Treinta años sin el Muro

En un nuevo aniversario de la caída del Muro de Berlín, conviene recordar el legado cruel del comunismo a ambos lados del Atlántico

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muro de berlín
Restos del Muro de Berlín. (Foto: Flickr)

Por Emilio Martínez

En la noche del 9 al 10 de noviembre, se cumplirán tres décadas de la caída del Muro de Berlín, apodado engañosamente como la «muralla antifascista» por sus constructores, aunque su función real era impedir la emigración hacia la libertad de los alemanes del este, sometidos a la dominación totalitaria del Partido, la Stasi y el Ejército Rojo.

Con la demolición popular del Muro en 1989, acometida por una multitud a pico y martillo mientras sonaban los acordes del exiliado violonchelista Rostropovich, terminaba el siglo XX, de acuerdo a la cronología heterodoxa fijada por el historiador británico Eric Hobsbawm, quien lo definió como un siglo «corto», iniciado en 1914 con la Primera Guerra Mundial.

La caída del Muro se convirtió en el símbolo más visible del derrumbe del socialismo real, que hizo implosión tras el fracaso rotundo de la planificación centralizada, de aquel sistema burocrático de «ordeno y mando» como lo definiera Mijaíl Gorbachov, quien intentó infructuosamente reformarlo mediante la Glasnost (transparencia) y la Perestroika (reestructuración).

Por aquellos días, se darían también los gobiernos encabezados por antiguos disidentes como el sindicalista Lech Walesa y el dramaturgo Vaclav Havel; el equívoco triunfalismo del hegeliano Francis Fukuyama, predicando el Fin de la historia; la reunificación alemana; el despegue de Estonia con sus reformas turboliberales; el breve interregno democrático ruso con Boris Yeltsin y la posterior recaída autoritaria con Vladimir Putin.

En América Latina, el colapso del comunismo obligó a la Cuba de los Castro al austero «período especial» primero, y a co-impulsar con Lula da Silva el Foro de São Paulo después. Esta entidad tenía el cometido de promover la llegada al poder de sus partidos integrantes por la vía electoral, los mismos que posteriormente procederían a desmontar las democracias desde adentro, poniendo además sus economías al servicio de la dictadura cubana, algo especialmente patente en el caso del petropopulismo venezolano.

A treinta años de la caída del Muro, nuestro subcontinente no termina de salir de esa estrategia de sustitución: el Madurato, la Nicaragua de Ortega y la Bolivia de Morales acuden cada vez más a medios pretorianos, mientras Argentina reincide en el kirchnerismo con negros nubarrones para la libertad de prensa.

Esto confirma que no hay ningún Fin de la historia, sino una batalla cíclica por la libertad que, como bien dijo Benjamin Franklin, exige una «eterna vigilancia» para defenderla de sus enemigos.

Una de las dimensiones fundamentales de ese conflicto se da en el ámbito de la cultura, de la lucha de ideas, que por una parte necesita con urgencia la incorporación de nuevas generaciones de pensadores liberales, y por otro lado debe encarar el desafío de comunicar estas propuestas a los emprendedores populares, muchas veces informales, que siguen embaucados por una demagogia socialista que va a contracorriente de sus realidades.


Emilio Martínez Cardona es escritor y analista político uruguayo-boliviano.

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