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Táchira: Cielo e infierno en Venezuela

Por: Carolina Jaimes Branger - Sep 1, 2014, 7:00 am
La ciudad de San Cristóbal, capital del Estado de Táchira. (Wikimedia)
La ciudad venezolana de San Cristóbal, capital del Estado de Táchira. (Wikimedia)

El viernes 22 de agosto mis hijas y yo nos fuimos para el Aeropuerto de Maiquetía decididas a montarnos en el avión que fuera para llegar a San Cristóbal a celebrar el santo de una tía.

Habíamos tratado de irnos por todos los medios y no habíamos conseguido pasajes. Contemplamos hacer el viaje en carro, pero los conocedores de la carretera —sobre todo el tramo del piedemonte de Barinas a San Cristóbal— nos desalentaron a que lo hiciéramos por el pésimo estado de la vía y la inseguridad.

Estando en Maiquetía milagrosamente encontramos cupos (sin tener que pagar extra, como les ha pasado a tantos y cada vez con más frecuencia) y nos embarcamos… sin pasaje de regreso.

Pero valía la pena correr el riesgo: porque ir a San Cristóbal para mí siempre ha sido un motivo de felicidad. Es volver a mis raíces y sentir que soy parte de esa tierra que me llama y que me atrapa, e imaginar que de igual manera llamó y atrapó a mis antepasados que allí se asentaron. Es constatar que allá viven, como me dijo el doctor Pedro Ramírez Duque, “los vigías de la patria”, que el Táchira es “donde empieza y termina Venezuela”.

Ir al Táchira es sentarme a comer pastelitos en la plaza de Táriba y un buen sancocho en Capacho. Es subir a Loma de Pío para poder ver hasta el infinito, es sentir que el aire es realmente un fluido en Loma del Viento.

Ir al Táchira es reencontrarme con los caros recuerdos de las vacaciones de mi niñez, con mi familia, mis amigos, con las “flores como esas grandes” de las que solo hay allá… Con la memoria de quienes se fueron, con quienes están, con los más pequeños de la familia que iluminan la vida de todos.

Ir al Táchira es ir al cielo, pues. Pero esta vez fue distinta. Si bien los recuerdos, la familia, los amigos y las montañas fueron –como siempre— motivos de felicidad e hicieron que valiera la pena el viaje, encontrarme con el infierno en el que se ha convertido el Táchira fue como una puñalada en mi corazón.

Yo tenía apenas dos años de no ir, que no es tanto tiempo, sin embargo el deterioro es exponencial. Desde que uno llega se va encontrando con cosas que ya no sorprenden, pero que reafirman lo mal que estamos y lo peor que podemos estar.

El recibimiento en el Aeropuerto de La Fría, por ejemplo, fue una gigantesca valla de Nicolás Maduro con un pensamiento suyo: “Cristo redentor se hizo carne, se hizo nervio, se hizo verdad en Chávez”. Menos mal que no había almorzado.

Dos gigantescas vallas más con fotos de Maduro más grandes que las del Sagrado Corazón y el Cristo de La Grita nos despidieron de La Fría rumbo a San Cristóbal. Encima, fotos de Chávez por todas partes. Chávez con Bolívar, Chávez con Maduro, Chávez, Chávez, Chávez.

El empobrecimiento de uno de los Estados más pujantes del país es visible. Comercios cerrados, industrias quebradas. La escasez es galopante. No se consiguen muchos productos de la cesta básica, las medicinas también escasean, tanto, que uno llega a sentir que en Caracas “hay de todo”.

El “bachaqueo”, un eufemismo para contrabando, es la actividad más lucrativa. Y con quienes hablé coinciden en que hay verdeolivas por detrás de todo, hasta del motorizado que se cuelga de los hombros 8 litros de gasolina en botellas de refresco. ¡Y todavía hay quienes piensan que los militares son la solución!

Las carreteras están en total estado de abandono, pero llenas de vallas que hacen loas a la revolución. El valor del trabajo, tan acendrado en el andino, se ha diluido gracias a las oportunidades de ganar dinero fácil de cualquier manera.

La despedida fue de antología: un día entero en la pocilga que es el Aeropuerto de Santo Domingo (¿qué se habrán hecho los reales que asignaron para su remodelación antes de la Copa América?) y no pudimos regresarnos. Los pasajes los subastaban a la vista de todos, pero nadie decía nada. Era pagar o quedarse, y nosotras nos quedamos.

Regresé con la sensación de que había hecho un periplo dantesco, en el que visité el infierno, el purgatorio y el cielo, con más tragedia que divina comedia…

Artículo publicado originalmente en El Universal.