La maldición del dólar barato en la Argentina

Si el país es tan populista como se dice, pues es porque todos los gobiernos han recreado un verdadero paraíso para los buscadores de rentas

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Argentina se resiste a ahorrar e invertir, solo busca consumir y es incapaz de exportar. (Archivo)

Por Héctor Schamis:

En Estado y alianzas en Argentina, el gran Guillermo O’Donnell nos obligó a pensar en la economía política del país en términos del tipo de cambio. Era un simple y prístino argumento: un dólar alto favorece a los exportadores de granos; un dólar barato, en una economía cerrada, es la preferencia de los sustituidores de importaciones, ávidos de bienes de capital.

Los conflictos distributivos y sus concomitantes coaliciones debían leerse a través de la política cambiaria. Al llegar a la segunda mitad de los setenta, sin embargo, en la fase terminal de la sustitución de importaciones, cambiaron las preferencias y las prácticas de los actores sociales. La aceleración de la inflación, la simultánea apertura de las cuentas comercial y de capital, junto a un exceso de liquidez internacional —ergo, acceso al crédito externo— generaron una suerte de dolarización de facto.

Operar en moneda extranjera dejó de depender del tipo de vinculación con el sector externo y comenzó a ser práctica corriente aún para quienes producían para el mercado interno. Ahorrar en divisas, a su vez, ya no era exclusivo de los sectores de altos ingresos. La adaptación financiera en activos líquidos se generalizó.

También se propagó el consumo en dólares, o sea, viajar al exterior. Fue la época del «deme dos», un peso fuerte al que los bienes deseables le resultaban baratos. Aquella época quedó instalada en la memoria y la sociabilidad —léase, los patrones de consumo— de los sectores medios y medios-altos.

Se dice con frecuencia que los argentinos viven por encima de sus posibilidades y se le atribuye al populismo —como sea que se defina— responsabilidad en ello. Es una lectura parcial, por decir lo menos.

En realidad, la responsabilidad inicial la tuvo la política económica del último régimen militar, especialmente a partir del programa de estabilización del 1° de diciembre de 1978. En el mismo se introdujo la renombrada «tablita», una serie de devaluaciones preanunciadas por debajo del nivel de inflación a efectos de reducir expectativas. Ello generó una fuerte apreciación y alto endeudamiento externo, dada la liberalización de los flujos de capital. Tasas de interés locales superiores a las internacionales, y el riesgo del tipo de cambio neutralizado por la tablita, produjeron un importante endeudamiento en moneda extranjera y su consecuente expansión de consumo.

No era sostenible, pues el déficit de cuenta corriente no podía financiarse en el mediano plazo. Ello quedaría claro con la crisis de la deuda en 1982 y la devaluación explosiva, pero hasta entonces le sirvió a la dictadura para obtener apoyo entre las clases medias, o al menos para aplacar el disenso, durante su fase más represiva. Este patrón de políticas cristalizaron a partir de allí, siendo además un factor importante en el posterior comportamiento electoral.

Es que la persistencia de la inflación otorgó primacía a los fenómenos monetarios en el conjunto de la política económica, incluyendo el uso del tipo de cambio como ancla nominal y como diseño institucional para recuperar credibilidad. Ello generó una tendencia a la apreciación y al consumo que fue premiada en las urnas —o, alternativamente, la devaluación fue castigada— por una buena parte del voto urbano. Y, de hecho, Argentina vota ininterrumpidamente desde 1983.

Así fue para Alfonsín, quien en el poder a partir de 1983 fue premiado en la elección de 1985 por el Plan Austral, programa de estabilización basado en el tipo de cambio y que evolucionó exactamente de acuerdo a la secuencia estilizada en la literatura sobre el tema: descenso de la inflación, apreciación real y un boom de consumo al mismo tiempo, es decir, estabilización sin recesión, que por lo general son estrategias de efímera duración.

De hecho, al llegar 1987 el boom ya se había convertido en «bust». La credibilidad estaba por el piso y un nuevo intento por fijar el tipo de cambio, el Plan Primavera de ese año, colapsó en semanas. El aumento de precios se aceleró y con ello la estampida hacia el dólar. La hiperinflación condenó a Alfonsín a un final anticipado.

