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Sin los Kirchner, Argentina pudo celebrar en paz el aniversario de su independencia

Por: Carlos Sabino - Jul 16, 2016, 9:01 pm
(Panorama) Argentina
Desde la llegada de Mauricio Macri al poder, hace unos pocos meses, ha cambiado por completo la atmósfera en que se desarrolla la vida cotidiana y el escenario político del país sureño. (Panorama)

Dejando atrás confrontaciones inútiles, la Argentina celebró, en un clima de alegría y concordia, los doscientos años de su declaración de independencia. Ausentes estuvieron los discursos que fomentaban las divisiones y la lucha entre los mismos argentinos, como ocurría durante los doce años en que Néstor Kirchner y su esposa gobernaron la nación.

Desde la llegada de Mauricio Macri al poder hace unos pocos meses, ha cambiado por completo la atmósfera en que se desarrolla la vida cotidiana y el escenario político del país sureño. Argentina, por fin, parece alejarse de esa manera de gobernar que tantos daños le ha ocasionado: eso que llamamos populismo, aunque la palabra a veces resulte imprecisa, y que se instaló con Juan Domingo Perón en la década de los cuarenta del siglo pasado. Y por dos cosas, entre otras, se caracterizó ese populismo del que hablamos: por la manera dispendiosa en que se gastaron los recursos de la nación y por ese discurso que proclamaba y fomentaba las divisiones, las oposiciones entre distintos sectores sociales y políticos.

La forma en que los Kirchner utilizaron los recursos públicos llevó al país a una crisis que ahora Macri tiene como tarea resolver. Se endeudó a la Argentina, se gastó más de lo que existía en caja, se vaciaron los fondos de pensiones y se elevaron los impuestos para dar al gobierno el dinero necesario como para comprar voluntades a lo largo y ancho del país. Se daban subsidios, aunque parezca increíble, a los jóvenes que no trabajaban ni estudiaban, se movilizaban multitudes pagando su presencia en tomas de carreteras y manifestaciones, se subvencionaba a la factura de electricidad mientras se creaba una crisis energética de enormes dimensiones. Este profundo desequilibrio entre ingresos y gastos llevó al control de los intercambios en moneda extranjera, a la devaluación y a la inevitable inflación que ahora el nuevo gobierno tiene que enfrentar.

 

La política de incentivar las divisiones sociales y políticas llevó a los Kirchner a enfrentar a la iglesia, a los medios de comunicación, a los empresarios y a los agricultores. Nada bueno podía salir de esa manera de exacerbar las naturales diferencias de intereses que existen en toda sociedad. Y nada bueno resultó. Después de tantas disputas inútiles los argentinos parecen haber reconocido, por fin, que no es luchando contra sí mismos que pueden hacer progresar a su país y que se necesita crear un clima de paz para favorecer el desarrollo económico y la convivencia social.

Asistí hace unos años a un acto de una embajada argentina en la que su titular, un hombre político y no de carrera diplomática, recordaba el pasado enarbolando esas mismas banderas de la lucha de clases y hacía constantes alusiones a los conflictos internos. El diplomático, si así puede llamárselo, evocaba las penurias que pasaron los inmigrantes al llegar al suelo americano, desvalorizaba la independencia y parecía decirnos que solo con la llegada de Perón se había alcanzado la justicia. Era un enfoque sesgado y politizado del pasado, una visión de la historia que, en definitiva, justificaba el populismo de Perón y endiosaba a los guerrilleros urbanos que, en la década de los setenta, ensangrentaron al país llevándolo a una lucha absurda que solo trajo penurias y rencores.

Se olvidaba, en ese discurso tan propio del kirchnerismo, que en este mundo no hay países independientes en lo económico y que no es el aislacionismo, sino la inserción en los mercados mundiales el “modelo” que lleva al crecimiento económico y social; que las inversiones extranjeras colocaron a la Argentina en el concierto mundial y la hicieron, hace cosa de cien años, una potencia estimada y respetada por todos; que los inmigrantes –unos más y otros menos- pudieron prosperar y afincarse en la tierra que les dio acogida. Y, para no olvidar lo principal, que el gobierno de Perón no respetó ni las libertades públicas ni la institucionalidad democrática y que agotó las reservas monetarias que tenía el país sin dejar, ni mayor igualdad entre sus habitantes, ni obra que pueda ser recordada y apreciada por las futuras generaciones.

Es por eso que envío mi saludo a esta nueva Argentina que, hoy, parece levantarse otra vez. Sin odios, sin rencores y valorando las libertades que son la clave para el progreso nacional y el bienestar personal de sus ciudadanos. Ojalá sea ejemplo también para otros países latinoamericanos.

Carlos Sabino Carlos Sabino

Sociólogo, escritor y profesor universitario, Sabino es director de programas de máster y doctorado en Historia de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Siguelo @Sabino2324