Los subsidios de Trump y el Vals del Ogro

Embarcarse primero en una guerra comercial y luego recurrir a subsidios para “ayudar” a los más afectados por ella, seguramente no funcionará

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Los subsidios de Trump y el Vals del Ogro (B)

Por Gerardo Garibay Camarena*

Hace algunos días, la administración Trump anunció que destinará cerca de $12 mil millones de dólares en subsidios para respaldar a los granjeros que han sido afectados por los aranceles impuestos por otros países a consecuencia de las actuales guerras comerciales con China, la Unión Europea y Canadá, que por lo visto no son tan “buenas y fáciles de ganar”.

A primera vista, los nuevos apoyos podrían parecer una buena idea; suena más o menos lógico el dar un paso adelante para ayudar a quienes están sufriendo y echarles la mano para que se mantengan en pie. Sin embargo, detrás de su máscara sonriente, esos subsidios son la preocupante señal de un ogro cada vez más grande en los pantanos de Washington.

¿Un ogro? Déjeme explicar:

En 1978, el escritor Octavio Paz definió al gobierno como “el ogro filantrópico” es decir, una criatura que reparte subsidios y programas para supuestamente aliviar la pobreza, pero que al mismo tiempo devora una parte cada vez mayor de la prosperidad nacional a través de los impuestos requeridos para financiar esos programas sociales y de la consecuente corrupción en el uso de los recursos.

El ogro pudiera incluso tener buenas intenciones, pero sus actos harán mucho más mal que bien.

Pudiéramos decir que este ogro, que se oculta dentro las estructuras gubernamentales de todo país en el planeta, tiene incluso una cierta clase de ritmo, casi como una danza. Se mueve en una sucesión de pasos, devorando más y más con cada uno de ellos, hasta que engorda tanto que ya no puede bailar, y cuando el vals se detiene finalmente muestra su verdadero rostro de tiranía y violencia, y de fracaso, como podemos observar actualmente en el colapso de Venezuela.

¿Cuáles son esos pasos? Bueno, el vals comienza cuando el ogro interviene en una parte de la economía para, digamos, imponer aranceles en unos cuantos productos, algo fácil de justificar, nada demasiado notorio o preocupante.

Sin embargo, esto crea una disrupción; aquellos afectados por la intervención original del gobierno se vuelven hacia este demandándole que los ayude y, siendo después de todo un filántropo, el ogro está feliz de acceder a su deseo, desviando dinero en respaldo de ese grupo vulnerable. Con cada nuevo paso, se multiplican las disrupciones en el panorama económico y el número de actores que demandan un apoyo.

Ya que el dinero es indispensable para cumplirles, el ogro pronto enfrenta una de dos opciones: adquirir mayores deudas o imprimir más dinero. En ambos escenarios el costo del vals será eventualmente pagado por los ciudadanos, que terminan cargando con más impuestos y con el costo, tanto en efectivo como de oportunidad, que implica vivir en una economía cada vez más intervenida.

Eventualmente, las señales de oferta y demanda se oscurecen tanto por la intervención gubernamental que los agentes económicos quedan simbólicamente en penumbras, y ya no saben si es que avanzan en la dirección correcta, con el resultante desperdicio de valor y recursos, lo que a su vez lleva a las personas a demandar incluso más acción del gobierno.

Por lo tanto, el vals aumenta su velocidad, convirtiéndose en una vertiginosa demostración de gasto, un río turbulento donde los compadres pescan todos los pescados, mientras que las demás personas se quedan con hambre.

Esa es la verdadera perversidad del vals del ogro: Una vez que inicia la música, es casi imposible detenerla. No importa cuántas leyes se aprueben o estudios se financien, y ni siquiera el qué tan honestas sean las intenciones de la monstruosa figura; los problemas creados por el incremento en la intervención gubernamental no pueden resolverse con nuevas regulaciones. Por el contrario, cada problema aparentemente “resuelto” crea una multitud de nuevas externalidades, hasta que el sistema ya no puede gastar, porque todos están quebrados.

He ahí el genuino peligro de los nuevos subsidios anunciados por Trump. No solo distorsionarán los incentivos de la industria agropecuaria, sino que también añadirán incluso más peso a la de por sí asfixiante deuda nacional norteamericana, que supera ya los $21 billones de dólares.

Esa deuda nunca se reducirá mientras el ogro siga añadiendo nuevos programas “temporales” que pronto se convierten en derechos adquiridos en la mente de los beneficiarios, incluyendo entre ellos, por supuesto, a todos los políticos locales y estatales que buscarán ser electos con el respaldo de la “generosidad” de Washington D.C.

No sé, quizá Trump tiene buenas intenciones. Sin embargo, poner en marcha el vals del ogro, al embarcarse primero en una guerra comercial y luego recurrir a subsidios para “ayudar” a los más afectados por ella, seguramente no funcionará.

Esos subsidios elevarán la deuda, debilitarán aún más a la economía y abrirán las puertas a una marabunta de oportunidades para la corrupción el capitalismo de cuates, y al final del día América será menos próspera, y el mundo será menos libre debido a ello. Como dice el dicho, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones, y esa es una senda que no admite subsidio.

*Gerardo Enrique Garibay Camarena es editor de Wellington.mx, autor de los libros “Sin Medias Tintas” y “López, Carter, Reagan”, analista y profesor universitario.

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