Carlos Menem asumió en julio de 1989 pero encontró la receta de la estabilidad recién en 1991: tipo de cambio fijo y moneda convertible. Se quedó 10 años, siendo reelecto en base a baja inflación y credibilidad del tipo de cambio, es decir, otra vez apreciación del peso, consumo y viajes.

Determinado a mantener la convertibilidad a cualquier costo, Fernando de la Rúa fue una especie de tercer periodo de Menem. Costo que fue altísimo, por cierto, en tanto requería tomar deuda a tasas estratosféricas para intervenir en defensa del «uno a uno». Terminó con la devaluación y el default.

Eduardo Duhalde llegó para poner un poco de orden en una «Argentina en llamas», como dice su propio libro, y Néstor Kirchner llegó de la mano de la fortuna. Ello por encontrarse, repentinamente, con términos de intercambio que Argentina no tenía desde 1945, el superciclo de las commodities.

La bonanza de la soja fue tal que no hubo endeudamiento ni déficit de cuenta corriente, pero sí un crecimiento importante del déficit fiscal. La economía crecía a «tasas chinas», pero solo por aumento de los precios internacionales, no por aumento de la productividad.

La Argentina contó con recursos que no había tenido en generaciones, pero no los ahorró ni los invirtió, solo los consumió. De hecho, los dólares del subsidio energético salían de las exportaciones agrícolas, 20.000 millones al año durante una década, al igual que los recursos para el clientelismo, la perpetuación y la corrupción desenfrenada.

Así fueron tres períodos. Al final de Cristina Kirchner, ya con los precios internacionales en caída, el drenaje de divisas se combatía con el proteccionismo del cepo y el control de cambios. Es decir, administrando la recesión.

Mauricio Macri se encontró con un importante déficit fiscal pero no con endeudamiento. Abordó el ajuste fiscal con el gradualismo, es decir, un ajuste supuestamente paulatino. El problema fue que al acordar con los holdouts, el regreso a los mercados de crédito internacionales no fue implementado de la manera más inteligente posible.

De hecho, se hizo por medio de la atracción de hot money, capital de corto plazo y volátil por el que se paga altas tasas. Los vencimientos se aproximan, además, presión extra en el tipo de cambio

Así, la emisión de deuda financió —otra vez, y van— el consumo y el consabido déficit de cuenta corriente al apreciar el tipo de cambio real. Al déficit fiscal ya existente, cuya reducción ocurrió solo de manera marginal, se agregó otro. Tuvo un resultado electoral positivo para el gobierno, en octubre de 2017, pero desde hace ya un año fundadas dudas acerca de su sustentabilidad han generado mini corridas al dólar.

La incertidumbre acerca del tipo de cambio impide bajar la inflación, a su vez, y ello a pesar de la restrictiva política monetaria. No hay hiperinflación ni maxidevaluaciones, por ahora al menos, pero Argentina se ha quedado en una especie de estanflación de los ochenta.

Pero no es esta una historia de Macri y Cambiemos únicamente, es un patrón que lleva 40 años. La maldición del dólar barato, subsidio al consumo que es recompensado en las urnas, genera vastas ineficiencias agregadas. Se trata, en definitiva, de otra coalición distributiva frente a la cual todos los gobiernos han cedido.

Al clientelismo del empleo público, los sindicatos, los contratistas del Estado y los planes sociales, entre otros, agréguese entonces el de la apreciación cambiaria. Si el país es tan populista como se dice, pues es porque todos los gobiernos han recreado un verdadero paraíso para los buscadores de rentas.

Así, Argentina se resiste a ahorrar e invertir, solo busca consumir y es incapaz de exportar. La interacción de la política cambiaria y el ciclo electoral genera una dinámica perversa; a menudo es la fuente de sus desequilibrios macroeconómicos y del deterioro de sus instituciones democráticas.

Contener la paridad cambiaria a la fuerza siempre termina en una devaluación con corrida, sino en una crisis bancaria. Es un país con una paradojal historia de sus finanzas públicas: demasiados dólares cuando no hacen falta y muy pocos cuando son imprescindibles.

*Héctor Schamis es un prestigioso académico argentino. Actualmente es profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Georgetown. Autor de varios libros y articulista de opinión en diferentes medios. Síguelo en @hectorschamis.

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