La marcha del millón: el comienzo de la decadencia de Chile

Lo único que demostró la marcha, que fue grande pero no representativa, es que el pueblo chileno se sumergió en el colectivismo más básico

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Los chilenos son víctimas de la manipulación de la izquierda. (Foto: Flickr)

Por Esteban Zapata

La masiva marcha del 27 de octubre que aconteció en Chile fue quizás uno de los mayores terremotos políticos. no solo de este país sino también a nivel latinoamericano. El país con mejores estándares de vida de la región no salía a las calles en masa a protestar por los saqueos e incendios, sino que salía para pedir el fin del modelo económico. Se calculó que más de un millón de personas solo en Santiago salieron a marchar ese día y en ciudades de regiones ocurrió algo parecido.

Ni en los mejores sueños de la izquierda chilena (ni en las peores pesadillas de la derecha liberal y conservadora) se esperaba esto. Era evidencia de la crisis del «neoliberalismo», del que tanto habló parte de la prensa que llamaba y clamaba por un nuevo «pacto social» y que afirmó que «la desigualdad se acaba repartiendo la riqueza» o «hay que acabar con las privatizaciones y el mercado». Se dijo que fue una «marcha histórica», que «Chile alzó la voz», que esto se asemejaba al «plebiscito del 88» que sacó a Pinochet, y que era la «marcha de los que sobran» (famosa canción de la banda chilena de izquierda de los 80, Prisioneros).

Lo único que demostró esta marcha, que si bien fue grande no fue representativa, es que el pueblo chileno se sumergió de lleno en el colectivismo más básico. Lo cierto es que esta movilización parecía mas bien una catarsis colectiva sin ningún sustento. No había petitorio alguno o demandas ciudadanas y tampoco liderazgo. Era marchar por marchar sin razón aparente. La realidad es que Chile es el mejor país de Latinoamérica y eso es debido a su modelo económico. Eso es indiscutible. Pero el éxito de Chile es también su mayor fracaso: no poder comunicar de forma eficiente sus logros ha llevado a las personas de este país a creen que viven en un «infierno».

Si durante toda la semana la televisión chilena se enfocó en el «pool party» de la clase alta (mientras seguían los saqueos y los destrozos del «pueblo virtuoso», según un periodista), la población prefería la desinformación («somos el país más desigual del mundo» o «los sueldos y las pensiones son malas») y las noticias falsas viralizadas en redes sociales. Se decía que la quema de buses habría sido montaje de carabineros, que había recintos de tortura como el metro Baquedano y que el número de muertos era de 42 personas. Todo esto fue desmentido con el correr de las horas, pero el daño ya estaba hecho. Las personas no pensaron, solo actuaron y expresaron su malestar ante la situación sin contrastar la información real. Y ese malestar iba dirigido a la clase política en general, que consideraban parte del problema y no de la solución.

Pero los políticos de izquierda como el Frente Amplio, gestores intelectuales de estas protestas en primer lugar, intentaron arrogarse el éxito de esta movilización e intentar llevar la batuta del descontento de la gente e imponer sus propias ideas. Se hicieron durante el fin de semana «cabildos ciudadanos» posterior a esta marcha, donde los operarios políticos de izquierda triunfalmente hablaban del «fin del modelo» y que había que reemplazarlo por el suyo. Hubo petitorios como más impuestos a los ricos, crear un Estado asistencial que se encargue de fijar los precios de los medicamentos y el transporte y, por supuesto, instaurar una «asamblea constituyente», que reemplace la «constitución de Pinochet» y se garantice por escrito los «derechos sociales» que supuestamente exige la gente. Desde luego, cualquier opinión disidente era callada instantáneamente.

Lo cierto es que los chilenos que participaron en esta charada no tienen idea de qué es una constitución en primer lugar y tampoco saben cómo funciona la economía ni tienen idea de política. Ellos creen que la constitución es una solución mágica a sus problemas como otorgar salud y educación gratuita, pensiones estatales, o garantizar el sueldo mínimo. Eso es parte de la manipulación que ha hecho la izquierda en este país.

Las consecuencias de esta marcha han sido desastrosas. En el corto plazo ha ocasionado por ejemplo que la popularidad del presidente Piñera haya caído en picada. Aproximadamente el 78 % de las personas desaprobarían su gestión y una de las razones del descontento sería «no haber escuchado a la gente». El nuevo gabinete nombrado por el presidente tendría la misión de escuchar y dialogar con la gente para buscar un «Chile más justo» porque «Chile exigió cambios», anuncio que la izquierda no celebró por razones obvias. Ellos buscan acusarlo constitucionalmente por establecer el estado de emergencia y la «violación de derechos humanos» que supuestamente se cometió durante los saqueos. A nivel económico. la cámara de comercio de Santiago calcula 400 000 empleos afectados debido a que 25 000 locales fueron cerrados por robo, incendios o forzaron a cerrar por los acontecimientos durante la semana de disturbios.

A largo plazo. es el fin de Chile como lo conocemos. La izquierda quiere instalar el socialismo que ya tienen países como Venezuela, donde los derechos sociales consagrados por constitución conllevaron al exilio a más de 4 millones de venezolanos. Ni con el impuesto a los «súper ricos» y el impuesto a las empresas logrará pagar lo que exige la gente: bajar el costo de la vida. Eso lo lograrían con una baja de los impuestos, pero la izquierda quiere lo contrario y para hacerlo busca desestabilizar Chile continuando con las protestas violentas.

Latinoamérica ha visto con asombro cómo la nación más prospera de la región ha caído en la inestabilidad política y que quieran implementar lo que ha fracasado en varios países. Pero el fenómeno mundial es bastante claro: la izquierda está más fuerte que nunca, debido a que sus ideas apelan a las generaciones más jóvenes. Las elecciones presidenciales en Argentina y las regionales de Colombia están confirmando esta tendencia. Lo que tiene que hacer la derecha liberal, libertaria y conservadora es hacer el contrapeso a la izquierda, no adoptar las propuestas de la socialdemocracia, causa principal del desastre latinoamericano.


Esteban Zapata es liberal clásico egresado de la Universidad de la Frontera de Chile como biomédico.

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