Liberalismo y prosperidad

La extensión de las ideas liberales y, por ende, de la economía capitalista a lo largo y ancho del orbe ha redundado en beneficios para toda la humanidad

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Desde el fin del absolutismo, un ciudadano libre tiende a fijarse ciertos objetivos de vida a corto, mediano y largo plazo. (Youtube)

Por Eduardo Nakayama

Los desafíos para combatir la pobreza y avanzar hacia el desarrollo encuentra a colectivistas insistiendo en el camino del socialismo, a conservadores buscando mantener el statu quo y a quienes creemos que el mejor camino para realizar estas conquistas es el liberalismo, que en su faz económica no es otra cosa más que capitalismo. Pero para entender por qué la libertad es fundamental para el desarrollo, es necesario comprender cómo se genera la riqueza y por qué el liberalismo fue el motor de las trascendentales transformaciones que experimentó la humanidad en los últimos cuatro siglos, incluyendo el inicio de la Era Contemporánea.

El fin del absolutismo en el mundo tomó verdadero impulso con el liberalismo de John Locke, quien en sus dos Tratados sobre el Gobierno Civil refutó las ideas conservadoras de Sir Robert Filmer, y al mismo tiempo desafió al absolutismo monárquico que como sistema político dominó la historia de la humanidad desde los albores de la civilización. Locke cambió para siempre la concepción que los individuos tenían de sus gobernantes, dejando paulatinamente el sometimiento característico del súbdito para convertirlos en ciudadanos partícipes de la vida política, representados en una cámara parlamentaria con un giro que les permitió abandonar el anonimato de la masa dando paso al protagonismo individual, en armonía con el antropocentrismo ascendente desde el Renacimiento.

Con el liberalismo comenzó el fin del privilegio de la nobleza y el mundo dio el salto más importante de su historia económica y social, pues la aplicación de sus postulados (respeto a la vida, a la libertad y la propiedad privada) permitió la explosión de nuevas invenciones que revolucionaron la vida de tal manera que ni siquiera el impresionante progreso tecnológico de hoy puede compararse con el de 1730 a 1850 cuando se crearon inventos como el cronómetro de Harrison, los modernos sistemas de canales, los motores a vapor o el telégrafo, que llevaron a Bernstein a afirmar que “un ciudadano cualquiera del mundo occidental de 1950 no tendría muchos inconvenientes para comprender la tecnología del año 2000, pero la vida cotidiana de 1850 hubiese causado espanto a cualquier ciudadano de 1800”.

El mismo Karl Marx reconoce el extraordinario progreso material experimentado por el mundo en aquel tiempo al afirmar que “la burguesía, durante su período de dominio que mal dura un siglo, creó fuerzas productivas más inmensas y colosales que todas las generaciones precedentes sumadas”, lo que se torna más palpable en los estudios de Angus Maddison al analizar el crecimiento económico del individuo medio en aquel período, que alentó la migración del campo a la ciudad como fuente de oportunidades, pero cuyo ambiente urbano dejaba ver problemas sociales antes menos visibles y una nueva estratificación con la aparición de la nueva clase trabajadora, asalariada.

La extensión de las ideas liberales y, por ende, de la economía capitalista a lo largo y ancho del orbe, sobre todo en los siglos XIX y XX, ha redundado en beneficios para toda la humanidad, ya que a medida que se generó riqueza como nunca antes con las nuevas invenciones tecnológicas, se redujo notablemente el porcentaje de pobres en todo el mundo en relación con los que había hace 50, 100 o 200 años, al punto que el modelo económico liberal ha sido adoptado exitosamente también por conservadores e incluso regímenes comunistas como China, que bajo la bandera de las cuatro modernizaciones preconizadas por Zhou Enlai y asumidas por Deng Xiaoping como eje central de los objetivos de desarrollo en la década de los ochenta, impulsaron el mayor crecimiento económico de toda su historia.

Desde el fin del absolutismo, un ciudadano libre tiende a fijarse ciertos objetivos de vida a corto, mediano y largo plazo que hoy incluyen la necesidad de vivienda, transporte, utilización de bienes de consumo (horno microondas, parlante portátil o teléfono celular), todas creaciones modernas inventadas o mejoradas por individuos en un régimen de libertad tal como decía Albert Einstein en 1950: “todo lo que es realmente grandioso e inspirador es creado por el individuo que puede trabajar en libertad”.

Con cada nueva invención exitosa, una demanda nueva e incierta impulsa un nuevo crecimiento económico y crea una nueva fuente de riqueza. Los ejemplos incluyen ferrocarriles, electricidad, aviones, automóviles, radio, etc., ya que todos han impulsado un crecimiento económico no planificado desde su inicio; a medida que aumenta la producción y los precios caen, la nueva fuente de riqueza se distribuye a más y más personas, hasta que la demanda comienza a saturarse y la contribución al crecimiento económico comienza a disminuir produciendo la deflación (caída de precios) un mecanismo natural de distribución que beneficia a la sociedad porque permite que cada vez más personas puedan acceder a innovaciones que antes eran consideradas inaccesibles.

Por ello los ricos de ayer no necesariamente seguirán siendo ricos hoy, ya que la creatividad es continua, fuente y motor del crecimiento económico. La creación de riqueza y prosperidad es impredecible, aleatoria e imprevisible, siendo la verdadera incertidumbre la que hace que los emprendedores sean indispensables para la generación de nueva riqueza, si no preguntemos a algunos de los multimillonarios globales de hoy: Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg o Larry Page, ninguno de ellos heredero de grandes fortunas más que su conocimiento y ambiente propicio para desarrollar sus ideas.


Eduardo Nakayama es abogado, egresado de la Universidad Nacional de Asunción, con posgrado en dirección estratégica de la Universidad de Belgrano en Buenos Aires, máster en historia por la Universidad de Passo Fundo (RS, Brasil). Fundador y expresidente de la Asociación Cultural Mandu’arã, exdirector de la Academia Liberal de Historia y miembro de la Academia Paraguaya de la Historia (APH).

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