darle legitimidad a lo que no lo tenía. Hoy, en cambio, Maduro está solo.

Venezuela no tiene vuelta atrás. El rechazo a esta realidad de pobreza, de corrupción, de abuso de poder, es absoluto. Lo muestran todos los indicios. Frente a esto, un demócrata hubiera dicho: “Me retiro, paso a la oposición”. Por supuesto, para Maduro, mucho más después de lo hecho este año, esa posibilidad no existe. Existe otra: La de negociar su salvoconducto, como se corrobora apenas hoy, está haciendo. Pero eso implica dejar en la estacada a sus más cercanos, entregarlos como botín; y eso hace que estos se radicalicen.

Estamos en horas finales del régimen, que solo existe en los medios, en su dinero y en sus armas. Solo falta una fractura de sus bases; pero de tan encogidas que estas están, es más difícil que se rompan.

Otro factor poderoso de cohesión entre la oligarquía que acompaña a Maduro es el miedo común a que todos vayan presos, o enfrenten un destino incluso peor. Es hora de que la oposición profundice su ofensiva, y que al mismo tiempo, ofrezca las más amplias garantías a quienes deserten en este momento.

Porque Maduro, en su desesperada ofensiva final (la Constituyente), recuerda la anécdota que se le atribuye a un cercano a Hitler a finales de abril de 1945, cuando, quiere la leyenda, subió por última vez a la terraza de la Nueva Cancillería, bajo la cual estaba su fortaleza subterránea: “¿ve esa esquina del bunker?” Le dijeron. Asintió: “Bueno, de ahí en adelante, es territorio ruso”.

Pedro García Otero Pedro García Otero

Pedro García fue editor del PanAm Post en español. Periodista venezolano con 25 años de experiencia en cobertura de temas económicos, políticos y locales para prensa, radio, TV y web. Síguelo @PedroGarciaO.