Bolvia: el racismo progre

El racismo es un mal tanto de izquierdas como de derechas. En Argentina y Bolivia hay exponentes de ello

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¿Cómo es el racismo en Bolivia? (Foto: Flickr)

Por Emilio Martínez Cardona

“Los italianos son mafiosos por herencia genética”. La frase brutal pertenece a la vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y fue perpetrada días atrás a manera de crítica contra la ascendencia de Mauricio Macri.

Con su disparate, Fernández se ganó que el viceministro del Interior de Itailia, Achille Variati (PD, centroizquierda), la calificara de “evidentemente e insoportablemente racista”.

El caso de la “xenofobia K” es otra muestra de que el racismo no es patrimonio exclusivo de la extrema derecha y que suele aparecer también –a veces camuflado o sutilizado– entre las opiniones autodefinidas como progresistas.

Ahora, con el desembarco de Álvaro García Linera en la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín) como catedrático de antropología y sociología, el racismo progre del vecino país puede tener un refuerzo desde el “marxismo étnico”, del que alias Qananchiri es exponente.

Desde el Grupo Comuna y a lo largo de todo el régimen del Movimiento Al Socialismo, García Linera formuló una peculiar versión del gramscismo donde la hegemonía en el bloque histórico revolucionario correspondía a los aymaras, la “etnia fuerte” de Bolivia, como sostuviera en un simposio convocado por los franciscanos en Cochabamba.

Lo cierto es que los excesos en la discriminación afirmativa pueden conducir a formas de racismo o reabrir confrontaciones allí donde se estaban superando. Y eso es precisamente lo que sucedió, llevando a que, por ejemplo, se privilegiara a ciertos electorados por razones etno-geográficas, logrando que un 30 % de la población tenga el 50 % de las bancas parlamentarias a través de la manipulación del sistema de circunscripciones.

En el fondo, lo que tuvimos durante 14 años fue un indigenismo instrumental, practicado como cobertura de un poder hegemonista y de profunda vocación autoritaria.

La mejor demostración del carácter meramente utilitario y cosmético de ese indigenismo fue la feroz represión policial contra los marchistas del Tipnis en Chaparina, atropello que en ningún momento mereció autocrítica alguna de parte de García Linera.

Es que, en sus propias palabras, la etnicidad es “una estrategia discursiva performativa de reubicación de clase” (ver su reciente conversatorio en el CELAG). Una posible traducción de la frase al castellano diría que el racismo inverso fue en realidad un medio para que una fracción postergada, resentida o decadente de la clase media tradicional, se elevara a la cúspide del poder estatal empleando como herramienta de choque a los movimientos sociales. Por ahí van los tiros.


Emilio Martínez Cardona es un escritor uruguayo-boliviano.

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